¿Cuernos? Rubiales ha dado la cara para que se la partan a él y no al equipo

La decisión de Rubiales puede tildarse de precipitada, pero es valiente y protege a los jugadores en un momento crítico, a dos días del debut en el Mundial

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Ayer fue una jornada de sobresaltos en Krasnodar. A primera hora, con todos los periodistas dentro del estadio esperando a escuchar las explicaciones de Julen Lopetegui, la Federación alertó de que la comparencia se retrasaba. Llegada la nueva hora, hubo que esperar otros cuarenta minutos. Y ya saben que cuando estas cosas se dilatan es porque hay jaleo.

En la atmósfera flotaba la sensación de que Rubiales podía fulminar a Lopetegui en ese mismo momento, pero pocos estábamos dispuestos a creérnoslo, no digamos ya a adelantarlo como noticia.

A la una de la tarde entró Rubiales solo en la sala de prensa y súbitamente todos entendimos: Lopetegui estaba cesado. Conociendo el cabreo del presidente de la Federación con el exseleccionador, rápidamente fue interpretado como un ataque de cuernos, como la reacción en caliente de un directivo despechado. Quizá sea cierto, pero detrás hay más. Si analizamos las palabras de Rubiales y sopesamos las consecuencias del cese, es fácil comprender que lo que ha hecho el presidente es interponerse como escudo humano entre los cuchillos de la prensa y afición y el grupo. Ahora él es el blanco de todos los ataques; los jugadores y Hierro no.

Rubiales, y la Federación por extensión, han actuado de la forma más responsable: han amputado un miembro que corría riesgo de extender la grangena por todo el cuerpo. Porque no se engañen: con Lopetegui fichado por el Real Madrid, lo que le esperaba a este grupo eran acusaciones de favoritismo, interpretaciones maliciosas y, en definitiva, un ruido ensordecedor en torno a la concentración. ¿Cómo iba Lopetegui a encarar un Mundial cuando tiene por delante un verano más que caliente al frente del Real Madrid?

Si todo va mal no miren a Rubiales, sino a quien no ha mostrado ningún respeto por las ilusiones de todo un país: Florentino Pérez

Llegados a este punto, Hierro era la mejor alternativa. El malagueño es una figura respetada en el vestuario, está en Rusia y conoce a los jugadores. Los ha visto entrenar y sabe en qué momento está cada uno. Como recordó ayer Xavi Hernández, uno de los mejores centrocampistas de la historia de este deporte, el trabajo de Hierro, aún opaco, ha sido siempre crucial en las concentraciones. El ex internacional aludió a la charla que le dedicó al grupo tras la derrota contra Suiza en el partido inaugural del Mundial 2010 y que sirvió para reencauzar los ánimos del grupo hasta alzarse campeón.

Hierro no tiene experiencia en los banquillos, y tampoco la necesita, porque para ganar un Mundial no se precisa ser un estratega. Del Bosque y Luis Aragonés, los dos mejores seleccionadores que hemos tenido, nunca destacaron por esa faceta, aunque por supuesto tuvieran sus librillos. Para ganar un Mundial, como recordó el propio Hierro, hay que competir, hay que ir paso a paso y hay que tener siempre en la cabeza que en un día malo te vuelves para casa. Y qué mejor que un ex capitán de la Selección española, con cuatro campeonatos del Mundo como jugador en las alforjas, para liderar este grupo. Hierro ha vivido las suficientes eliminaciones para ser capaz de verlas venir desde lejos.

Luego ganaremos o perderemos, llegaremos lejos o haremos el ridículo, porque los buenos resultados no los han garantizado nunca ni los seleccionados ni el cuerpo técnico. Pero, pase lo que pase, la culpa no será de Rubiales ni de Hierro o los jugadores. La culpa, y conviene que no perdamos este foco, la tiene única y exclusivamente el Real Madrid, que en un alarde de egoísmo ha hecho saltar por los aires la paz del grupo y nos ha llevado a una situación límite sin necesidad. Ni siquiera los madridistas, muchos de ellos también devotos de la Selección, están de acuerdo con esta forma de actuar. De modo que si las cosas van mal no miren a Rubiales, a quien han puesto entre la espada y la pared, sino a Florentino Pérez quien, pudiendo esperar unas semanas, ha mostrado no tener ningún respeto por las ilusiones de todo un país.

Tribuna

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