¿Solo once muertos?

El Costa Concordia ha zozobrado y solo ha habido once muertos, de momento. Podrían haber sido muchos más. Hechos de los que de momento creemos que podemos

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    El Costa Concordia ha zozobrado y solo ha habido once muertos, de momento. Podrían haber sido muchos más. Hechos de los que de momento creemos que podemos valernos:

    El buque navegaba por donde no debía. Parece ser que se desvió de su ruta para homenajear al maître acercándose peligrosamente a las costas de la isla de Giglio, su tierra natal, exhibiendo pitos y faralaes. Que el capitán argumentara que había una piedra o escollo no señalizado en las cartas no le exime de semejante imprudencia. Habrá que comprobar de todas maneras tal hecho.

    Parece ser que ese tipo de maniobras es una práctica habitual al menos en esa compañía. Lo cual indica que por encima del capitán, el departamento de inspección, de seguridad de la naviera, o cómo demonios se denomine, no ha sido lo suficientemente diligente ante tales ligerezas dando instrucciones taxativas de no acercar imprudentemente ningún buque a la costa, más si es rocosa, salirse de su rumbo salvo fuerza mayor, o realizar ninguna gracieta con el barco poniéndolo en grave peligro. Parece no solo que la compañía toleraba, sino que fomentaba tales actitudes. Desconociendo el dicho español entre marinos que dice: una milla por la mujer y otra por los hijos, por si acaso.

    Los buenos profesionales no actúan con imprudencia. El mostrenco varado tiene más eslora que altura cualquiera de los cuatro novísimos pirulís de Madrid llamados rascacielos. Y casi como dos Torres Picasso, una a continuación de la otra. Es de una complejidad infinitamente mayor que cualquier edificio existente a pesar de estar diseñado y construido por equipos de personas normales sin ninguna estrella fulgurante, ni siquiera fugaz, entre sus miembros.

    El capitán abandonó de manera cobarde el barco. Lo cual indica la catadura moral y profesional del buen señor. La compañía armadora pretende zafarse de su responsabilidad diciendo que fue él exclusivamente el que cometió los errores.

    Sin embargo, ella misma deberá ser juzgada y amonestada por lo siguiente: 1) ¿Cómo no fue capaz de prohibir las prácticas contrarias a la seguridad del buque por parte de él y otros, parece que no es la primera vez? 2) ¿Realizan habitualmente las mismos maniobras “artísticas” el resto de capitanes de la flota de Costa Cruceros y compañías hermanas del grupo Carnival?

    Por último, dicen que se tardó más de una hora de dar el aviso de socorro. ¿Por qué?

    Solo ha habido once muertos. Un asunto recurrente entre profesionales del sector naval es averiguar el tamaño máximo razonable de un crucero, no desde el punto de vista técnico, sino de la capacidad de personas que se pueden evacuar en un breve lapso de tiempo, siempre en condiciones críticas, sin que se produzca una catástrofe. Más de uno ha dado la voz de alarma afirmando que el tamaño ya ha sido excedido con los sistemas actuales. Es una buena oportunidad para reavivar el debate.

    El que haya habido solo once muertos y unas pocas decenas de heridos indica que, aunque pudo haber pánicos parciales, caos e indignación no se produjo un pánico generalizado. Porque habría habido centenares de ahogados y de fallecidos a causa de los pisoteos, al ser aplastados por trombas humanas o a causa de la asfixia. Y nada de eso hubo. Lo cual indica que la tripulación, a pesar de su capitán y de las críticas recibidas, no hizo un mal trabajo, salvo excepciones y el tiempo que necesitaron.

    La tecnología y oficio que exige la mar no tiene nada que ver con la un edificio tipo mecano o un estadio de fútbol galáctico y futurista. Los barcos balancean, escoran y alguno que otro se hunde. Es lo que tiene la mar. Que enseña rápidamente las vergüenzas del arrogante y del que se equivoca. No se le puede engañar.

    Castiga artimañas, se ríe de los estudios científicos sesudos y se troncha con las matemáticas creativas, para justificar los dogmas del lobby, como ocurre en economía y otras llamadas ciencias. La ley de la gravedad funciona para todos por igual y los diplomas no sirven para nada si no vienen acompañados de real capacitación, de conocimientos, arrojo y sangre fría.

    El estudio del comportamiento de multitudes es una disciplina que se tiene muy en cuenta a la hora de realizar los procedimientos de evacuación de un buque de estas características. La psicología juega un papel fundamental en ellos. La información que se transmite y los comunicados tienen que ser muy prudentes, estar muy estudiados, para no provocar el pánico. Aunque a veces no sean del todo exactos y enojen al respetable.

    Diga usted que el barco se va a hundir, aunque sea verdad, y espere a ver lo que ocurre. Evacuar casi cinco mil personas a trompicones, con el barco escorado y en condiciones penosas como las que se padecieron, no es tarea fácil. A pesar de todo ha habido solo once muertos de momento.

    Además del próximo inquilino pensionado en las penitenciarías italianas, todo barco de ese porte tiene por lo menos tres o cuatro oficiales más con la misma titulación y capacitación (en este caso bastante más que él) que el capitán. Aunque no asomen los galones ni aparezcan por las cenas de gala. Alguien tiene que trabajar y manejar el tinglado mientras el titular sorbe langostas y esnifa caviar embutido en su uniforme marcial y sus galones entorchados.

    Tales gentes, estoy convencido, mantuvieron el mando. Aunque nadie los viese. Porque su labor no es figurar, ni deslumbrar con su marcialidad, como en las películas. Su deber era coordinar y asegurarse de que el resto de la tripulación hiciese bien su trabajo. No era momento de lucimientos personales para impresionar a la novia. Si no lo hubiesen hecho así, los muertos habrían sido legión.

    Hay muchas preguntas por contestar. Estamos en el siglo XXI. Con la tecnología actual, hay cosas que a estas alturas no deberían haber sucedido.

    ¿Por qué zozobró el barco? ¿Por qué falló la electricidad y que alcance tuvo tal incidente? ¿Rompió el doble casco y se inundó inmediatamente toda o parte de la cámara de máquinas? ¿Fueron adecuadas las maniobras que hizo el buque antes de embarrancar? ¿Zozobró a causa de la formidable colisión inicial, pedrusco incluido o por los daños, todavía desconocidos, causados al varar? ¿Se pudo haber salvado el Costa Concordia si no lo hubiese hecho? ¿Era inevitable hacerlo?

    La mar es patrimonio del humilde. Es capaz de humillar cualquier soberbia tecnológica cuando se lo proponga y de pisotear la inconsciencia en cuanto asoma sus garras.

    Continuará esta saga según vayamos obteniendo información fiable, algo más que rumores o noticias sensacionalistas, ya que en asuntos de mayores el papel no lo aguanta todo.

    Apuntes de Enerconomía
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