No rían las gracias a Jon Rahm, perder los nervios así no es aceptable en el deporte

Tirar el palo al suelo, como hizo en el British, fue la última salida de tono del golfista. Jon Rahm tiene espacio para cambiar, ser deportista no es solo ser talentoso, también implica unas formas

Foto: Jon Rahm, en el Open Británico. (Reuters)
Jon Rahm, en el Open Británico. (Reuters)

No es aceptable, ni en el golf ni en ningún deporte. Jon Rahm tiene derecho a frustrarse cuando juega mal, por supuesto, pero como no aprenda a dominar esas sensaciones se convertirá pronto, si no es ya, en un jugador odiado en todo el mundo. Y no faltarán motivos. Los tres hoyos que sepultaron sus opciones en el Open Británico son motivo para estar enfadado, pero únicamente consigo mismo, que fue quien decidió coger el 'driver', el que tiró la bola demasiado a la izquierda y el que a lo largo de la partida no encontró su mejor versión. Arrojar un palo al césped no es permisible, está lejos de los códigos del golf y del deporte en general. No se maltrata el material, no es culpable. Tampoco fue esta la primera vez.

El problema no es que ese carácter le aleje de los mejores resultados, aunque esa sea una parte importante de esta historia. Por encima de la efectividad y de ganar muchos torneos, algo que con el talento que tiene Jon Rahm hará con frecuencia, está la deportividad, que no se demuestra con resultados, sino con la manera de conducirse por la vida. El de Barrika es un chaval joven, con 23 años aún está en edad de definir la persona que será en su plenitud. Nunca le faltará el golf, pero bien vendría que lo acompañase de un carácter un poco menos levantisco.

La materia prima no está mal. Fuera del verde, Rahm es un chico afable, que habla con simpatía y asume errores y aciertos. Tiene un punto bonachón, de esos que parecen normales aunque en realidad no lo sea, porque la gente normal no está expuesta a cientos de miradas, ni es escrutada por la prensa ni, desde luego, gana millones de dólares cada temporada. Rahm ha demostrado que sabe relativizar su fama y su futuro, aunque alguna vez haya caído en algunas 'bilbainadas' como decir que algún día ganará tantos grandes como Nicklaus. Pero bueno, hasta eso es aceptable, un poco de picante para un deporte algo envarado.

Adam Haye, que es su 'caddie' y, por lo tanto, su primer confidente y el encargado del material, concedió esta semana una sensata entrevista con 'El Correo'. Cuando se le preguntaba por el carácter de la estrella, él tiraba balones fuera. Ese tipo de respuesta de '"ya sabéis cómo es el chico' que tan mal servicio hace a los deportistas y, en general, a cualquier ser humano. Sí, hoy Jon Rahm es volcánico y no sabe gestionar con calma los malos momentos, pero no tiene necesariamente que ser así mañana. Tiene derecho a equivocarse, del mismo modo que tiene tiempo suficiente por delante para cambiar, para madurar y para moderar sus puntos más ásperos. Roger Federer lo hizo, era un joven bastante ido que se convirtió, con el tiempo y las ganas, en todo un caballero con una raqueta en la mano.

El 'caddie' va un poco más allá y cuenta que la agresividad es lo que hace de Rahm el golfista que es. En esto, como tantas veces, se confunden los conceptos. Se puede ser extremadamente agresivo jugando y no dejar nunca el carácter afable. Nadie dudaría de la competitividad de Rafa Nadal, por poner un ejemplo, y sin embargo no se le puede recordar destrozando una raqueta. Para ser el mejor, porque ese y no otro es el objetivo, el de Barrika tiene que darlo todo, tiene que ser tenaz, tiene que explorar sus límites porque solo así los encontrará. Pero eso es el juego; cuando el 'swing' termina y la bola cae ya solo queda pensar en el siguiente hoyo, no lamentarse de lo no logrado.

Flaco favor reírle las gracias

La parte deportiva va detrás en importancia de la educación pero, en lo que se habla, es importante. Asumir que lo que mejor le va al juego de Rahm es la falta de contención y los malos gestos —que en el British no fueron primerizos— es intentar hacer de la necesidad virtud. Rahm naufragó porque perdió los nervios, jugó peor por eso y no es demostrable que todo lo bueno que tiene, que es muchísimo, sea consecuencia de esa rabia que le recorre a veces. Es más, la intuición y un repaso por los grandes campeones del golf lleva a pensar todo lo contrario. Mantener la sangre fría es algo casi obligado en un deporte en el que todo se resume en tener la mayor precisión posible.

También es necesario calibrar el daño, o el bien, que le hace a su imagen pública montar una escena de vez en cuando. Puede intentar montarse una imagen de 'enfant terrible', que tiene su público, pero a la larga le haría más daño que otra cosa. En una dura columna del 'Telegraph', el periodista Richard Bath le definía como "el español más enojado desde Torquemada", y eso apunta a la imagen que empieza a labrarse en el mundo Rahm, aunque también es cierto que el señor columnista no ha debido mirar mucho a España en los últimos años, por lo que se ha debido de saltar a José María Aznar o a Francisco Umbral o a Fernando Fernán Gómez, por poner nombres de ilustres cabreados. El 'landismo' entero, de hecho, está construido alrededor de personajes con un enfado existencial importante.

Flaco favor sería reírle las gracias. Jon Rahm es el futuro del deporte español, como lo pueden ser María Vicente y Marcus Cooper, pero ese hecho no debería llevar a la prensa a mirar hacia otro lado cuando el comportamiento no es aceptable. Porque eso no es otra cosa que una deslealtad con el oficio, que implica contar lo que pasa y no lo que queremos que pase. También porque se le hace un mal servicio a él. Generar a su alrededor un cordón sanitario en el que se le aplaudan las salidas de tono no hace más que afianzarle en una posición que, por su bien, debería de cambiar. Además, eso pudo valer en otro momento, pero hoy Rahm puede leer en inglés y entrar en Twitter, donde se ha convertido en algunas ocasiones en un jugador detestado por sus formas. La prensa internacional hoy, al hablar de Jon, critica su carácter. La española cuenta solo que tuvo una mala tarde en el juego.

Rahm no será nunca un tipo frío, pero tampoco es necesario llegar a eso. En el deporte hay muchos casos de jugadores apasionados y brillantes que no por todo ello perdieron las formas. El de Barrika es un deportista que transmite, cuando se le ve jugar es una invitación a que te guste el golf, tiene una gran capacidad para sentir y llevar al público. Todo eso, que está muy bien, tiene que llegar desprovisto de malos modos. Toda la construcción de la personalidad de Jon, su imagen pública, se viene abajo cuando masculla, cuando tira el palo o cuando es incapaz de disimular un enfado. Tiene 23 años, a tiempo está de convertirse en el mejor golfista del mundo, pero más importante todavía, a tiempo está de limar esos detalles para convertirse en un deportista en todo lo grande que es esa expresión.

Tribuna
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