Un Wimbledon lleno de retos: de las rodillas de Nadal a la posibilidad del octavo de Federer

El tercer grande del año se presenta con el suizo como favorito buscando superar el récord de Renshaw y Sampras. Murray y Djokovic buscarán reencontrar sensaciones tras un año de altibajos

Foto: Nadal, en Wimbledon. (EFE)
Nadal, en Wimbledon. (EFE)

La edición 2017 de Wimbledon se presenta plagada de puntos de interés. El tercer Grand Slam del año, que arranca este lunes 3 de julio sobre la hierba de Londres, concentra una atención especial por la dinámica al frente del circuito. ¿Podrá Rafael Nadal transferir su buen momento de forma de la tierra batida a la hierba? ¿Está Roger Federer capacitado para mantener su ritmo imparable de 2017? ¿Son Andy Murray y Novak Djokovic capaces de recuperar el control en la cima del tenis masculino? ¿Algún jugador capaz de arrebatar el protagonismo a los mayores nombres?

Un desafío para Nadal

Probablemente sea uno de los grandes retos en la carrera de Nadal. Volver a sentirse ganador en Wimbledon pasa por ser una de las barreras más firmes en los últimos años. El mallorquín, que alcanzó cinco finales y levantó dos títulos en el All England Club, jugador histórico sobre verde por pleno derecho, ha encontrado dificultades desde que alcanzara su última final en 2011 para soltarse en Londres. Los enemigos siempre son múltiples al llegar a la capital británica, y la figura del español ha sido un foco claro de estas tensiones.

El vuelo bajo de la pelota, que patina entre la hierba y apenas toma altura, fuerza una flexión de rodillas superior a la de cualquier otra superficie. Eso, claro, es un elemento de dureza para el balear, que ha levantado una carrera de oro sobreponiéndose al desgaste de sus articulaciones. La velocidad necesaria para golpear, ley en una superficie que exige acortar el tiro para compensar la falta de tiempo, supone un escollo añadido de adaptación. Un cambio casi metamórfico para un pegador de largo recorrido como el de Manacor, que da vida a la pelota con un swing de gran amplitud.

Además, y presente desde el primer punto, el estado impecable de las pistas como arma de doble filo. En una primera semana donde el suelo favorece el juego directo, la hierba virgen es una autopista para el ataque. Conscientes de la igualdad que imprime a los partidos este factor, los aspirantes a la sorpresa apuntan con fuerza. Dustin Brown en 2015 (segunda ronda), Steve Darcis en 2013 (primera ronda) o Lukas Rosol en 2012 (segunda ronda) son ejemplos sufridos por el español. Todos ellos con las pistas recién estrenadas y sin necesidad de un bagaje competitivo de primer orden para presentar dificultades.

Si hacer una pretemporada más larga de lo habitual (terminó el curso 2016 en octubre, dándose un margen más amplio) ya lanzó al español a un arranque de temporada formidable, su preparación para la cita de Wimbledon ha seguido un patrón similar. Mientras sus rivales se lanzaban a la competición, el balear renunció al torneo de Queen’s recluyéndose en un entrenamiento específico superior a las dos semanas.

En una temporada formidable, con el número 1 del año gobernado con fuerza, el estímulo de haber coronado Roland Garros tres años después y una transición de superficies intensiva, una candidatura ordenada para buscar el brillo en Londres.

La propuesta de Federer

En uno de los regresos más imponentes que se recuerdan el circuito, la figura de suizo llega con argumentos de peso a la hierba de Londres. Si en este estado de su carrera se apunta a Wimbledon como el punto más probable de éxito, Roger ha extendido esa premisa a cualquier torneo celebrado lejos de la tierra batida. Con cuatro copas a su nombre en la temporada (Australia, Indian Wells, Miami, Halle) el suizo ha demostrado que su juego directo tiene escaso freno en su máxima expresión.

Tras descansar 10 semanas entre la temporada americana de pista dura y la llegada del césped, renunciando por completo al polvo de ladrillo, Federer mostró estar listo para asaltar el All England Club con todas las garantías al tomar Halle a toda velocidad. Para el suizo, que ha ganado 24 de sus 26 encuentros en la temporada, estando apenas a un punto de la victoria en sus únicos dos tropiezos, competir en Wimbledon es como pasear por el salón de casa.

Para un jugador de legado histórico, la cita con la eternidad es más que evidente. Desde que conquistara su última copa dorada cinco años atrás casa visita a la capital británica tiene un aroma de oportunidad especial. Levantar una octava copa de Wimbledon le dejaría como jugador más laureado en la historia del torneo, rompiendo el equilibrio actual que mantiene con Pete Sampras y William Renshaw, los otros heptacampeones en Londres.

Murray como campeón defensor

En una temporada de dudas importantes como número 1 el escocés llega al torneo más importante de su temporada. Defensor del título, dos veces campeón en un torneo esquivo para el tenis británico durante décadas, la pregunta para Andy ha cambiado respecto a años anteriores. No se cuestiona si puede ganar, más que demostrado, sino si es capaz de seguir ganando.

“Si no mejoro mi juego me preocuparé”, llegó a reconocer el propio Murray semanas atrás, asumiendo cierta debilidad ocupando la cima del circuito. Sobre césped es uno de los jugadores más dotados del vestuario, con una capacidad innata para acortar los golpes y ajustar su juego de fondo a la exigencia de la superficie.

Su rendimiento al servicio, clave para tomar el número 1 por primera vez en 2016, está lejos del nivel mostrado doce meses atrás. Para asegurar el puesto sin depender de terceros necesita hacerse un hueco en la final del torneo, una empresa a la altura de sus gestas previas en Londres.

La incógnita de Djokovic

Los tormentos del serbio comenzaron sobre la hierba de Londres en 2016, eliminado en tercera ronda por el estadounidense Sam Querrey antes de perder su aura de impasibilidad al frente del circuito. Si un año atrás parecía impensable ver al balcánico fuera del número 1, en estos momentos apenas un puñado de puntos le mantienen en el Top 4.

El de Belgrado ha dado golpes de timón notables en los últimos meses, buscando la solución para reencontrar la llama en pista. Desde la disolución de su equipo de trabajo (de la salida de Boris Becker al adiós de Marian Vajda, entrenador durante más de 10 años) a la búsqueda de nuevos pilares (el consejo de Andre Agassi y la llegada de Mario Ancic), pasando por movimientos inéditos (competir en hierba antes de llegar a Londres, nunca visto desde 2010, y hacerlo la semana previa a Wimbledon, algo sin precedente en su carrera).

Tras coronar el torneo de Eastbourne y alimentar un palmarés desnutrido en 2016 (en seis meses ha levantado dos torneos 250, de la mínima categoría del circuito), la baza de Djokovic llega a Londres plagada de interrogantes.

Un circuito lleno de aspirantes

En una edición de Wimbledon que promete emociones fuertes, son numerosos los perfiles dispuestos a hacer saltar el pronóstico.

Stan Wawrinka con la posibilidad de intentar completar su colección de Grand Slams y recién salido de su segunda final en Roland Garros. Milos Raonic como vigente finalista y ya con experiencia para lanzarse en este tipo de torneos. Dominic Thiem con un peso creciente en el circuito y un respeto ganado en el vestuario. Alexander Zverev como miembro más destacado de la nueva generación y dotes más que probadas para rendir en césped, ante la misión de hacer su primer gran resultado en Grand Slam. Marin Cilic atravesando uno de los mejores momentos de su carrera y ya instalado en el número 6 mundial o un Feliciano López maduro, reciente campeón en Queen’s y con el juego clásico de hierba para causar estragos en Londres.
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