Piqué o la incoherencia de quien presume de opinión pero calcula que es mejor callarla

En la minuciosa construcción de su imagen, Gerard Piqué se ha querido diferenciar de muchos deportistas señalando la importancia de tener una visión propia del mundo, pero sin contar la suya

Foto: Piqué, en un partido con la selección. (EFE)
Piqué, en un partido con la selección. (EFE)

Gerard Piqué asumió hace tiempo un discurso político que él cree mayoritario. Está convencido de que hay un sentimiento muy extendido en Cataluña que respalda la celebración de un referéndum, algo que las encuestas refuerzan. El problema, en este caso, está en lo que se considere mayoritario, en la falacia estadística, porque si en lugar de tomarse la población de la autonomía se hace un baremo con toda la población española... ya no salen las cuentas. Sin embargo, y en un discurso que repite de manera cíclica, para él la mayoría, un término inestable, se circunscribe únicamente a Cataluña. Lo ha vuelto a hacer, en este caso en una columna en 'The Players Tribune' en la que mezcla su tiempo en Mánchester, su amor por la selección, su implicación política, alguna broma a sus compañeros del Real Madrid y un buen número de dardos a los medios porque él se siente más capaz que cualquier otro para decirle a la gente lo que ha ocurrido en realidad. Como si pudiese abstraerse de todo y contarlo con frialdad.

Piqué recuerda que él nunca ha dicho qué haría en caso de que ese referéndum se celebrase, lo cual es en sí mismo una paradoja. Para alguien que se considera un ser político resulta curioso que no tenga o no quiera expresar una opinión al respecto. Porque la independencia no es, en ningún caso, un tema menor del que se pueda ser absolutamente ajeno. Es decir, como ciudadano catalán su vida cambiaría drásticamente en el caso de una secesión, y más aún que la suya, que no deja de ser un privilegiado que tiene en su mano su destino, la de todos sus conciudadanos. No es lo mismo que opinar sobre una subida de un punto porcentual de las pensiones, por poner un ejemplo, que puede ser algo lejano y difuso. Ser catalán, tener conciencia política y cacarear que un deportista puede opinar contrasta mucho con el hecho de que él, realmente, no opina.

Y ahí llega el marketing porque ¿qué piensa realmente Gerard Piqué? En realidad, y en eso tiene razón, no importa. Lo que crea o deje de creer no debería moldear el discurso político de la gente, no tendría que ser más que una opinión más, ni siquiera una con un poso realmente profundo, una expresión irrelevante entre un mar de otras muchas opiniones. Entonces, ¿por qué no lo hace? Porque sabe que tiene mucho que perder y muy poco que ganar.

Piqué, a quien señalan como un chico listo, se mueve en la empresa y sabe que una sola frase en un sentido u otro puede cambiarle la vida y, lo que es peor, puede modificar radicalmente el producto que vende. Ahora mismo vive en un gris en el que se siente cómodo, el del sí al referéndum, porque a su alrededor eso se da por sentado como una verdad universal. Se cree respaldado por la mayoría ya que vive en la fantasía de que el rechazo a esa consulta es algo exclusivo de "los medios de Madrid" y no tiene un arraigo social real en el resto del país. Un hecho, en todo caso, que podría replantearse al escuchar los pitos con los que le han ido recibiendo en muchos lugares de España.

Piqué bromea en la selección. (EFE)
Piqué bromea en la selección. (EFE)

La confusión de la selección y el sentimiento

Decir sí o no es el problema porque, tirando de encuestas, es algo parecido a enemistarte con la mitad de la población de Cataluña. También es perder dinero, quizá el principal conflicto que tendría contar cuál es su opinión al respecto. Pongamos el caso de que quisiese la independencia, la coherencia podría estar en dejar ya de jugar con España. O no, igual ni siquiera es necesario, valdría con una explicación mercantilista del fútbol algo del tipo "esta camiseta es el único modo que tengo de disputar la Copa del Mundo, el más alto torneo en el deporte. Todo profesional querría aspirar al máximo y esta es mi manera de conseguirlo". El conflicto ahí sería para la federación y el técnico, que tendrían que ver si esa explicación es suficiente, si pueden asumir que una selección no es más que un equipo de fútbol en el que van los mejores sin importar el vínculo emocional que puedan tener con el país que representan.

A muchos aficionados no les valdría. La magia del fútbol es que todos lo consideran como propio y aunque nos pasemos horas discutiendo del dinero de los traspasos o de la locura de las nóminas, al final un buen puñado de feligreses de domingo se introducen en la ilusión de que todo lo que ven se hace por amor a los colores. No es cierto, pero Marlon Brando tampoco dirigió nunca una familia mafiosa.

Está la opción, claro, de que en realidad piense que el mejor futuro es un futuro juntos. Eso, sin lugar a dudas, le enemistaría con un porcentaje importante y muy ruidoso del Camp Nou. Piqué ha conseguido ser un ídolo en ese estadio por unas cuantas razones, deportivas, sí, pero también porque habla y saca pecho de su libre opinión. También porque su discurso muchos lo identifican, y no solo en Madrid, como un apoyo a unas tesis concretas que igual no son mayoritarias en el estadio, pero sin lugar a duda son las que se escuchan con más volumen.

Recuerden ahora su intervención ante los medios el pasado 1 de octubre. Piqué, con lágrimas en los ojos, defendiendo unas posturas políticas concretas. Eso también tiene que ver con el imaginario colectivo, con los pitos de Alicante y con ser considerado casi Braveheart por el independentismo. Piqué juega con esto, porque al llegar a la selección recuerda, una vez más, que él nunca ha opinado al respecto. En su último artículo recalca que en Estados Unidos está ocurriendo algo así, que los deportistas piden poder hablar y se expresan. El detalle es que lo hacen con claridad. Popovich critica abiertamente a Trump, LeBron señala el racismo de la policía, los jugadores se niegan a ir a la Casa Blanca mientras allí esté ese disparatado presidente... opinan, opinan de verdad, porque están en su derecho y porque no les importa, como decía Michael Jordan, que los blancos también compren zapatillas.

Tribuna

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