Qatar, paradigma del drama: por qué este Mundial de Atletismo es un sinsentido

Temperaturas infernales, una humedad de escándalo y una afluencia de público escasa. La IAAF y el país asiático se empeñaron en organizar el Mundial más estrepitoso de los últimos años

Foto: Johannes, exhausta, se tira al suelo tras una carrera agónica por el bronce en el maratón. (Reuters)
Johannes, exhausta, se tira al suelo tras una carrera agónica por el bronce en el maratón. (Reuters)

No hacía falta ser muy lúcido, bastaba con un poco de sentido común. Cuando el 18 de noviembre del 2014 la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) anunció a Qatar como sede de los mundiales en 2019, la preocupación empezó a ser patente entre atletas y entrenadores. Temperaturas a 35 grados, una humedad asfixiante al 85% y una cultura deportiva que, pese al auge de los últimos tiempos, es un desierto. Un sinsentido en toda regla. A todo eso súmenle las características sociopolíticas del país, donde una monarquía de corte más bien medieval y autoritaria hace y deshace a su antojo desde el siglo XIX. No existen leyes ni partidos, tampoco la libertad de prensa. La religión no se discute, la mujer vive a la sombra de la voluntad del hombre y muchos trabajadores no disfrutan de unas condiciones laborales dignas. Estos son los ingredientes que rodean a uno de los eventos deportivos más esperados de la temporada y con más impacto mediático en todo el globo.

Las sospechas de corrupción que acompañaron desde un primer momento la elección de Doha en detrimento, entre otras, de la ciudad de Barcelona, han ido tomando cuerpo con el paso de los años. Aquí no importa la salud de los deportistas, sino 'Su Majestad el Dinero'. La familia del anterior presidente de la IAAF -el senegalés Lamine Diack- fue, en teoría, la gran beneficiada de una serie de sobornos llevados a cabo por el Emir, Hamad al Zani, y toda la tropa que lo acompaña (pendiente de juicio en Francia). La apuesta fue millonaria. Qatar necesitaba albergar una gran competición deportiva (cuestión de imagen) antes de acoger el próximo Mundial de Fútbol en 2022, el plato fuerte y otra suerte de premio en el que el país se gastará cerca de 5.500 millones de euros, según fuentes oficiales. Antes se extendió a la FIFA un buen cheque para que decantara la balanza a su favor.

La italiana Giovanna Epis, empujada en silla de ruedas tras el desfallecimiento sufrido en el maratón. (EFE)
La italiana Giovanna Epis, empujada en silla de ruedas tras el desfallecimiento sufrido en el maratón. (EFE)

Sin embargo, y en contra de los deseos qataríes, la inversión les está saliendo cara en todos los aspectos. Desfallecimientos, visitas al hospital (al menos dos contabilizadas) y gradas vacías. Esta es la situación actual. Unos campeonatos de atletismo que están dando que hablar por este tipo de hechos más que por las hazañas deportivas de sus participantes. Se veía venir. La Federación Internacional, que defendió a capa y espada su elección, intentó suavizar la alarma generada improvisando soluciones a la desesperada: primero, retrasar la celebración del mundial a finales de septiembre para ver si llegaba el 'fresquete' (me entra la risa); segundo, eliminar la jornada matutina y trasladar todas las pruebas a la tarde para evitar el calor extremo y, por último, -y al comprobar que estas ideas luminosas no eran aptas- instalar hasta 500 boquillas de aire acondicionado en el interior del estadio para rebajar considerablemente la temperatura a los 25º.

"No podía parar de llorar"

¿El resultado?, pues una diferencia notable en los termómetros -pese a que los deportistas se van adaptando progresivamente a través de una especie de viaje termal por el interior de las instalaciones- que ha obligado a los atletas a cuidarse mucho de no agarrar un constipado que echara por la borda toda la preparación previa. Además, algunos especialistas (longitud y disco, principalmente) solicitaron el apagado de estos motores debido a que el aire afectaba directamente a las condiciones de vuelo. Ver para creer.

Claro que en las calles de la ciudad olvídense de trucos de refrigeración. En el asfalto se está corriendo a las bravas, en un auténtica caldera. El pasado viernes, en la maratón femenina, casi la mitad de las atletas (28) que tomaron la salida (68) tuvieron que abandonar exhaustas. Por suerte, no hubo que lamentar ninguna tragedia, pero fue una prueba innecesariamente dura, de pura supervivencia. La ganadora, la keniata Ruth Chepngetich, registró la peor marca en la historia de unos campeonatos del mundo. Más que una carrera fue una caminata entre cadáveres donde lo importante era llegar antes que las demás y, a poder ser, en buenas condiciones físicas. "Ha sido una falta de respeto para las deportistas. Un puñado de dirigientes se reunieron y decidieron traer aquí los campeonatos, pero ellos están sentados con aire acondicionado y seguro que ahora ya están dormidos", apuntó la bielorrusa Volha Mazuronak. Los límites considerados seguros para correr, entre 28 y 31 grados, se superaron, pero la IAAF decidió seguir adelante. Juzguen ustedes.

El sábado, en los 50km marcha, más de lo mismo: se premió a los atletas que mejor toleraron la visita a la sauna. “Lo que hemos pasado aquí no es comparable a ninguna otra competición”, explicó el español García Bragado. "Nunca me había sentido tan mal ni había experimentado algo así. Nada más llegar, el cuerpo me dolía tanto que me dio un ataque de ansiedad y no podía parar de llorar", añadió Julia Takacs, que necesitó tratamiento en camilla como otras compañeras. La irresponsabilidad de la federación, tremenda.

Coleman, el campeón de los 100 metros, durante la vuelta de honor con el estadio vacío. (EFE)
Coleman, el campeón de los 100 metros, durante la vuelta de honor con el estadio vacío. (EFE)

Un estadio vacío

Otro patinazo destacable de la organización: la asistencia al estadio Khalifa, un reciento preparado para albergar a 46.000 espectadores. A los qataríes les gusta el fútbol, no tanto otros deportes (véase el escaso público para las carreras de MotoGP). Según el diario 'The Guardian' solo se lograron vender 50.000 entradas para diez días. Este fin de semana, en la prueba reina del atletismo, la final de los 100 metros, Christian Coleman se colgó el oro con la sexta mejor marca de toda la historia ante unas 4.000 almas. No es el efecto que provoca la ausencia de Usain Bolt, es lo poco que le interesa el atletismo a una sociedad relativamente oprimida donde, si no procedes de una familia acomodada, la capidad de prosperar es prácticamente nula. Aparte, al público europeo y americano no le seduce el viaje. Cabe recordar que Qatar también tiene un bloqueo diplomático y económico impuesto por Arabia Saudí, Emiratos, Bahrein y Egipto que incluye el cierre de fronteras y el sobrevuelo de su territorio, lo que afecta a sus rutas con el resto de continentes.

Nadie entiende cómo se puede llevar a cabo un evento de estas características en un país como Qatar. No hay forma de defender lo indefendible, por mucho que Xavi Hernández se esfuerce en abrirnos la mente a todos. Vimos el amago de colapso del atleta arubense Jonathan Busby en la primera serie de los 5.000 metros y a nadie le extrañaría que se volviera a dar una imagen tan dramática como aquella en la semana que resta. El mensaje de Sebastian Coe, presidente del atletismo, suena rotundo en materia antidopaje, pero no se puede pretender defender la limpieza de este deporte cuando luego se anteponen los millones del gas qatarí al espectáculo y, sobre todo, a la salud de las personas.

Tribuna
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