El premio nobel 2013 que denunció la corrupción científica

Randy Schekman, Premio Nobel de Medicina 2013, ha dejado escrito en The Guardian que ya no publicará en las revistas científicas más prestigiosas como Nature, Science o Cell, declarando el boicot hacia ellas

Randy Schekman, Premio Nobel de Medicina 2013, ha dejado escrito en The Guardian que ya no publicará en las revistas científicas más prestigiosas como Nature, Science o Cell, declarando el boicot hacia ellas, a causa del daño están causando a la investigación y sus resultados.

Considera que los incentivos promovidos por tales publicaciones corrompen la ciencia, de la misma manera que los bonus distorsionan la salud y la ética de la banca, y el bolsillo de los ciudadanos. Cosa que seguimos constatando al igual que padecemos la mal llamada ciencia económica por causas similares. Parece que el submundo nobelado se anima por fin. No los que deberían, de esos es difícil esperar nada: se les derrumbaría el tinglado.

Extractando sus declaraciones y aliñándolas con vinagre de cosecha propia, afirma el flamante premio nobel que tales publicaciones de lujo se supone que son un epítome de calidad que sólo fomenta la mejor investigación. Desgraciadamente, a la vez que publican artículos sobresalientes dan cancha y voz a otros que no lo son tanto, por no decir nada.

Afirma que tales revistas cuidan sobre todo su marca, provocando mayores ventas por suscripciones, en vez de estimular la investigación más importante. Igual que los diseñadores de moda crean ediciones limitadas de bolsos o vestidos, ellos restringen el número de borradores que aceptan. Comercializan tal escasez mediante el denominado 'factor de impacto', el número de veces que un artículo es citado en investigaciones subsecuentes.

La teoría dice que los mejores artículos serán citados más veces, elevándolos en el escalafón científico. Tal práctica se ha convertido en un fin en sí mismo pervirtiendo el sistema, al convertir la ciencia en mercancía al peso, similar a la degenerada cultura del bonus en la banca, la cual nos sigue arruinando.

El factor de impacto no dice nada acerca de la calidad de una investigación, tan sólo que ha sido útil para alguien al incluir su mención. Un artículo puede ser masivamente citado a causa de su calidad sobresaliente, a causa de su vacua espectacularidad, por estar pensado para provocar o, sencillamente, porque es falso y los investigadores honrados se hacen eco de ello ya que tienen obligación de citar la impostura hasta la saciedad.

Las publicaciones científicas de lujo aceptan artículos que serán mediáticos o que tendrán amplia repercusión porque exploran conceptos sexis (sic) o provocan desafíos que no son necesariamente científicos para poder vender más. Esto provoca graves trastornos a los científicos honrados, la ciencia que desarrollan, que tiene que amoldarse a sus maldades para no quedarse fuera del pervertido sistema ensalzador de supuestos méritos.

Fomenta burbujas en los campos científicos de moda para que algunos investigadores se puedan lucir de manera espectacular y mediática, mientras desincentivan trabajos importantes, como los destinados a la validación o réplica que a menudo son farragosos, aburridos, pero por ello no sólo necesarios, sino cruciales para la buena marcha de la ciencia.

De eso saben mucho las revistas económicas, que no contienen nada que se le parezca, lo cual permite apuntalar la Inquisición Neoclásica que sigue espoleando un crecimiento económico sin fin imposible, contaminante, exponencial, con fecha de caducidad.  

En casos extremos el señuelo de las revistas de lujo puede incentivar involuntariamente la denuncia, contribuyendo a retirar artículos considerados benevolentemente imperfectos, incorrectos o fraudulentos. Cosas que en economía teórica no ocurren al no existir la menor crítica ni fomentar la validación de ninguna hipótesis por equipos terceros independientes, despreciando el método científico.

Se ha retractado recientemente la revista Science de artículos acerca de embriones humanos, genética y otros. No lo ha hecho, según él, a pesar de las abrumadoras críticas recibidas cuando se afirma que un microbio es capaz de utilizar arsénico en su ADN en vez de fósforo. ¿Cuándo se atreverán a hacerlo las más prestigiosas revistas económicas?

Es inaceptable, por otra parte, que investigaciones financiadas mediante fondos públicos no puedan ser accesibles por terceros más que pagando sangrantes suscripciones que mantienen un negocio inmoral. Es este un debate que lleva largo tiempo celebrándose en el mundo anglosajón. Aquí no hay nada de eso. Así continúa nuestra mediocre universidad, asolada con cada vez peores profesores de papel que han conseguido plaza mediante corrompidos currículos.

Podría tomar buena nota la Unión Europea y obligar a que todo programa científico financiado mediante fondos públicos se publique obligatoriamente en revistas gratuitas, para que el ciudadano y sus instituciones no se vean obligados a pagar dos veces por el mismo concepto.

El premio nobel asegura que hay métodos mejores y más baratos, a través de las revistas de acceso libre que todo el mundo puede leer, sin onerosas suscripciones por medio. A través de la web se pueden aceptar aportaciones que cumplan los criterios de calidad sin constreñimientos artificiales. Ya hay muchas que son editadas por los propios científicos, que están en disposición de valorar los trabajos sin la tiranía de las citas y su difusión.

Él mismo predica con el ejemplo al editar la revista eLife, fundada por prestigiosas instituciones como la Sociedad Max Planck, el Howard Hughes Medical Institute o el Welcome Trust, que publica ciencia de la mayor calidad semana tras semana.

Fundaciones y universidades también tienen un papel que jugar, añade, evitando otorgar plazas o programas de artículos provenientes de aquellos lugares donde tales instituciones son publicitadas, por aquello del qué dirán.

Llama nuestro protagonista a los investigadores a plantarse, como lo ha hecho él. Reconoce que también ha publicado en tales revistas de lujo, incluidos los artículos que le han proporcionado el Premio Nobel. Hasta ahora. Está recomendando a los miembros de su laboratorio e investigadores que le quieran escuchar que dejen de hacerlo.

De la misma manera, hay que desincentivar o prohibir la catastrófica cultura del bonus en vigor en Wall Street y en otros lugares igualmente quebrados, ya que fomenta la asunción de riesgos que, siendo racionales para el beneficiario de tales estipendios que no asume ningún riesgo al tomarlos, son letales para el hollinado y podrido sistema financiero mundial.

La ciencia se debe liberar de la tiranía de las revistas científicas de lujo, concluye. El resultado será una investigación más sana que servirá mejor a la ciencia y a la sociedad con ella.

Y, si esto ocurre con la ciencia de verdad, ¿qué pasa con las ciencias acienciadas y las ideologías disfrazadas de ciencia?

En historia lo estamos viendo estos días. Historiadores rigurosos conviven con integristas excluyentes, aunque no en el mismo simposio, donde el rigor ha sido marginado. A veces es difícil identificarlos. Afortunadamente, ellos mismos se ponen en evidencia de vez en cuando.

El reciente acto supuestamente científico celebrado en Barcelona ha pretendido fomentar presuntamente la intransigencia y el odio visceral al vecino mediante argumentos hilarantes por no decir rocambolescos y denigrantes hacia sus propios autores. Les ha salido el tiro por la culata al ridiculizarse los propios ponentes, pues el evento ha quedado reducido a triste sainete a cargo de presuntos ideólogos de la historia inventada más cerril y pueril.

Desprestigiándose para siempre en ambientes académicos, ilustrados y racionales que, evidentemente, no incluyen la propia yeguada ignorante y fanática que no ha dejado de aplaudir con las orejas mientras rebuznaba su alborozo a los cuatro puntos cardinales y al ombligo totalitario propio.

Si esto le ocurre a la historia falaz presunta, insultante y torticera, cuesta poco imaginarse el grado de perversión de la ciencia impostada, la economía mainstream. Hoy no toca dar la tabarra. Total, no va a servir para nada. No se prevé ningún atisbo de autocrítica en ella. No se atisba ningún economista nobelado que luzca remordimiento como el que ha protagonizado el aclamado Randy Schekman.

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