La hipocresía de la UEFA y de la FIFA
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Pedro Cifuentes

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La hipocresía de la UEFA y de la FIFA

Los sensatos argumentos contra la Superliga de Florentino Pérez no deben hacer olvidar ni el origen del problema ni la responsabilidad de la UEFA y la FIFA en la hipertrofia del fútbol

Foto: Gianni Infantino y Aleksander Ceferin, antes de un partido en 2018. (REUTERS)
Gianni Infantino y Aleksander Ceferin, antes de un partido en 2018. (REUTERS)

El fallido lanzamiento de la Superliga europea va camino de quedar como un suculento caso de estudio para las escuelas de negocio de todo el mundo, digno de protagonizar cursos del tipo ‘Cómo no destrozar su proyecto después de tres años de duro trabajo’. Si “las formas son muy importantes”, como dijo un “triste” Florentino Pérez en su valerosa entrevista en la Cadena Ser, si “el fútbol debe dar buena imagen, de valores”, el camino jamás puede consistir en el anuncio desafiante de un plan de aplicación inmediata un domingo por la noche, para ser presentado un día después en un programa con las singulares características de ‘El Chiringuito’.

Una vez establecida esta obviedad, sin embargo, un análisis más tranquilo de la montaña rusa obliga a poner en perspectiva la caricaturización del presidente madridista, abandonado a su suerte por el fútbol inglés (y por sus socios españoles, protagonistas de uno de los actos de silencio más pusilánimes de los últimos tiempos). Nadie –ni siquiera sus enemigos– niega el argumento de base del propulsor de la fracasada revolución futbolística: hay que repartir el dinero de otra manera, además de repensar la toma de decisiones. El deporte más popular de Europa se dirige desde la coqueta localidad suiza de Nyon, sede de la UEFA, a 200 kilómetros de la sede de la FIFA (Zúrich). Los clubes (que aportan los jugadores y los estadios) están apurados por la pandemia y los cambios en los hábitos televisivos de las generaciones jóvenes pronostican aprietos futuros. Quieren un mayor trozo de la tarta y más influencia en el diseño del show.

placeholder Florentino Pérez y la plantilla del Real Madrid en su foto oficial. (Foto: realmadrid)
Florentino Pérez y la plantilla del Real Madrid en su foto oficial. (Foto: realmadrid)

Tampoco hay quien se oponga a las celebradas palabras del presidente del Bayern de Múnich, Karl-Heinz Rummenigge, acerca de que la solución no está en más ingresos, sino en la reducción de costes. ¿Pero la reacción de la UEFA y de la FIFA? ¿Esa “agresividad” que tanto irritó a Florentino, con Aleksander Ceferin furioso por la “avaricia” y Gianni Infantino amenazando de expulsión, era tan legítima?

Infantino está siendo investigado actualmente en Suiza por corrupción, como todos sus predecesores. Ceferin no, pero su antecesor en el puesto, Michel Platini, fue expulsado del fútbol por cobros irregulares y pasará a la historia, además de su calidad como jugador, por sus manejos para llevar el Mundial de 2022 a un lugar tan poco idóneo como Catar, trastocando el calendario anual y la dinámica social de esos aficionados que ahora recuperan su hueco en la liturgia oral de Nyon.

Oligarquía y solidaridad

La amenaza latente de la Superliga ha provocado que desde hace 25 años, cada cierto tiempo, la UEFA renueve sus competiciones y baremos de reparto de dinero, favoreciendo sistemáticamente a los clubes ‘grandes’. El ‘Fair Play Financiero’ no existe en la realidad, como demuestra la ridícula sanción de 10 millones de euros al Manchester City hace un año. (Fue el City, precisamente, quien lideró la revuelta de los clubes ingleses contra la Superliga este martes). No existe mayor prueba de hipocresía que lo sucedido este miércoles: la primera medida de Ceferin tras conocerse la implosión de la Superliga ha sido precisamente flexibilizar el 'Fair Play Financiero', medida que beneficia principalmente a PSG, City y Chelsea, los ‘nuevos ricos’, probablemente sus mayores cómplices en esta alocada historia, cuya reputación queda paradójicamente favorecida por la revuelta antielitista.

Foto: Roman Abramovich, dueño del Chelsea. (Reuters)

La UEFA habla de “valores”, “aficionados” y “solidaridad”, pero las cantidades redistribuidas por este último concepto han descendido en términos relativos en la última década y tres de los cuatro semifinalistas de esta Champions (todos, curiosamente, menos el Real Madrid) son clubes sostenidos por opulentos Estados árabes o multimillonarios.

La emancipación del “mérito deportivo” (expresión de la semana) parece haber decrecido también, en paralelo a la reasignación de fondos. La oligarquización del fútbol sobre el césped es evidente: en esta década un equipo ha ganado tres Champions seguidas por primera vez en medio siglo y se ha batido la cifra histórica de los 100 puntos en las Ligas de Inglaterra, Italia y España, además de la consecución de tripletes en varios países y el acostumbramiento generalizado de la afición a temporadas donde la competición está decidida en febrero.

Florentino Pérez recordó varias veces en 'El Larguero' que él no cobra del Madrid, a diferencia de todos estos dirigentes, y les acusó de poner en riesgo el fútbol para no perder sus privilegios. Su discurso no es menos convincente que el de Ceferin, pese al revolcón de abril. El aficionado tiene derecho a hablar de “traición” al fútbol por la organización de una Superliga secesionista (como estuvo ya a punto de ocurrir hace 22 años); pero la UEFA y la FIFA han perdido gran parte del suyo. Los cambios recientes del fútbol, las competiciones inútiles y aburridas para hacer caja, la acumulación de partidos que desgasta jugadores y reduce el espectáculo, la corrupción y el despilfarro de los grandes clubes y de ellos mismos… Esa ha sido la verdadera traición al fútbol, cuyos máximos exponentes hiperventilan ahora por el virus y la crisis. Florentino Pérez ha sufrido quizá el ridículo de su vida, pero muchos de los que se le han tirado encima (además de los aliados que callaron) saben que sus argumentos de fondo no están desencaminados.

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