Los tres pilares que sostienen la recuperación de Rafa Nadal

Velocidad de piernas formidable, mucha agresividad y sensación de resistencia. Nadal no solo ganó por novena vez en Barcelona, sino que ante Nishikori derribó enormes barreras

Foto: Rafael Nadal, con el trofeo del Barcelona Open Banc Sabadell Trofeo Conde de Godó. (EFE/Toni Albir)
Rafael Nadal, con el trofeo del Barcelona Open Banc Sabadell Trofeo Conde de Godó. (EFE/Toni Albir)

El paso fue tan importante que Rafael Nadal se echó al suelo, clavó las rodillas y lanzó un grito con los brazos en cruz. La victoria de Barcelona fue algo más que el noveno título sobre la arcilla catalana o la recuperación de un trono. El mallorquín, que frenó en Kei Nishikori a un jugador encendido (campeón de las últimas dos ediciones, 14 triunfos al hilo en la ciudad condal), logró seguir siendo un jugador ganador días después de coronar en Montecarlo su mayor título de los últimos dos años. Y se proclamó campeón tirando enormes barreras: después de hilar una racha de 10 victorias, algo inédito desde que alcanzara en el Abierto de Australia 2014 su última final de Grand Slam; tras gobernar dos torneos consecutivos de tierra batida, sin precedente desde la temporada 2013, cuando emprendió su último asalto al número uno mundial; y convirtiéndose en el jugador con más títulos sobre tierra batida de toda la historia, igualado el registro de 49 coronas de Guillermo Vilas, quizás el último peldaño pendiente en la superficie para el campeón de 14 grandes.

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El desenlace ante Nishikori, además, fue un test muy revelador sobre la habilidad actual del balear. Por los mínimos que presenta Kei al entrar en pista. Pocos jugadores presentan un ritmo de pelota como el asiático, un auténtico referente a la hora de impactar la pelota en ascenso. Quizá desordenado al cerrar las jugadas, con una selección de tiro no del todo brillante, la oposición de Kei mostró la capacidad de Rafa Nadal para mantener niveles de acierto notables en un contexto de juego recto y réplica constante (11 opciones de quiebre en ocho turnos de servicio encaró el balear). Zarandeado en el fondo, movido de lado a lado, exigido hasta el límite en la defensa. Una prueba total para unas piernas que buscan la mayor temperatura posible. Con todas las dificultades afrontadas, un Nadal solvente entre problemas. Un Nadal gozoso en el sufrimiento.

Rafa Nadal, durante la final del Conde de Godó. (Reuters/Albert Gea)
Rafa Nadal, durante la final del Conde de Godó. (Reuters/Albert Gea)

El inicio de la gira sobre tierra batida deja un cuadro realmente interesante del mallorquín, un deportista en un estado de forma notable. Una recuperación sostenida por tres pilares: primero, basando su juego en una velocidad de piernas formidable, cumpliendo el requisito de la superficie más lenta del mundo de cubrir todo el ancho de pista con facilidad. Segundo, jugando con mucha agresividad, dotando a su juego del nervio necesario para levantar la pelota con la derecha liftada y de la profundidad requerida para apartar a los rivales. Y tercero, dando una sensación de resistencia fuerte, capaz de aguantar esfuerzos prolongados bajo grandes niveles de intensidad y velocidad, lejos del jugador con un reloj de arena que pudo verse semanas atrás.

Rafa acudirá a Madrid con una realidad de victoria asimilada, su racha más larga en los últimos dos años y un alimento moral para un jugador en ascenso

Levantarse es más complicado cuando se ha ganado todo. Salir de un bache puede costar el doble cuando se está acostumbrado a vivir en el techo. Por la fuerza de voluntad y la humildad profesional que implica el proceso. Y el balear está subiendo la escalera peldaño a peldaño.

Queda mucho para Roland Garros. Establecer cualquier vaticinio a futuro carece de sentido. Pero la línea está marcada. Y el propio Rafa lo advertía semanas atrás. “La confianza para ganar se consigue ganando”. Algo que el balear va nutriendo con el paso de los días. Nadal acudirá a Madrid con una realidad de victoria asimilada en el cuerpo, con su racha más larga en los últimos dos años y un alimento moral para un jugador en ascenso. En la superficie donde más respeto ha labrado en el vestuario durante toda su carrera. En un deporte tan mental, pocos elementos de intimidación tan potentes como un Rafael caliente en tierra batida.

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