El berrinche de Tebas con Neymar, un paripé que el Barça resolvió con un comunicado

El presidente de La Liga trató de bloquear un traspaso que en el propio FC Barcelona ya asumían como inevitable. Es fútbol, pero el teatro cada vez va ganando más posiciones en estos casos

Foto: Tebas y Bartomeu en la última gala de La Liga. (EFE)
Tebas y Bartomeu en la última gala de La Liga. (EFE)

El Barcelona reaccionó rápido y se puso a cambiar los carteles promocionales cuando aún no había llegado el dinero de la cláusula de rescisión. Daba un poco lo mismo, sabían que el rumor se había convertido en noticia y que era inevitable que Neymar se marchase buscando mucho dinero y salir de la sombra de Messi. Atrás quedaron el directivo Jordi Cardoner asegurando que el brasileño iba a seguir en el club al 200% o Piqué tuiteando que su amigo se quedaba. Cuando, por la tarde, llegaron los emisarios del PSG no hicieron más que aceptar el dinero.

Es importante asumir los hechos que son inevitables. El Barça, a su manera, lo hizo. La Liga de fútbol, no. Más concretamente, Javier Tebas no. En realidad la institución que él dirige tiene muy poco que decir en el campo de los traspasos. Están regulados por la FIFA y son ellos los que dominan el mercado internacional y marcan las pautas de lo que se puede o no se puede hacer. Tebas, sin embargo, se empecinó en que él -más incluso que el propio club 'víctima' de Neymar- ocupaba un lugar en esta historia.

Y no es cierto. La Liga rechazó el cheque de Neymar, pero en Hernández de Tejada sabían, tanto como en el Barcelona, que el jugador el año próximo vivirá en París. Es así porque alguien ha decidido pagar una morterada, un precio que parecía fuera de mercado. También porque en la tradición española existen las cláusulas de rescisión, una figura que no aparece en ningún otro campeonato.

Una cláusula no tan prohibitiva

Además, el club azulgrana no previó el año pasado que la familia Neymar es como es. 222 millones son muchos millones, pero están muy lejos de las cifras prohibitivas de otros jugadores como Cristiano, cuya rescisión cuesta 1.000 millones de euros. Conocían poco o se fiaron demasiado del padre del jugador, que ha demostrado sobradamente un hambre desaforada por el negocio.

Tebas se resiste a no ser el centro de la historia. Tiene una hiperactividad que le marca tanto en lo positivo como en lo negativo. Su afán de protagonismo es legendario, el caso de Neymar es solo el penúltimo capítulo de esa obsesión. Asegura que el PSG rompe las normas del mercado, que su presencia en el fútbol es competencia desleal. Hay un jeque detrás del equipo que estará dispuesto a aportar el dinero que sea necesario para que su capricho funcione. Y le importará poco las reglas que le pongan para que no lo haga, porque no se pueden poner puertas al campo.

Una de las normas de la UEFA dice que un solo patrocinador no puede suponer más del 30% del presupuesto de un club, lo que en principio impide que, por ejemplo, Qatar Airways ejerza de benefactora del PSG y pague todo lo que haya. Pero no dice nada de que haya que reducir el número de patrocinios, y los jeques pueden aportar con tantas empresas como quieran crear. Conocido es un año en el que el Manchester City, para cuadrar las cuentas finales, se inventó un patrocinio de su final de temporada, que es tanto como subvencionar la nada. Con una empresa, por supuesto, en la que su jeque estaba incluido.

Un kiosko de París. (EFE)
Un kiosko de París. (EFE)

Tebas puede, por lo tanto, tener razón en que la norma está mal hecha y no previene al fútbol de esa competencia desleal. Pero él, que es abogado, debería de saber que la ineficacia de las normas no supone que se deban incumplir. Y, por descontado, no da pie a que se puedan imponer unos preceptos más duros que en la realidad no existen. Tebas tiene espacios para quejarse por la laxitud de la reglamentación, pero lo cierto es que lo que hay es lo que hay. Y, desde luego, no es él quien para rechazar un traspaso concreto amparándose en unas normas de Fair Play Financiero que, hoy en día, no le dan en absoluto la razón.

Es un problema competencial primero, La Liga no es la institución que tiene que decir si el PSG cumple o no las normas. Entre otras cosas porque tampoco tiene acceso a sus balances económicos, por lo que es imposible que sepan si están cumpliendo o no con lo que impone la UEFA. De algún modo, esto es como si el presidente de la comunidad de vecinos llega a un piso e intenta esposar a un moroso por no pagar. Es parte de ese juego, sí, pero no tiene ningún derecho para apresar a nadie, ni para juzgar o condenar.

También es un conflicto de hecho. Un solo traspaso no es más que una sombra en un teatro chinesco. Una cantidad, por alta que sea (y obscena que parezca) no tiene mayor relevancia con la normativa actual. La FIFA no dice que no se puedan hacer traspasos millonarios, no tiene cuantificado un precio a partir del cual sea ilegal una transferencia. Eso no existe. Lo que busca la organización internacional (sumergida también en sus propias miserias) es un equilibrio presupuestario.

Y se pueden gastar 222 millones y terminar ganando dinero. Si mañana los rectores del PSG deciden vender, por ejemplo, a Verratti, Cavani, Lucas Moura y Marquinhos ingresarán, con casi total probabilidad, más dinero del que se han gastado en Neymar. Eso les pondría en una situación de equilibrio en el mercado de traspasos, que al final es lo que se busca en todo este circo.

Cómo funciona el mercado de traspasos

Esto responde a la lógica empresarial más básica. Hacerlo de otro modo, poner tope al precio de los traspasos, sería tanto como cercenar las posibilidades de expandir el mercado. Todos los sectores económicos sueñan con que el volumen de negocio crezca, con que cada vez haya más dinero encima de la mesa y, por lo tanto, haya más para repartir. La FIFA busca que esto se haga con cierta cabeza, pero eso no quiere decir que deseen que esta fiesta termine.

El mercado futbolístico tiene muy poco de libre, pero ahí está, es el que es. Con el dinero de Neymar el Barcelona pagará dinerales por otros jugadores y esos equipos harán lo propio con el dinero que les vaya llegando. Un traspaso como este, increíble hace tan poco, engrasa la maquinaria del fútbol mundial. La FIFA no puede decir mucho ante tal dispendio, entre otras cosas porque saben que el porvenir del fútbol viene también un poco de lo alocado de su sistema de transferencias.

El fútbol no solo es una actividad económica, es también el centro del ocio de millones de personas. Eso empuja a sus actores principales a tirarse al circo con más frecuencia. No salen en las páginas salmón en las que solo se ven corbatas sino en los colorines que siguen miles de aficionados que, con frecuencia, no entienden bien todo lo que mueve una operación como la de Neymar y solo están interesados en lo que pasa cada domingo en el campo.

Gestos de cara a la galería

Cuando Bartomeu consigna 25 millones de euros ante un notario porque no quiere pagar el dinero que debe al padre de Neymar sabe de antemano que tiene todas las de perder. Hay un contrato firmado y ese dinero se lo debe legítimamente. Tiene, sin embargo, que justificar ante sus socios que él lo ha intentado, que no está conforme con la situación. Lo hace con un teatrillo, aun sabiendo que no tiene base. Él, que no es el más popular o carismático de los dirigentes, necesita hacer ver que está luchando. Aun a sabiendas que tendrá que pagar. También responde a esto mismo esa línea del comunicado en el que dicen que irán a la UEFA a reclamar. No tiene visos de prosperar salvo que el PSG no haga los deberes en lo que queda de verano.

Algo similar le ocurre a Javier Tebas, aunque en su caso haya una buena dosis de ego personal. Lleva muchos años en este negocio, las ha visto de todos los colores (ha pasado incluso por el tétrico proceso de los concurso judiciales, así se hizo un nombre), era el primero que tenía claro que Neymar, el año que viene, será del Paris Saint-Germaine. No puede impedirlo, pero hizo como sí estuviese en su poder esa opción. Es afán de protagonismo, también es la necesidad de dotar a La Liga de una relevancia que en realidad no posee. La NBA, por ejemplo, si puede echar para atrás una operación así. Pero esto no es Estados Unidos ni el fútbol es el baloncesto.

PD: En estos últimos años el mundo entero habla de populismo. No hay una definición exacta, pero si la hubiese se parecería mucho a líderes prometiendo el infinito a la gente para hacerse con su favor a sabiendas de que no van a poder cumplir. Populismo es decir que se bajarán los impuestos cuando los presupuestos no dan para más, asegurar que no habrá recortes y empezar a hacerlos el día siguiente de llegar al mando. También es populismo venderle a la afición una pelea que sabes antes de empezar que no tiene sentido, tan solo porque te vean como alguien que trabaja o que defiende sus intereses. Está por todas partes y el fútbol no se libra.

Tribuna

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