El problema de Nadal es que Djokovic es mejor que él (fuera de la tierra)

Lo de Melbourne no tuvo nada de casualidad, por bien que estuviese jugando Rafa Nadal, y lo estaba haciendo Novak Djokovic es hoy en día mejor jugador de tenis que él

Foto: Djokovic ríe tras la consecución del Abierto de Australia. (Reuters)
Djokovic ríe tras la consecución del Abierto de Australia. (Reuters)

"No quiero sonar arrogante, pero siempre confié en mí. Siempre creo en mí, y ese es probablemente el secreto de mi éxito". Novak Djokovic trata de buscar una explicación psicológica al huracán que ha pasado por el Rod Laver Arena, pero normalmente, en estos casos, es más importante la velocidad del viento que la percepción que el mundo tiene del fenómeno. En ocasiones se acude a explicaciones dificilísimas que apuntan a la psicología y al subconsciente pero el deporte, habitualmente, es mucho más sencillo que todo eso. Djokovic ganó a Nadal porque fue mejor que él. Para ser más exactos, y en esta ocasión solo, fue mucho mejor que él.

El serbio es un jugador excelente, prácticamente perfecto. No tiene grietas en su juego más allá del estado físico, que en su tiempo en el circuito no ha sido del todo regular. Del mismo modo que el pasado año pasó los primeros meses perdido, en buena parte por una operación en el hombro, en los primeros compases de su carrera siempre parecía falto de fuerza, como cansado. El cambio fue drástico y él lo atribuyó siempre a un cambio en la alimentación. Se quitó el gluten y surgió un superhéroe. Cosas que pasan. El caso es que aquel chico que jugaba muy bien, pero no llegaba, llegó. Y cuando llegó se puso a la altura, cuando no por encima.

John Isner decía hace pocos meses, en el torneo de Madrid, que no había jugado nunca contra uno como Djokovic. Que Federer y Nadal son eternos, esa parte no está en duda, pero que el serbio podía reclamar sin duda ser el mejor de los tres. Hay varias ópticas diferentes para evaluar la grandeza, unas obligan a mirar la vida como conjunto, desde el principio hasta el fin. Otras, microscópicas, se fijan en tramos concretos y resaltan momentos, imágenes parciales. Cada una a su manera, tienen su importancia en el análisis.

La general sigue siendo de Roger Federer, al menos en lo que se refiere al número. Esos 20 grandes son muy contundentes, ha sido largo y poderoso su reinado. Empezó antes que sus compañeros, también porque es algo mayor que ellos. Le sirvió aquello para hacerse fuerte, alcanzar a Sampras y mantener una distancia importante contra Nadal y Djokovic. Ha habido momentos en los que el cetro ha peligrado, si Nadal le hubiese ganado en Australia hace dos temporadas, por ejemplo. O si este domingo se hubiese impuesto al serbio. Es posible, en todo caso, que a Federer no le quede mucho. Su anunció de que jugará la gira de tierra esta temporada se puede interpretar como una gira de despedida, pero todo dependerá también de cómo se encuentre. Va para 38 años y por más que llevemos toda la vida contando que no parece ni esforzarse, el cuerpo también nota la edad.

El dominio más constante

Si lo que se miran son periodos concretos de tiempo, la respuesta no será Federer. Djokovic consiguió en Australia un dato que pasa por debajo del rádar -entre otras cosas porque el presente es una ensalada de datos constante-, y es que es la tercera vez que gana tres grandes consecutivos. Entre 2015 y 2016, de hecho, consiguió tener a la vez los cuatro grandes a la vez, que no es lograr el grand slam, porque no lo hizo en un año natural, pero sí una de las mayores muestras de dominio que se ha dado en el tenis mundial. Cuando Djokovic empezó a ganar, Federer y Nadal ya estaban ahí y parecían imbatibles. Pero él demostró que eso no era cierto, primero llegando a su altura, posteriormente superándoles. Solo ha ganado una vez Roland Garros -más de esto luego- pero tiene cuatro veces repetido Wimbledon y tres el Us Open, un historial tremendo en un tiempo especialmente difícil para ser campeón.

Tiene, además, ganado el enfrentamiento personal a Federer, a Murray y a Nadal, en las luchas particulares se ha zafado siempre bien. Y eso que, contra el español, sabía que tenía de inicio perdida la partida en pistas blandas. Sobre la tierra batida, que es otro análisis válido, no hay nada que se le acerque a Rafa. Es más, a pesar de la clase magistral que le dio Djokovic en Melbourne -es la primera vez que jugó una final de un major y no logró ganar un set- el favorito para el siguiente grande, Roland Garros, es el español. Es difícil pensar en nadie dominando como Rafa lo hace en tierra, por eso mismo se mantendrá como favorito hasta que se demuestre lo contrario.

Fuera de la tierra, la imagen se transforma. Nadal ganó a Djokovic la final de 2013 en Estados Unidos y, desde entonces, no le ha vuelto a vencer en pistas duras. No es que la muestra sea pequeña, pues desde entonces han jugado en ocho ocasiones en cemento y en una más, la mítica semifinal de Wimbledon del año pasado, en hierba. Todas las veces fueron para el serbio. Y ni siquiera estuvo cerca, en esos ocho partidos en dura, Nadal no ha ganado un solo set y solo ha encontrado dolorosos resultados. El de Melbourne puede ser el más duro, por la relevancia del mismo, pero es que en ese tiempo no ha sido capaz siquiera de forzarle a jugar un 'tie break'.

Nadal, cariacontecido
Nadal, cariacontecido

Fuera de la tierra, el único rey

Se pueden buscar sofisticadas explicaciones a toda esta marea de datos, pero lo normal es pensar, simplemente, que Djokovic es mejor. Se puede buscar una razón psicológica, invisible, porque siempre es más fácil de aceptar lo que no se ve que lo obvio. Nadal es, todavía hoy, un gladiador, un jugador fortísimo que consiguió amilanar a sus rivales, con su juego y con su actitud. Nunca se da por vencido, nunca deja de pelear los puntos. Siempre da todo lo que tiene, y esto incluye los primeros partidos de cada torneo, cuando otras estrellas contemporizan, él no sabe o no quiere hacerlo. Llegó a la final de Australia en un buen momento, ligero de piernas y con el tenis a su mejor nivel. Pensar que se le encogió el brazo contradice todo lo que sabemos de Nadal.

Y es que, la explicación se suele atener a la navaja de Ockham, esa explicación filosófica que dice que la explicación más sencilla suele ser la más probable. Visto este partido, y los anteriores, solo cabe pensar que en el duelo gana el mejor tenista y que ese es Djokovic, lo cual tampoco es un desdoro para Rafa Nadal, está perdiendo, y eso duele, pero el único que le consigue ganar con regularidad y a ese nivel es uno de los grandes jugadores de todos los tiempos, un jugador casi perfecto, que controla todo lo que un tenista tiene que saber para imponerse.

El futuro es inescrutable, lo que hoy es cierto y parece forjado a fuego puede diluirse con bajones físicos o lesiones. Nadal llegó antes a la élite que Djokovic, y eso que solo es un año mayor que él. Para el serbio fue más difícil entrar, aunque solo fuese porque para ser el mejor no tenía que desbancar solo a una leyenda si no a dos. Lo hizo, y eso también debería tenerse en cuenta en su legado. Gana, y probablemente lo seguirá haciendo, por un motivo tan sencillo de ver como difícil de ejecutar: es el mejor tenista del mundo.

Tribuna

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