Zidane, su autodestrucción y autodespido: los miedos de ser siempre un mito

Zidane tiene miedo de sí mismo, de no estar a la altura de lo que la gente espera de él, y más de no cumplir con las expectativas e ilusiones de los que le admiran

Foto: Zinédine Zidane, durante la comparecencia de prensa en la que anuncia su final en el Real Madrid. (Reuters)
Zinédine Zidane, durante la comparecencia de prensa en la que anuncia su final en el Real Madrid. (Reuters)

Zidane nunca ha querido ser un fantasma ni una figura cadavérica que le hiciera sufrir en su autoestima y dañara la imagen de ídolo que trasmitió como jugador y nos sorprendió como entrenador. Evitó arrastrarse por los campos de fútbol cuando decidió colgar las botas un año antes de que acabara su contrato, y ahora se autodespide para evitar hacerse daño porque siente que no es infalible. Es muy difícil ser Zidane. Siempre lo ha sido, por el alto nivel de exigencia que se ha autoimpuesto y por cómo le han visto desde fuera los que le idolatran y le exigían más y más y cada vez más. Un mal día de Zidane en el campo arrastraba la caída de su equipo. Lo vimos en la Séptima del Madrid, que él perdió cuando era jugador de la Juventus. Llegaba como favorito y falló. Lo comprobamos en su última temporada como jugador madridista y el sufrimiento que tenía por ver que estaba en el inicio de un declive. Zidane no siempre podía meter el gol de volea de Glasgow ni hacer ruletas o regates de ‘cisne’.

Zidane tiene miedo de sí mismo, de no estar a la altura de lo que la gente espera y cumplir con las expectativas e ilusiones de los que le admiran. Él habla de desgaste natural, cuando lo que transmite es una frustración por no ser infalible. Una mala Liga y una peor Copa del Rey han podido más que ganar la tercera Champions seguida. Se quedó tocado cuando perdió en la competición copera ante el Leganés, y no oculta que lo que más ilusión le ha hecho ha sido ganar el campeonato liguero. “Yo soy ganador y no me gusta perder. Si tengo la sensación de que no voy a ganar, hay que hacer un cambio”, decía con sinceridad en su despedida, sentado al lado de un atónito Florentino Pérez.

La cabeza de Zidane es diferente a la de la mayoría de los entrenadores y futbolistas que viven su profesión con la normalidad que le dan a un fallo, error o derrota. Su dimensión es diferente. Zidane está incómodo en el elogio y se angustia en las tormentas. Como futbolista, a pesar de ser un ídolo y la cabeza visible de una plantilla, podía tener algún cortafuego dentro del grupo. Como entrenador, está en primera línea, solo ante el peligro, y la excesiva exigencia, que no la presión, le ha agotado. Todo lo bueno que dio a los jugadores, el cómo manejó el vestuario y el discurso tan eficiente que le llevó a ganar una gran cantidad de títulos se han erosionado, hasta el punto de sentirse decepcionado consigo mismo sin señalar a los futbolistas.

Zidane y Florentino, en el acto de despedida del entrenador francés. (EFE)
Zidane y Florentino, en el acto de despedida del entrenador francés. (EFE)

Le falta egoísmo

El Zidane campeón del mundo y de Europa con Francia, el de la volea de la Octava, las tres Champions y el mejor amigo de los jugadores se vuelve a autodestruir para no desilusionar y hacer infelices a sus admiradores, entre los que se encuentran primero su familia y después los millones de seguidores que le tienen mitificado. Cómo les explicaría Zidane a todos ellos que es humano, que no nació sabiéndolo todo, que necesita aprender y también se hace viejo. Es lo que le tortura y le lleva a darnos sorpresas como las de renunciar a seguir siendo entrenador del Real Madrid cuando acaba de hacer historia con su tercera Champions. Sí, es muy difícil ser Zidane para no arrastrarse como... Maradona, por ejemplo.

Zidane se va del Real Madrid como un señor y en todo lo alto. Sí, pero se marcha cuando lo normal era seguir con un proyecto ganador y una plantilla con talento y que está con el entrenador. También con la gran mayoría del respaldo de los aficionados y la directiva. Se va porque no es egoísta y piensa más en terceros que en él mismo. Sobre todo, evita hacerse daño.

Tribuna
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