El día en el que todos mis amigos del Barcelona, menos uno, me mintieron

El 6-1 fue tan irracional, tan maravillosamente increíble, que no tuvo que ver con las esencias del Barça, sino con la locura, el orgullo competitivo y algo tan intangible como una noche mágica

Foto: La locura culé en el césped (Albert Gea/Reuters).
La locura culé en el césped (Albert Gea/Reuters).

Llevo 13 años viviendo en Barcelona, cubriendo la información del FC Barcelona y conviviendo entre culés. Y lo sucedido durante los últimos cuatro días, me recordaba a las remontadas épicas del Real Madrid, pero era una fragancia tibia, un rumor lejano, un aroma que no acababa de distinguir. El aficionado azulgrana es pesimista por naturaleza y pese a las buenísimas sensaciones que había dado el equipo en el último partido, donde ganó por 5-0 al Celta recuperando el buen juego, la mayoría de los culés con los que hablaba antes del partido decían que no, que no, que era imposible. Y, sin embargo, a mí me parecía que lo decían con la boca pequeña. Que en el fondo sí que creían, pero no se permitían soñar porque la empresa era tan gigantesca que nadie, hasta este miércoles, lo había logrado. Nunca, en la historia, un equipo había remontado un 4-0 en contra en Europa.

Darío OjedaDarío Ojeda

En el minuto 86, el Barça estaba eliminado y el marcador reflejaba un 3-1. En el 87', marcó Neymar de falta por la escuadra y repitió dos minutos después tras lanzar un penalti, dudoso, cometido sobre Luis Suárez. El árbitro añadió cinco minutos de descuento y en el 95’, con Ter Stegen robando el balón en el área del PSG, apareció Sergi Roberto, que había entrado al terreno de juego en el 76’, para certificar el milagro. El Barcelona desde la épica, la irracionalidad, la fe y la ayuda de unos seguidores que, sin necesidad de impostadas gradas de animación, creyó hasta el final. Se cocinaron todos los ingredientes, todos, para que el partido ya forme parte de la historia y ningún análisis resistirá a la lógica, porque el fútbol a veces no la tiene y el Barça se agarraba a su fútbol y a Messi para pensar que la remontada era posible. Pues bien, ayer, el 'crack' solo pudo marcar de penalti en el 3-0 y no fue el mejor de su equipo. Hasta en eso fallaron los sesudos estudios táctico-técnicos de la previa al choque. Messi no fue clave esta vez. Ni siquiera Messi. Increíble, pero cierto.

El 6-1 fue tan irracional, tan maravillosamente increíble, que no tuvo que ver con las esencias del Barça, con el fútbol, el juego, con Messi, sino con la locura, el orgullo competitivo y algo tan intangible como una noche mágica en la que los aficionados terminaron llorando en el Camp Nou, Luis Enrique botaba como un poseso entre la plantilla y hasta se enjugó alguna lágrima mientras se abrazaba con sus ayudantes, y con Messi, y con todo el que pasaba cerca de él mientras Sergi Roberto era interrumpido hasta en tres ocasiones por los gritos desaforados de Rakitic, Alba y Rafinha cuando el periodista Ricardo Rosety intentaba entrevistarle a pie de campo.

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El trabajo de un periodista es explicar lo que pasa. Y anoche sucedió justo lo que es inexplicable desde un punto de vista racional. Que podía ser lo intuí desde horas antes, cuando los culés de toda la vida, amigos desde hace años, siguieron diciéndome que “uy, es imposible”, pero cumplieron una por una con toda la liturgia que tiene que ver con el terreno de la superstición y no con la lógica. Esos pequeños gestos que a uno le hacen creer que si los repite, los sigue, puede ocurrir el milagro. Los hicieron medio a escondidillas para despistarme, porque se negaban a decirlo en voz alta, pero les fui pillando, uno a uno. Tres horas antes del encuentro, un amigo no quiso hablar conmigo por teléfono porque tenía que cumplir, paso por paso, con la ceremonia de antes de los partidos grandes. Y en ella no entraba yo, que no soy seguidora del Barça. Le pregunté, sin poder parar de reírme, a su mujer que cómo estaba. Y desde lejos le oí decir: “Más tranquilo que nunca porque sé que es imposible”. Ya, ya… Pensé.

La afición del Barça lo celebró en Canaletas. (Marta Pérez/EFE)
La afición del Barça lo celebró en Canaletas. (Marta Pérez/EFE)

El escritor y periodista Sergi Pàmies es una de mis debilidades. Y el domingo escribió en ‘La Vanguardia’ una deliciosa columna que se titulaba: “Dime que remontaremos aunque sea mentira”, parafraseando el diálogo de la mítica película 'Johnny Guitar'. Una de las frases de su artículo era: “No es casual que a esta clase de noches las llamemos ‘noches mágicas’ porque la magia es el refugio narrativo de los incrédulos y de los que practican la manipulación más miserable de los tópicos. El miércoles no habrá ningún milagro porque al final se acabará imponiendo la razón futbolística”. Mi admirado Pàmies acertó y se equivocó al mismo tiempo. Porque el fútbol ya ha demostrado tantas veces que no atiende a razones que lo de anoche, efectivamente, era posible. A pesar de que a 28 minutos del final del partido, Cavani parecía haber liquidado el sueño con su gol.

Luis Enrique, que desde que anunció su marcha se liberó él y al equipo, “pasamos el luto y bien pasado después de lo que sucedió en París”, dijo, no escondió el factor sobrenatural sin el que la remontada hubiera sido imposible: “Este es un deporte de chiflados, es un deporte único. En el minuto 41 estás 3-1 abajo y el equipo sigue creyendo. A Sergi Roberto le había visto meter muchos goles en juveniles y siempre le decía, ‘ahora no metes un gol ni al arco iris’. ¡Y coño! Va y marca Sergi Roberto. No he visto además nunca una comunión igual en el Camp Nou entre el equipo y la afición”. El técnico, sin embargo, ya había avisado en la previa: “Si ellos nos metieron cuatro, nosotros podemos hacer seis”.

Piqué tampoco escondió qué había sucedido: “Con el 3-1 todo lo que ha pasado después ha sido un milagro, un milagro en general. Y también una lección de vida, que parece que a veces no hay ninguna salida y mira, la hay. Nos había enterrado tanta gente… Pero aquí seguimos y parece que a esta generación todavía nos queda un poco”. El central le devolvió la puya a Sergio Ramos, que tras el partido en Nápoles no escondió que prefería que el Barça perdiera. “Para los que querían que perdiéramos debe ser un día complicado, pero mañana sale el sol”, soltó antes de despedirse con un “yo me voy de fiesta aunque mañana tenemos entreno”. Mis amigos del Barça tenían justo el mismo plan. Los que intentaron engañarme durante el día, quizá porque también se mentían a sí mismos y no se sentían cómodos pensando en lo imposible, necesitaban juntarse para celebrarlo. Solo uno no me mintió ayer. Uno. Un madrileño culé que se plantó ayer en Barcelona admitiendo que algo se olía y “por si acaso, yo esto no me lo quiero perder”, y que al final del partido me envió un mensaje por WhatsApp: “Había que venir”. Pues sí. Y no se lo ha perdido.

Tribuna

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