Los (tímidos) avances del atletismo español: a falta de tradición se necesita más trabajo

Las cuatro medallas cosechadas en Belgrado se mueven en el resultado histórico, aunque la aparición de jóvenes prometedores hace de este campeonato uno más positivo que los anteriores

Foto: Ana Peleteiro, en uno de sus saltos en Belgrado. (EFE)
Ana Peleteiro, en uno de sus saltos en Belgrado. (EFE)

El despegue del atletismo español no ha llegado en Belgrado. Los cuatro metales —el sospechoso oro de Mechaal, las platas de Ureña y Bieita, el bronce de Álvaro de Arriba— colocan a España en una posición discreta, en el sexto puesto del medallero, aproximadamente en el mismo lugar en el que se ha colocado la selección en los últimos años. Algo mejor en la clasificación por puntos, esa que valora cada posición tomada. Los 14 puestos de finalista son el dato al que aferrarse, un brote verde, uno más dentro de la mezcla que es hoy en día el deporte español.

El atletismo español está en evolución, en un momento de crisis, entendiendo el término como un proceso de cambio profundo más que como un fracaso. Hace ya tiempo que se vio que las cuentas no salían como antes. En los ochenta y los noventa, bastaba con tener un profundo banquillo en el mediofondo, el fondo y la marcha para hacer buenos resultados en Europa. Ahora, entre nacionalizaciones y el salto cualitativo de muchos países antes deportivamente atrasados, todas las pruebas se han encarecido y ya no vale con tener una cantera buena, hay que tener atletas concretos de nivel.

En eso está España, en buscar en todas partes. De ahí surge, por ejemplo, Jorge Ureña, quizá la mejor noticia del atletismo español en los últimos meses. Desde Antonio Peñalver no había un competidor fiable en las pruebas combinadas. Es una prueba muy complicada y en la que tiene mucho peso la tradición atlética*, algo que no es el punto fuerte del país. Para conseguir un Ureña, se necesita que las estructuras sean fuertes, que el entrenamiento no sea, como tantas veces pasa, una carrera de obstáculos sino algo fluido y sencillo para el atleta.

Tiene 23 años y eso dice mucho. Su progresión es notable y una medalla de plata le ayudará a saber que el camino escogido es el correcto. Los heptatletas compiten poco, dos o tres veces cada temporada, lo que lleva a tener cierta incertidumbre que solo se resuelve en los grandes campeonatos. Ureña ha demostrado en Belgrado que está en posición de ser grande, porque además tiene margen de mejora. Su velocidad, en la combinada, es siempre la mejor baza. Ayuda en las carreras y en los saltos, el corazón de la disciplina. Sus marcas ya son notables, el cielo nadie lo puede poner.

Los saltos han dado también alegrías al deporte español, aunque tienen algo de 'guadianescos'. Son más consecuencia de talentos memorables que de un trabajo constante y sostenido, por eso se ve poca clase media. Está Ruth Beitia, por supuesto, que es la mejor de siempre. Es competitiva al máximo, una deportista enorme que no le pierde la cara nunca al entrenamiento. No será eterna, aunque en los días de competición lo parezca. Belgrado fue una vez más dentro de las muchas de Ruth.

La gran sensación fue Ana Peleteiro, un nombre necesario para el atletismo español. Con los 21 años recién cumplidos, este campeonato ha servido, para empezar, para recordar que aún es una niña. Muchos se sorprenden al ver su edad, son demasiados años escuchando su nombre. Ha tenido problemas para manejar las expectativas que se pusieron en ella desde que tenía 16 años. De algún modo es normal, el atletismo estaba ávido de estrellas y ella aparecía como la opción más probable para conseguirlo. Peleteiro no tenía la cabeza preparada para ello y lo ha demostrado con cierta —y lógica— inmadurez. Sus constantes cambios de residencia daban a entender que no había encontrado su lugar y que le estaba costando todo demasiado.

Jorge Ureña. (EFE)
Jorge Ureña. (EFE)

La alegría de Peleteiro

Belgrado será para ella un punto de inflexión. Por primera vez ha sido capaz de competir en una gran competición, ha mejorado esa marca magnífica —14.17— que tenía ya cuatro años de solera y era como un fantasma para ella. En las palabras posteriores no dudó en decir que los saltos de estos días han sido una manera de quitarse lastre. Su quinto puesto final es el sitio en el que hoy en día está su atletismo, no tiene más. Pero si progresa, lo tendrá. Mal estuvo Eusebio Cáceres, visto en otros momentos como la gran esperanza de la longitud y ahora incapaz de meterse en la final de la competición europea.

Tiene Peleteiro una ventaja más: es carismática. No todos los atletas pueden presumir de ello, no es una característica tan habitual en este deporte. La gallega llama la atención de la gente, se preguntaba por ella en estos cuatro años de desierto y sus buenos resultados han tenido más repercusión que las notas parecidas de muchos de sus compañeros. El atletismo español también necesitan nombres que enganchen. Se ponía siempre el ejemplo de Bruno Hortelano, ella puede estar también en ese mismo saco.

Hortelano no está aún, pero estará. Él es el futuro de la velocidad española, que de repente tiene futuro. Y eso es otra de las buenas sensaciones que deja este arranque de temporada. En el Europeo, Óscar Husillos no estuvo a su altura, la representación en la prueba se quedó sin medallas. Pero cinco atletas tenían la mínima, y son jóvenes todos ellos. Es decir, empiezan a aparecer velocistas, una raza que en el país hace poco no existía. En este espectro, falló Orlando Ortega, a quien los 60 metros le quedan un poco cortos. En otros momentos ya demostró de lo que es capaz y será, en buena lógica, una de las opciones españolas más claras para el Mundial de Londres al aire libre de este verano.

Se necesita un salto más. El potencial del atletismo siempre queda un poco por debajo de lo que se espera, no llega a decepcionar, pero la alegría es siempre relativa. Es un proceso duro, pero ya ha empezado. Ahora en la Real Federación Española de Atletismo las cosas son diferentes. Ha llegado Raúl Chapado a la presidencia, lo que es un cambio profundo con respecto a José María Odriozola. No es solo estético, aunque en esto también se ha mejorado. Ha decidido que siga Ramón Cid, y es lógico, porque lo que le han dejado hacer ha estado bien hecho. El atletismo es un deporte de maduración lenta, el trabajo de hoy se ve en los años que vienen. Por eso hay motivos para la esperanza, porque los jóvenes hoy parecen mejor preparados de lo que antes estuvieron.

Un detalle: la brecha de género. Se va mejorando, pero es una asignatura pendiente. Compiten más chicas que nunca, hay referentes como Ruth, pero sigue necesitándose un empujón más. El crecimiento del deporte español bien puede venir por aquí.

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* La tradición atlética no es sencilla de explicar, pero existe. Polonia ha liderado el medallero de estos europeos. No se conocen diferencias fisiológicas que expliquen que un país con menos población que España tenga resultados tan notables, y ni siquiera es probable que en la actualidad tengan unos recursos muy superiores para el desarrollo del atletismo. Así que quedan la historia, la tradición, el camino marcado por otros muchos antes. En Polonia el atletismo es importante, en España es, por desgracia, algo secundario.

Tribuna
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