Pequeña historia pérfida de los móviles en España

Cuando empezaron a popularizarse las telecomunicaciones móviles, a mediados de los años noventa del siglo pasado, las licencias iniciales se otorgaron porque sí al monopolio, que

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    Cuando empezaron a popularizarse las telecomunicaciones móviles, a mediados de los años noventa del siglo pasado, las licencias iniciales se otorgaron porque sí al monopolio, que para eso lo era. Para luego privatizar ese privilegio y el resto de los que disfrutaba. La segunda se adjudicó, cuando la primera había afianzado su red móvil analógica, por si las moscas, mediante un concurso restringido a unos pocos amiguetes, que se llevó un grupo de nombre Airtel. La tercera, más tarde, a otro grupo afín, de nombre Amena, cuando las otras dos ya llevaban varios palmos de ventaja. Hubo una cuarta, tiempo después, que partió con la pata quebrada. Por fin llegaron los operadores virtuales cuando el mercado se había afianzado.

    Un caso de auténtica coherencia ideológica y política por parte de los apóstoles del libre mercado según cómo, para quien y de qué manera.

    Una competencia limitada

    Fue una manera de libro de “fomentar” la competencia con el bolsillo de todos. En sectores intensivos de capital el factor tiempo es clave para conseguirlo. Porque la caja y la situación de mercado que logran los primeros es muy difícil de alcanzar después, con lo que los últimos parten con desventaja. En un mercado fabuloso como el de las comunicaciones móviles, tres jugadores, y hasta cuatro, se pueden acoplar bien.

    Como consecuencia de ello, los precios de los móviles en España se convirtieron, lo siguen siendo, de los más elevados de Europa. Y el servicio, deficiente. Para que se iban a molestar en hacer bien las cosas tales compañías si todo el pescado estaba forzosamente vendido de antemano y los capos políticos a sueldo (de oro) siempre al quite de los privilegios.

    Al mismo tiempo, las tres primeras compañías construyeron redes diferentes que abrevaban en la teta patria con armonía y sin demasiada competencia constatada entre ellas.

    Como la gente se acabó cabreando, ya estaba bien de tomar a los ciudadanos por idiotas, el gobierno permitió por fin la existencia de los operadores virtuales. Los cuales, al haber comenzado cuando los tres mosqueteros y medio ya habían consolidado sus redes y de paso forrado, partían, y continúan, en inferioridad de condiciones.

    A pesar de todo, fue cuando llegaron estos últimos cuando se consiguió otear cierto atisbo de competencia. Compañías las cuales tienen que pagar onerosos derechos de pernada y sufren restricciones, debido a la necesidad de utilizar las redes existentes, por la imposibilidad de crear las propias a estas alturas: las economías de escala se las habían engullido los primeros con el dinero de los ciudadanos. Con todo, los precios siguen siendo demasiado elevados debido a los caros peajes que están obligados a pagar por la falta de competencia real entre redes.

    Tres modelos de negocio

    En Europa hay tres modelos básicos de negocio para gestionar oligopolios, como el de los móviles, antiguos servicios:

    El modelo anglosajón donde se fomenta la libre competencia, dentro de posible, y garantiza un juego más o menos justo por parte de las todopoderosas compañías gracias a reguladores independientes y eficaces, más o menos.

    El modelo francés, donde el estado tiene sus campeones de propiedad pública, la libre competencia es un paripé aceptado por todos. Donde a pesar de ello los precios son razonables debido a que las economías de escala de la empresa dominante son trasladadas al ciudadano y con todo los beneficios son cuantiosos. Y aunque tales compañías estatales son también un pesebre de incompetentes, al menos los beneficios que quedan revierten en los ciudadanos. Allí es norma el dicho: roba pero poquito; a cambio trabaja y cumple. El sistema funciona razonablemente bien, no pregunten por qué.

    El modelo español, denominado mediopensionista, porque deja las cosas a medias, para variar, en perjuicio de la sociedad. Que aglutina lo peor de los dos modelos anteriores sin ninguna ventaja a cambio: compañías privadas mediocremente gestionadas que, a pesar de ello, ganan dinero a espuertas; que suelen abusar debido a unos reguladores falaces y donde la competencia es testimonial. El resultado es que el servicio es más caro y deficiente que con los otros dos modelos, se privatizan los beneficios, los precios acaban siendo más elevados y los usuarios, que no clientes, cabreados.

    Y Rajoy llegó al poder

    El sector de las telecomunicaciones es uno de los que acapara mayores quejas por parte de los usuarios. El otro son los bancos.

    Sería obligación del nuevo gobierno acabar con este paripé de mercado libre, con los privilegios de tales compañías, racionalizando tal podredumbre. Instaurando un modelo u otro olvidándose de términos medios fangosos, para comenzar a fomentar la eficiencia económica de España como nación y empezar a construir un futuro productivo.

    Constataremos que es así cuando los precios del servicio se sitúen por fin por debajo de la media europea, a igual calidad, de una santa vez. No olvidemos que los sueldos aquí son también inferiores, lo cual se debería notar en los costes y repercutir en los precios, si se establece una competencia razonable, a igualdad de márgenes, con sus pares europeos. Y si no lo nota el ciudadano el motivo tiene un nombre, a elegir: incompetencia del Estado en su regulación, competencia escasa, mala gestión por parte de las empresas o beneficios excesivos injustamente ganados gracias a un activo público como es el espectro radioeléctrico.

    Cuando los operadores se profesionalicen

    Cuando las compañías telefónicas se profesionalicen los clientes dejarán de cambiar compulsivamente de operador, la queja principal de estos benditos, posibilidad que les encantaría poder limitar. Debido a casos como el ayer narrado, cuyo abonado (que no cliente) probablemente acabará abandonando sus fauces, aunque solo sea por despecho hacia una compañía indecente que practica malas artes, incapaz de retener a los míseros usuarios mediante un hacer digno. Sus responsables deberán ganarse el abultado sueldo algún día.

    Epílogo.

    1. Varios lectores dieron cumplida respuesta en el foro a la pregunta propuesta en el artículo anterior. Señores reguladores, ¿vamos a seguir disfrutando de indolencia remunerada o vamos a ganarnos el puesto de una vez actuando de oficio? No será por falta de pistas.

    2. Los grupos adjudicatarios dos y tres acabaron vendiendo a precio de oro los chiringuitos, para variar, siendo adquiridos por multinacionales que mantuvieron sus malas prácticas: había que amortizar como fuera el cotarro adquirido. La nómina de rasputines del primero continúa siendo principesca. Otro capítulo más del pelotazo patrio de nunca acabar, esta vez con regios salpicones.

    Apuntes de Enerconomía
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