Muguruza 'anunciará' su retirada

Garbiñe es en estos momentos un muñeco de trapo al que golpear por cualquier gesto. Sea una derrota, un tiro al limbo, gesto de tensión o una mala contestación al entrenador

Foto: Muguruza, durante su partido contra Putintseva en Pekín. (EFE)
Muguruza, durante su partido contra Putintseva en Pekín. (EFE)

Disputar una carrera en las pistas y otra fuera de ellas. Ése va a ser el reto de Garbiñe mientras mantenga un puesto en la élite del tenis profesional. Con 22 años y un margen de crecimiento amplio, el viaje tiene ingredientes para ser bastante largo. La lupa que hay sobre Garbiñe Muguruza en estos momentos no encuentra fácil par en el deporte femenino español. Todos parecemos saber qué necesita, cuándo lo necesita y hasta qué punto no hacernos caso conllevará un tropiezo. Su propia grandeza (esta semana compite con la opción de proteger el título logrado el año anterior en Pekín, uno de los más grandes del calendario) otorga múltiples oportunidades para poner el mazo sobre su figura. Y la cascada, al ritmo que se observa, puede continuar hasta que termine su carrera. Ese momento llegará cuando la deportista lo considere necesario, si es que puede hacerlo con tranquilidad.

Valga una comparativa simple para valorar la precipitación al exigir. Igual que en fútbol tener el balón no significa necesariamente jugar bien al fútbol, significa tener el balón; en tenis ser número 3 del mundo no implica imperiosamente estar cerca del número 1, implica ser número 3 del mundo. Esa pelea es una ambición de Garbiñe. Ese objetivo es una meta de Garbiñe pero, mirado con la mesura necesaria hacia la dureza de un deporte profesional, no deja de ser una etapa que está lejos. 

Convertir un deseo mediático, normalmente desmedido en pro del propio beneficio, en una obligación a corto plazo para el deportista no es responsabilidad de este último. Su éxito puede ser una garantía de supervivencia para el medio, sobre todo en una cultura de deportista y no de deporte. Su fracaso, entendido como un crecimiento a ritmo distinto al esperado por quien no baja a sudar a pista (tener una copa de Roland Garros en casa y el número 3 mundial con 22 años a veces comienza a parecer motivo de sonrojo), es un elemento a explotar aunque sea ficticio. Pan para hoy y hambre para mañana, por si acaso. Y a veces, parece ser el mensaje, es mejor recoger algunas migas que quedarse en ayunas. Puestos a anticipar etapas, quizá no esté de más comenzar a anunciar su retirada.

Si el triunfo fuera un camino en línea recta y no una sucesión de tropiezos, todos seríamos número 1. Precisamente el que entiende como necesarias todas las caídas del camino es el que más cerca está de conseguirlo. “¿Quién fue la última jugadora capaz de ganar un Grand Slam con 22 años? Tranquilidad, que no es el fin del mundo”, así se tuvo que defender la jugadora al comenzar la gira asiática, relativizando su camino desde que levantara la copa en París (ocho victorias y siete derrotas en el momento de realizar esa afirmación). Desde que triunfara en Roland Garros no ha vuelto a levantar un título, ni a pisar una final, ni a lograr una victoria más allá de los cuartos de final en un torneo. Es un dato objetivo, claro. Cualquiera lo puede ver. Pero mejor será que nos acostumbrarse a comprender que un deportista tiene mejores y peores momentos, todos partes del camino; que quemar etapas conlleva la posibilidad de ir ardiendo y que el primer interesado en cumplir las expectativas es el propio atleta.

Hasta ahí el ámbito puramente deportivo, competitivo. Porque en torno a la carrera de Garbiñe empieza a abrirse un plano que trasciende el resultado: lo moral. Y entiéndanse los valores como un elemento necesario en toda figura pública, con capacidad de influencia. Pero al margen de un par de gritos, que se sepa, la jugadora todavía no ha matado a nadie. Pero eso es la carrera de Muguruza en estos momentos, un muñeco de trapo al que golpear por cualquier gesto. Sea una derrota, sea un tiro al limbo, gesto de tensión en el rostro o una mala contestación al entrenador en mitad del partido. La crítica es necesaria y sana, faltaría más, pero dentro de un contexto y no como norma. ¿Es edificante una (recurrente) salida de tono en la silla? De ninguna manera. El respeto es lo primero. La diferencia estriba en que, al contrario que de quién las condena, las suyas aparecen en una pantalla. ¿Es el mejor comportamiento? No, y puede ser en cierta medida reprochable, pero tampoco lo es juzgar la actitud de una persona o crear un perfil en torno a ella por la manera en que actúa con 180 pulsaciones en las venas. 

Estar a un paso de clasificar por segundo año consecutivo para las WTA Finals, el evento que reúne al cierre de la temporada regular a las ocho mejores del curso, subrayando una instalación estable en la élite a una edad muy temprana, parece un asunto secundario. Cuando es un hecho con apenas precedente en la historia del deporte español. Poder cerrar la temporada cerca de la cima en un deporte donde el nivel medio ha subido notablemente en los últimos años, con el talento repartido por cualquier rincón del mundo, sugiere ser poco valorable. Haber roto la barrera de los Grand Slams cuando muchas compañeras de generación atraviesan una fase de definición profesional se toma como algo baladí. Porque, cuando está tensa, pierde los nervios. Como señalar a la Luna y fijarse en el dedo.

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