Esta Arantxa Sánchez Vicario no es Arantxa. Blogs de Tribuna

Esta Arantxa Sánchez Vicario no es Arantxa

Hoy aparece en las revistas por problemas personales, como ha pasado con frecuencia en los últimos años, pero antes de las malas decisiones y los conflictos, fue una jugadora excelente y una pionera

Foto: Arantxa Sánchez Vicario gana su primer Roland Garros en 1989. (Imago)
Arantxa Sánchez Vicario gana su primer Roland Garros en 1989. (Imago)

No es este mal momento para recordar a Arantxa. Los titulares de esta semana son poco agradables para un amante del deporte, tienen que ver con su vida personal, con los problemas de su matrimonio o, peor, con algún pufo contable que aparece en su pasado. Los últimos años de su vida han sido eso más que nada, un cúmulo de malas decisiones, de desdichas, de problemas familiares. Ha sido carne del papel cuché, conscientemente o no, probablemente en contra de su gusto. Por todo ello, quizás, es bueno recordarla. Porque Arantxa Sánchez Vicario hoy está en el foco de la noticia solo porque antes de todo eso fue una pionera y excelente deportista.

Viajemos a la España de los ochenta, esa que está despertando. El deporte empieza a quitarse las telarañas para ser realmente competitivo. Fuera del fútbol, que siempre fue el vicio patrio, lo que hay son quijotes con talento, tipos como Ángel Nieto, Manuel Santana, Federico Martín Bahamontes y una lista bastante bien nutrida de boxeadores. Empiezan a salir a mediados de la década algunos más, como anunciando lo que está por venir, en eso se incluye el baloncesto con su plata en Los Ángeles, piragüistas o navegantes en vela. También buenos atletas, como José Luis González o Abascal, y algún deportista de doble nacional que llegaba a enseñar a competir, como los hermanos López-Zubero.

Todos o casi todos hombres. Y todos, o casi todos, buenos para ser españoles pero un poco escasos a nivel internacional. Porque las alegrías de los aficionados eran enormes, pero también tenían mucho que ver con la falta de costumbre. Ganar ilusiona siempre, pero quedarse cerca de ganar puede ser suficiente si en el historial hay poco más que desdichas. En ese caldo de cultivo brotó Arantxa Sánchez Vicario.

Arantxa, en Roland Garros. (Imago)
Arantxa, en Roland Garros. (Imago)

Pionera, antes de Ruth, Carolina...

Deportista de primerísimo nivel, una enorme campeona, capaz de competir con cualquiera en uno de los deportes más universales. Y mujer. Antes hubo otras, como Carmen Valero, que fue campeona de cross, o Lili Álvarez, en la prehistoria del tenis, pero el salto de calidad más importante lo dio la pequeña jugadora barcelonesa. Para que hayan existido Ruth Beitia o Carolina Marín, antes tuvo que estar ella como pionera abriendo el camino, demostrándole al mundo que era posible ser española, mujer y competitiva en un deporte.

Pero también sería injusto reducirla al papel de pionera, por más que lo fuera. Fue grande en sus propios términos, una tenista de las mejores de su tiempo que, compitiendo contra colosos —buenos días, Steffi Graf—, logró labrarse un historial importante y formar parte de la historia del tenis. Es miembro del salón de la fama y se la recuerda tanto por sus resultados como por lo extenso de su carrera. Lo hizo, además, en el deporte en que las mujeres tienen más visibilidad, probablemente el único en que la popularidad de ellas es comparable a la de ellos.

No era, ni mucho menos, la jugadora más bonita de ver. Arantxa es bajita y resistente, un producto propio de la tierra batida. Cualquier tenista le sacaba un palmo de altura, pero aún se está buscando una que tuviese más ganas de triunfar. Observarla un rato era detectar un corazón moviéndose por la pista como si cayese fuego del cielo. La sensación siempre era que cada pelota iba a ser la última, pero no la última del punto o del juego, ni siquiera del partido, ella corría a por todas como si del siguiente raquetazo dependiesen su carrera, su legado e, incluso, su vida.

Arantxa, capitana en los Juegos. (EFE)
Arantxa, capitana en los Juegos. (EFE)

No la mejor, sí la más constante

Y así, con golpes limitados pero una fuerza de voluntad tremenda, fue consiguiendo casi todos los logros que se le pusieron por delante. En 1989, cuando solo tenía 17 años, se convirtió en una de las tenistas más jóvenes en ganar un torneo de Grand Slam. Lo hizo en Roland Garros, por supuesto, que fue su casa, tan importante para su vida que un día, cuando tuvo un perro, decidió llamarlo como el torneo. Tres veces lo ganaría y otras tres más llegaría a la final, porque la vida de Arantxa es un éxito, pero también es cierto que por el camino se hinchó a perder finales. Le tocó convivir con Graf, también con Monica Seles, era un entorno complicado.

Llegó en total a 12 finales de Grand Slam y a 77 en el circuito. Cierto es que perdió más que ganó, pero sus 32 títulos individuales son la formulación de una carrera de éxito. Sumen a eso cuatro medallas olímpicas, dos de plata y dos de bronce, cinco títulos de la Fed Cup, el número uno del mundo, que fue la primera española en conseguir, o una muy fructífera carrera en dobles que hoy sería prácticamente inimaginable, aunque solo sea porque las mejores tenistas ya no juegan y ella, sin duda alguna, estaba en ese grupo de jugadoras.

Las hubo más estéticas, mejores golpe por golpe, jugadoras de su tiempo como Conchita o Sabatini. Estrellas, pero no a la altura de Arantxa, que con pundonor fue sacando poco a poco una carrera apreciable. Por más noticias que salgan, más ex, más trifulcas familiares, Arantxa siempre será esa constancia, el grito que se impone por encima de rivales más altas, más fuertes y más rápidas. Será la primera, la que abrió camino a todos los demás. Será, siempre, quien enseñó a los deportistas españoles que conformarse con ser bueno no tiene mucho sentido, que no vale otra cosa que no sea pelear por ser el mejor. Y puede salir en las revistas por el tema que sea, pero su legado se escribió con una raqueta en la mano.

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