La nueva economía que devolverá el lustre a este planeta

El otro día proponíamos un sistema, imperfecto, que reduciría las emisiones, aliviaría la contaminación, detendría la pérdida de biodiversidad, contendría la perfidia humana y, sobre todo,

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    El otro día proponíamos un sistema, imperfecto, que reduciría las emisiones, aliviaría la contaminación, detendría la pérdida de biodiversidad, contendría la perfidia humana y, sobre todo, la sofisticada y posmoderna ignorancia global dominante. Un sistema que adecentará este apaleado planeta, cada vez menos azul y más fétido.

    Se conseguirá informando al consumidor, haciéndole responsable de sus actos, convirtiéndole en adulto. Obligando a emitir un DNI homogéneo y veraz de aplicación universal para cada producto y servicio: instituyendo la trazabilidad obligatoria y dando adecuada publicidad a la energía consumida, la contaminación provocada o los recursos necesitados, sean renovables o finitos, o sin serlo (a escala humana).

    Desechando prácticas perniciosas para el planeta y para nosotros mismos. Cuando desmitifiquemos la tecnología, a propuesta de Montaigne, y comencemos a respetar la naturaleza, para evitar que Darwin y Wallace nos apliquen la cláusula de rencor plasmada en el contrato de la evolución.

    Proponiendo con arreos tales, para comenzar, un sistema fiscal que sustituya al actual capaz de proteger al mundo de nuestros excesos. Fomentando prácticas en verdad sostenibles, el consumo ciertamente responsable, el conocimiento veraz y no mendaz, restaurando la sensibilidad, la belleza y la equidad.

    Un sistema que optimizaría el transporte…

    Un sistema tal fomentaría la eficiencia energética al penalizar transportes innecesarios y costosas infraestructuras redundantes. Si se analizan los flujos de productos intermedios o semielaborados muchas manipulaciones absurdas desde el punto de vista logístico (que no económico a causa del dumping rampante o la incompleta imputación de costes actual) se podrían evitar.

    Primaría la proximidad, evitando el cierre de industrias a causa de sueldos miserables o debido a actuaciones desaprensivas de muchos mal llamados empresarios. Las deslocalizaciones canallas desaparecerían. Asia dejaría de ser la fábrica casi exclusiva del mundo. Las industrias de productos voluminosos o de reducido valor añadido (según los mezquinos convenios actuales) retornarían a Europa, soportando sueldos dignos.

    Los transportes desde los lugares más lejanos solo compensarían para metales, materias primas o productos de muy alto valor, de lujo, sofisticados o de pequeño tamaño, como siempre fue desde que fenicios y tartesios inauguraron el comercio con Iberia.

    Ya no tendría sentido económico alguno traer kiwis desde Nueva Zelanda, exportar masivamente atún rojo por avión a Japón, desde España, o masacrar ballenas de manera científica, suponiendo que mañana todavía navegue por los menguantes océanos alguno de tales privilegios.

    …mejoraría la alimentación, la salud y el justo lance…

    Impulsaría la huerta cercana y de temporada, la agricultura tradicional, intensiva a la vez que respetuosa, en contraposición a los contaminantes y derrochadores cultivos extensivos mecanizados. Recordemos que la revolución verde que nos alimenta es en realidad tan negra como el carbón, el petróleo o el futuro que tiene.

    El trabajo selectivo en el campo aumentará de nuevo restaurando el sabor a fresas y tomates. Pueblos y aldeas hoy abandonados se repoblarán. Se volverá a la agricultura decente y eficiente desde el punto de vista natural.

    Tal sistema penalizaría la degradante y muy contaminante comida basura. Privilegiaría la cocina de mercado y de temporada, como nuestra fabulosa dieta mediterránea, en vez de los altamente entrópicos precocinados llenos de insanas calorías: grasas obscenas, azúcares excesivos y otras sustancias inquietantes perjudiciales para la salud.

    Fomentaría, pues, mejores prácticas alimenticias al convertir en antieconómicas las artificiosidades menos saludables. Al mejorar la calidad de la alimentación aligerándola de energía inútilmente desperdiciada el número de personas obesas y, sobre todo, de niños, disminuiría, reduciéndose el coste sanitario.

    Fomentará la utilización de materiales renovables y reutilizables, penalizando usos inútiles o absurdos; o a las explotaciones mineras destructoras de la naturaleza que conculcaran derechos humanos fundamentales.

    El fabricante o proveedor de servicios tendrá incentivo para hacer las cosas respetando el entorno. No se deberá preocupar de la competencia desleal si se aplicase el sistema con lealtad, sin presiones políticas o pedradas mentales paletas, es decir, nacionalistas, ideológicas, fundamentalistas o supuestamente científicas.

    …y las ciudades se volverían más humanas y agradables…

    Habitaríamos ciudades sin problemas respiratorios, limpias, agradables, cómodas y accesibles, repletas de belleza auténtica y de arte otra vez esforzado y de nuevo sublime.

    Una vez hayamos declarado, de paso, la guerra a sucias losetas agrietadas, el hormigón a tutiplén; compadecido a las tristes y aisladas jardineras de desoladas plazas degradantes de la convivencia, las rotondas miserables rodeadas de tubos de escape que ahogan a aislados olivos centenarios; derogado de una vez el simplismo urbanístico y arquitectónico estelar, por denominar de alguna manera la fealdad y el caos desverdado propio de nuevos ricos arruinados, sin ningún poso de sensibilidad que atempere tales vulgaridades hoy denominadas de diseño.

    …en definitiva

    Se alumbraría, por fin, una economía que permitiera mejorar la calidad de la alimentación, la longevidad y salud de las gentes, que optimizara las necesidades de transporte o limpiara el aire de las ciudades.

    Que incrementará el empleo al obligar a ofrecer productos y servicios de calidad real y no supuesta, más diversos y personalizados, utilizando menos máquinas productoras de homogeneidad y fomentadoras de la uniformidad.

    La industria del conocimiento se expandiría: para implantar un sistema tal son necesarios medios abundantes, muchas más personas que aparatos, neuronas en vez de gasolina.

    Se reduciría el coste de muchos productos y servicios una vez se calculen sus costes con rigor, adecuándose los sistemas contables a la modernidad emanada de la naturaleza y la razón, de la inteligencia y la sensatez, desterrando el dumping humano y medioambiental. Aumentarán los de aquellos que más daño ocasionen.

    El consumidor, por fin, estará en disposición de adquirir lo más conveniente, o lo menos perjudicial, para todos.

    Y como consecuencia de todo ello, fomentando la eficiencia energética a la vez que prácticas más sanas, se atenuaría la velocidad de cambio del cambio climático, el calentamiento global, supuesto o real, las emisiones, la basura, la vileza sin premeditar y, sobre todo, la premeditada.

    Podríamos seguir con esta filípica utópica de manera indefinida. ¿Inconvenientes? Al menos uno: es necesario pensar y querer innovar algo más que de boquilla.

    Apuntes de Enerconomía
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