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Comandantes y delfines
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Juan José Cercadillo

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Comandantes y delfines

Colas interminables, controles exhaustivos y precios desorbitados marcan la experiencia de asistir al esperado evento deportivo estadounidense en Madrid, donde el espectáculo supera cualquier expectativa del público local

Foto: NFL en España.
NFL en España.

Me propusieron acudir a un encuentro entre comandantes y delfines. Pensé en algún barco grande surcando el Mediterráneo bellamente acompañado por esos simpáticos mamíferos, que además de moverse como peces en el agua, presumen de sus sonrisas y, en su aspiración vital, de aletas de peces más fieros a los que les gustaría imitar. Dije que sí, como a todo. Que no tuve yo adolescencia que me permitiera negar por el resto de mis días propuesta de vida social en la que contaran conmigo, sobre todo si el acceso resulta subvencionado.

Después procedí al googleo. Y los delfines eran Dolphins y los comandantes Commanders. El agua se convirtió en hierba y el encuentro en un partido. Las olas plateadas del Mediterráneo en bandas de aluminio de un Estadio que ya es solo Bernabéu. Aunque me importara un pimiento acepté ver ese futbol importado, impostado y violento. Un partido de otra Liga, un deporte de otros lares, un espectáculo distinto, un evento publicitario en sí mismo.

Llegaba con la ilusión y con el lomo escamado, que a pesar de ser yo también mamífero y marino, ya me olía la tostada. Veinte minutos de espera en la puerta de mi casa hasta que llegó mi Uber, y treinta euritos de marras. Nunca entenderé las tarifas que hasta esos precios escalan, supongo que ya sabrían que yo ya tenía mi entrada y que ya estaba cautivo, y que quién es el guapo que aparca. Camino, Serrano abajo, se colapsan los accesos y trasteo con el móvil para evitarme el enfado. Me dejan en una esquina, tan lejos como mi casa, y comienza mi paseo.

Veo al fondo, en Concha Espina, una tanqueta, seis furgonetas, diez cachas. El séptimo de caballería, grupos de Geos, la Ertzaintza. Perros que no andan de broma, drones sobre las cabezas, cámaras de vigilancia. "Que no es un partido, es la guerra" pensaba bajando la marcha y echando de menos un chaleco que me parara las balas. Y topo con la marabunta de camisetas extrañas, disfraces de animalillos y mascaradas baratas. Vallas que hacen de embudo ralentizan y concentran, reordenan y organizan a tanto pardillo de feria, deslumbrado por los brillos de una bandera de estrellas.

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Cuando me quise dar cuenta era el último de miles que apostados y serviles formábamos una enorme cola. Resulta que a los de la CIA y a los de la NFL les pareció de maravilla acordonar al estadio y obligarnos a pasar a todos los paganinis por dos puertas esquineras. La fila llegaba a Murcia. Lo sé porque no entendía a la mitad de los ilusos que, como yo, pretendían llegar al himno y discursos.

Gente de todos los colores, de pieles y de chaquetas. Gente de varios idiomas, culturas o fe y señas. Todos en fila apostados, apostábamos al tiempo que ninguno llegaría a ver siquiera el intermedio con lo que habíamos pagado. En un alarde de miedo similar al 12-S los yanquis habían dispuesto dispositivos electrónicos de detectar alfileres. Todos pasamos sumisos por esos arcos del triunfo. Del triunfo de la tecnología y del poder de la venganza que hace de este mundo cada día, uno de menos esperanza y más miedo.

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Casi hora y media después, lo confieso me colé, pasamos los detectores, el experto manoseo de hasta ropas interiores y el escáner digital, por los dedos, que le hicieron a mi espalda, a mis gemelos, a mi nuca. "Es por su seguridad" le decían a un pobre viejo que, con la mochila en la mano, tenía abandonar la cola y partir hacia otro extremo a dejar ese paquete que contenía su casco que amenazaba con ese logo de Joma tan desgastado la desestabilización de la OTAN por intento de atentado. Si volvió a hacer la cola llegaría, es un cálculo, a la mitad de la prórroga.

Entré por fin al Estadio que solo conocía en obras. Muy brillante y apañado. Subí y bajé escaleras para acceder a los baños. Llegué a mi localidad ocupada sin contrato por una abuela y su nieto que me miraron de lado. "Señora… que tenga usted buena tarde." Reconsideré y reculé sobre ejercer mis derechos y decidí hacer algún tiempo yendo a por una cerveza. Pero antes me aseguré con una esbelta azafata de que el capitalismo triunfó y las cervezas que se venden sí que contienen alcohol.

Llegué dos pisos más arriba a una diminuta barra que anunciaba "beer and chips" con colores fascinantes. Los números que acompañaban la excelsa cartelería pensé que eran en pesetas. "Estos servicios secretos que no se enteran de nada", pensé mientras me dirigía al origen de la cola que dos fornidos neoyorquinos amable y contundentemente me indicaron en un lenguaje de signos elocuente y estridente, valga por hoy el eufemismo.

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La cola que se alejaba de mi pretendido kiosquillo al rato me pareció una broma. Volví a preguntar de nuevo y un Colón, hoy colono, como en venganza, me señalaba con su dedo la dirección adecuada. Me pareció ser el último y miré el reloj, en un reflejo. Treinta y ocho minutos más tarde me preguntó la chiquilla que si cash o si tarjeta. Se me saltaron las lágrimas. Por la emoción del momento, por lo duro de la conquista y por comprobar que los precios lejos estar en pesetas estaban en perfectos euros. Omito el importe de la cuenta por ahorrarme más dolores y porque por ahorrar más esperas me pedí cuatro cervezas cuadruplicándoseme el fraude.

Volví ufano y bebido al escaño fila nueve donde seguía mi ocupa. Envalentonado y decidido le pedí que me excusara y que se fuera a su sitio. Pobre mujer, qué cara. Sin rastro de jugadores por ese césped pintado emergió en un andamio un Batman de pacotilla que con la voz engolada dijo algo de unos perros, unas perras y otras filias. El nieto de la desalojada me explica que es Daddy Yankee. Literalmente papito colonizador de las américas. Entendí mejor el repertorio sin entender absolutamente nada de sus letras. Le siguió Bizarrap que gusta de poner su nombre suprimiendo algunas letras. Concretamente las vocales. Hizo lo mismo con las que supuestamente acompañan a sus cuerdas.

Por fin se retoma el partido y esa estrambótica danza de señores bien fornidos con gran casco y exigua malla. Y digo danza porque si no ves el balón no es jugada, es coreografía. Y atestigua mi percepción el hecho de que paran constantemente para buscar la pelota que, perdida entre la gente, parece que es imprescindible para que retomen la danza.

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La siguiente hora y media resultó repetitiva. Gente feliz de salir en las pantallas, músicas a todo trapo, un tipo vestido de arlequín -me enteré que era uno de los catorce árbitros- dirigiéndose a la grada. Unas chicas muy rumbosas poron-pompón en la mano a las que nadie les ha dicho que no nos gusta que a los toros se pongan la minifalda. Todo muy queer y muy mono, muy corto y muy maquilladas.

Hasta aquí todo perfecto, creo que ganaron los delfines. El problema vino luego. Sigo sentado en un banco mientras les escribo esto,[1] esperando el cósmico acontecimiento de algún taxi no ocupado. Y que viva el rugby, por cierto.

Me propusieron acudir a un encuentro entre comandantes y delfines. Pensé en algún barco grande surcando el Mediterráneo bellamente acompañado por esos simpáticos mamíferos, que además de moverse como peces en el agua, presumen de sus sonrisas y, en su aspiración vital, de aletas de peces más fieros a los que les gustaría imitar. Dije que sí, como a todo. Que no tuve yo adolescencia que me permitiera negar por el resto de mis días propuesta de vida social en la que contaran conmigo, sobre todo si el acceso resulta subvencionado.

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