Nadal, presente donde cualquier otro vería motivos para haberse ido

Con Andy Murray y Novak Djokovic fuera del torneo, la pelea en Australia se abre entre los candidatos y Rafa se ha trabajado la oportunidad de buscar su sitio

Foto: Rafa Nadal, durante su partido contra el francés Gael Monfils. (Reuters)
Rafa Nadal, durante su partido contra el francés Gael Monfils. (Reuters)

Recibir un 'shock' es, en ocasiones, la mejor manera de valorar la realidad. Terminar con lo que se da por sentado para hacerse nuevas preguntas. Y en el tenis actual, donde se tiene la suerte de observar a tenistas que evitan la derrota con más frecuencia de lo habitual, uno de los imprevistos más notables que se recuerdan han sido las caídas de Novak Djokovic y Andy Murray en la primera semana del Abierto de Australia. El primero, con seis títulos, es el jugador más coronado en la historia del torneo. El segundo, cinco veces finalista, el hombre que más veces alcanzó el último partido sin llegar a tocar el premio. Ninguno de ellos ha superado el ecuador de la prueba. Una realidad que desvela una evidencia: si el deporte en general no tiene memoria, en este solo cuenta el hambre para manejar el siguiente punto.

Ahí está Roger Federer, con una carrera de oro, dejándose la percha a los 35 años tras una ausencia de seis meses. Compitiendo a un nivel de altos vuelos, con la baja deportiva más larga de su carrera a cuestas, buscando una copa de Grand Slam que se le resiste desde hace un lustro. Y ahí permanece también Nadal, apartado de la primera línea tanto por rivales como por el propio cuerpo, asomando la cara tras su enésimo periodo de baja. Una lección que vale tanto como una vitrina llena de copas, porque tan sólido es el puño del ganador como el levantar del caído.

Este Abierto de Australia es una demostración de la obviedad: nadie es imbatible, hasta los más fuertes cierran los ojos de vez en cuando. Perder en el deporte es lo normal, y todo el vestuario, salvo excepciones muy contadas, roza un promedio de una caída por semana pese a dejarse el cuerpo en el intento. Las leyendas lo son precisamente no tanto por ganar sino por su capacidad para digerir la derrota, para hacer del pasado lección y no tormento. Y en esas se encuentra Rafa Nadal, en mitad de su propia digestión. La atravesada en 2016 no ya por caer en la pista sino por verse incapacitado para competir. Por tener, con una temporada partida por la mitad, las oportunidades justas para quedarse corto. La crueldad del que se ve privado hasta de la opción de fallar. Y, pese a arrastrar esa carga, volver con la voluntad de plantar cara a los más fuertes. Eso, la ambición de mejora personal junto (nunca pese) a los obstáculos, y no el añadido de las victorias, es el espíritu del deporte.

Rafa Nadal celebra un tanto ante Gael Monfils. (Reuters)
Rafa Nadal celebra un tanto ante Gael Monfils. (Reuters)

Probablemente, ni siquiera este Abierto de Australia salpicado de sorpresas permita conocer el estado deportivo actual del campeón de 14 grandes, una realidad que el propio jugador apartó desde el primer momento. Si el mallorquín se marcó tres meses de rodaje, apuntando a los Masters 1000 de Indian Wells y Miami como algodón para la prueba de nivel una vez sacado el cuerpo del frío, el rendimiento en Melbourne muestra otros factores. El hambre competitiva de un deportista al que el corazón le late a mayor ritmo que las piernas (y ya es decir). La capacidad de esfuerzo, pese a preparar la temporada sin una esperanza cercana en el recuerdo. La ilusión por sacar el máximo provecho a las prestaciones con que uno cuente en un momento dado (todo lo que puedas, cuando sea, con lo que tengas). La virtud del que, en definitiva, ve en el presente su mejor versión disponible y rema con lo que lleva puesto.

Si Melbourne ha aumentado la velocidad de sus pistas respecto a ediciones anteriores, el reto de adaptación llega por varios frentes. Si esta aceleración ha provocado la proliferación de sorpresas, estando los dos primeros jugadores del mundo eliminados en la primera semana; si una consecuencia es el regreso de prácticas de servicio y volea, viendo a tenista colgados de la cinta un centenar de veces por partido, y si la reacción a esa acción son festivales de golpes ganadores, favoreciendo una tormenta de juego directo que hace prevalecer la definición frente a la construcción, los riesgos son evidentes para los referentes de la época del fondo. La temprana caída de Murray y Djokovic, los dos jugadores más estables de la actualidad, es la mejor prueba de ello. La resistencia de Nadal, que ha firmado su mejor marca en un grande en casi dos años, una muestra del que respira como nadie en el estrés y convierte las curvas en parte de su camino.

Con Andy y Novak fuera del torneo, evidentemente la pelea por la copa se abre entre los candidatos. Y con tanto mérito como cualquier otro, Nadal se ha trabajado la oportunidad de buscar su sitio. A tres pasos del título, quedando ya más lejos la partida que el destino, la ilusión deja paso al saber competitivo. El futuro dirá si la corona es suya o tiene reservado otro camino, pero una cosa parece clara: nadie puede cuestionar su fe, presente donde cualquiera vería motivos para haberse ido.

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