El mérito de Nadal siempre fue desafiar al mejor tenista, que sigue siendo Federer

Rafa Nadal estuvo cerca de recortar la ventaja en grand slam con su amigo suizo, pero la derrota en Australia el pasado año y los hechos posteriores le alejan de ser considerado el mejor

Foto: Rafa Nadal y Roger Federer. (Reuters)
Rafa Nadal y Roger Federer. (Reuters)

Es absurdo reducir una rivalidad de tres lustros en uno puñado de puntos, así que vamos a hacerlo. Australia 2017, final entre Nadal y Federer, ya no son dos niños, acaban de salir de sendas crisis tenísticas. Al suizo se le llegó a dar por retirado, Nadal parecía entregado físicamente e incapaz de poner fin al dictado de Djokovic. Llevaban seis largos años sin encontrarse en una final de grand slam. Las crónicas recientes afirmaban que ya no eran los mejores, pero ahí estaban de nuevo los dos, insuflando aire a la que es probablemente la mayor rivalidad de la historia del deporte.

Aquella tarde de Melbourne Nadal tenía un 'break' de ventaja en el quinto set. Saque para ponerse 4-2. Incidir un poco más en la brecha mental que tantas veces antes le había servido para imponerse a Roger Federer. Esa superioridad psicológica que en 2009, la única vez que Rafa ganó el primer grande del año, llevó a su rival -y amigo- a las lágrimas ante la impotencia de no poder hacer mucho contra la horma de su zapato. Pero esa ventaja se desvanece, Federer ha pasado problemas de espalda y de rodillas, pero se ha plantado en Australia con el mejor tenis posible. Su revés, débil en el pasado, ahora juega como un martillo desde el final de la pista.

Y gana, y sonríe, y sin pronunciar palabra le dice a Nadal que ya no es todo tan fácil, que lleva seis años esperando este partido porque el mundo entero le señala como el más grande de siempre, pero él mismo se ha sentido pequeño y vulnerable en incontables ocasiones. Salta y grita como no es común en alguien tan frío. Levanta los brazos al cielo y llora, claro que llora. No hay dolor ni impotencia, es un alivio. Sorprende que el más grande tenga necesidad de reivindicarse, pero esa es precisamente una de las claves de toda esta rivalidad, la historia de cómo el débil comió la moral del fuerte.

Roger Federer es feliz, entre otras cosas porque esa noche, más que nunca antes, ha puesto en juego su cinturón de mejor jugador de todos los tiempos. Y esta vez ha ganado El suizo llegaba a la pista Rod Laver con 17 grandes por 14 de Nadal, en caso de haber ganado el español hubiese reducido la distancia a dos, la menor de siempre entre ambos, y con la perspectiva de hacerla menguar a uno pocos meses después, en Roland Garros. Si algo hemos aprendido a estas alturas es que prever una victoria de Nadal en París no tiene mérito. Por una cuestión de edad, el horizonte final de Nadal siempre parecerá más lejano.

La distancia en los grandes

Lo cierto es que el 'revival' parecía una cuestión temporal, quién iba a pensar que Federer y Nadal, Nadal y Federer, iban a tiranizar el tenis mundial en los cinco siguientes grandes. Pues tal cual, y seguimos contando, que en el siguiente el favorito es de Basilea. Pero en ese partido se dirimían más cosas que en los muchísimos duelos anteriores. Ganar en Australia, para Nadal, hubiese sido un argumento más en su pelea por ser el más grande de siempre. Porque, además, se hubiese convertido en el segundo hombre en ganar dos veces los cuatro grandes torneos del calendario tenístico.

En una simplificación máxima, el argumento de Federer es que ha ganado más grandes, el de Nadal que él ganó más veces el enfrentamiento personal. En aquel partido, en ese puñado de puntos, la distancia se hizo muy grande. Porque ahora es más improbable que algún día llegue a alcanzarle en número de grand slam y porque la distancia entre ambos en sus duelos particulares, aunque siga siendo importante a favor de Nadal (23-15), de algún modo se relativizaba.

Las consecuencias fueron algo más allá. Federer ganó también los siguientes tres enfrentamientos, dejando en el aire la sensación de que en este punto de su carrera estaba por encima de su histórico rival. Es algo relativo, la clasificación mundial no está del todo de acuerdo, pero al final los duelos entre ellos marcan mucho ese terreno. A Nadal, de hecho se le empezó a hacer un nudo en el estómago cada vez que se enfrentaba a Roger.

La rivalidad tiene para estar horas hablando sobre ella, y no hay nada de excesivo en esta frase. Son varios los libros escritos solo sobre este duelo pero merece la pena hacer una aproximación estilística y social. Porque en este duelo hay tantas aristas que es difícil encontrar certezas, solo opiniones.

Dos visiones de juego diferentes

Y en eso lo primero que hay que decir es que la rivalidad, como tal, no existe. No hay animosidad, es todo muy sano y deportivo, elegante hasta el hartazgo. Está bien, son dos ejemplos para los niños, corteses, cercanos, educados. Muy bien todo, como debe ser, aunque igual en algún momento no hubiese ido mal algo más de picante. Porque el respeto ha sido extremo a pesar de encontrarse en diversas ocasiones en trincheras diferentes. Federer y Nadal tienen visiones del juego muy diferentes, tanto que el segundo llegó a dimitir en algún momento de la comisión de jugadores de ATP porque no le gustaban las tesis que se estaban imponiendo sobre el futuro del juego. A Roger le encantaban. Esas diferencias, que sí existen, siempre fueron tratadas como conversaciones de amigos, sin más sobresalto.

Sus posiciones tienen que ver mucho con el estilo de juego, pues ninguno de los dos pensaba realmente en el futuro del tenis tanto como en su adaptación a los nuevos tiempos. Los dos son jugadores de fondo de la pista, este deporte ha evolucionado en una dirección inequívoca, pero tienen detalles diferentes. Federer es más ofensivo, tira los reveses a una mano y busca la línea. Es más bonito, es más ortodoxo. Quizá el más bonito de siempre, porque Federer siempre tuvo un 10 en la experiencia de uso. Es el jugador que flota, el que parece que no se esfuerza. Y la belleza en el deporte es eso, hacer lo más difícil sin aparentarlo, que el esfuerzo extremo no aparente llevar transpiración aparejada.

Hay otro punto en el que el público coloca a Federer antes que a Nadal, aunque es algo engañoso. Roger es menos especialista que Rafa. El suizo tiene en la hierba su imperio, pero también ha sido abrumador en pistas duras que hoy en día corresponden a la mitad del calendario. Y en tierra se defendía, no al nivel de su amigo, claro, pero se defendía. Enclaustrar a Nadal como un jugador de tierra y solo de tierra es hacerle de menos, pero no es tan poco habitual. Tiene mucho que ver en ello su abrumador dominio en esa superficie. Y es cierto que si se quitan sus datos en tierra batida se queda como un jugador excelente, pero lejos del nivel mítico del que hablamos.

La ventaja sigue siendo de Federer, es el estándar de la excelencia. Nadal tiene dos méritos, el hecho de ser el segundo mejor de siempre y, también, no haber agachado la cabeza ante el poder del más grande. Eso en sí mismo es un valor, pero no suficiente para superar al mito.

Tribuna

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