Brújula para los despistados de Davos

Un año más, los despistados de Davos disfrutan de unas buenas vacaciones invernales sobradamente merecidas, faltaría más, para arreglar el mundo.

Un año más, los despistados de Davos disfrutan de unas buenas vacaciones invernales sobradamente merecidas, faltaría más, camufladas en reminiscencias literarias justamente ‘nobeladas’.

Regresan todos al legendario cónclave para arreglar el mundo, entre trago y tajada, al calor del bucólico lugar antaño cobijo de tuberculosos, nó solo literarios. ¿Habrán asimilado nada novedoso durante el último año? ¿Cambiarán por fin de tercio y de discurso? ¿Resolverán algo? ¿Les interesa hacerlo?

Davos ha vuelto a hospedar las más grandiosas y soberbias mentes políticas, mediáticas, empresariales, millonarias, supuestamente intelectuales algunas, esas que rigen este mundo tan certeramente guiado. La crème de la crème con cada día más nata cortada con pobreza, desigualdad, CO2, hipocresía y recortes vuelve a debatir, compungida, acerca de tanto descalabro. No por su causa, evidentemente. Inocentes angelitos, ellos sólo están ahí para arreglarlo.

Pían sus remordimientos en la nevada Montaña Mágica los más piadosos cerebros no sólo económicos, entre un purgatorio de fondues y gin tonics, postrándose de nuevo ante los gurús injustamente nobelados y otras alimañas mediáticas con el fin de expiar culpas y arreglar este mundo tan malparado por su causa.

Aprovecharán el aparatoso dispendio para repetir los caducos ‘mantras’ de siempre mientras hacen sonar a destajo la caja registradora. Charlatanes unos con sueldo devengado a crédito. Otros pagarán con satisfacción las proclamas, el sublime espectáculo purificador que cargarán a cuenta de la deuda creciente de sus clientes o administrados.

Discutirán de manera paternalista y autosuficiente cómo continuar sin hacer nada, contemplándose el ombligo bien relleno del esfuerzo de los humildes, sin intentar nada nuevo que los aleje de su fe cerril en la ‘acienciada’ religión económica que domina nuestras vidas para beneficio de unos pocos, entre los que están ellos incluidos, faltaría más.

Escanciará sus disquisiciones el solícito rey de copas y otros manjares. Será financiado por el avaro rey de oros amparado en montañas de crédito global, que seguirán siendo divinas hasta que la varita mágica del endeudamiento reviente o la manivela digital de los bancos centrales se pase de vueltas o se agarrote.

Serán escoltados por las obcecadas huestes del rey de espadas, que blandirán como es costumbre su almibarada dosis de pobreza, contaminación, basura y desempleo diseminado a tutiplén por los infinitos estados fallidos espoleados por malévolas artimañas teóricas o la corrupción política y financiera que asola tantos lugares.

O, en su defecto, por cañones de agua a cargo de democráticos antidisturbios encargados por el bien del ciudadano de mantener el orden establecido, el de ellos mismos, sin ninguna razón sana ni más ciencia económica decente que la susurrada por la ley del más fuerte.

Disfrutarán otro año más de su limbo fantástico y sus barrigas satisfechas, de su perenne indolencia mental. Desgraciadamente, el futuro se presenta espeluznante para una mayoría, de momento silenciosa, que constata cómo cada día pintan más bastos sin pajes, ni reyes, ni más ases que los capaces de sobrevivir dignamente y sin hacer daño a nadie entre tanto estercolero, mientras nos envuelve a todos fétido humo medioambiental, político, económico y social.

Habrá que ayudar a tales sabios menesterosos, mostrar cómo salir del entrópico y acaudalado impasse en el que se encuentran. A sus ‘elitadas’ huestes tan faltas de comprensión por parte de la molesta plebe hacia su cada vez más nutrida faltriquera. De cariño por parte del ciudadano de a pie hacia su fósil sapiencia y su engordada cuenta corriente.

Comencemos después de tan concisa introducción plagada de conceptos gorgojos y culteranismo barato.

El sistema económico mundial sobrevive sostenido por la expectativa imposible de un crecimiento económico exponencial permanente basado en el consumo desbocado. Está sustentado por delirantes teorías que se cimientan en apenas dos vectores embalados, marchando al galope marginal, que han sido definidos de manera restringida por la ortodoxia económica: la productividad y el valor añadido.

Productividad

Para la economía mainstream, la productividad no es más que la relación entre la cantidad de producción y los recursos utilizados, expresados en términos estrictamente monetarios calculados mediante parámetros marginalistas. La diferencia entre el coste de producir otra unidad y la oportunidad de venderla.

No tiene en cuenta el estado del inventario natural ni la contaminación provocada en el proceso, ni siquiera si algún día se agotarán los dones graciosamente depositados en este planeta durante cientos de millones de años de violencia estelar con intervalos mil millonarios de mansedumbre solar.

No importa. Llegado el momento, su dios pagano invocará, armado de rayos tecnológicos y centellas científicas, la eterna sustitución de cada recurso según se vaya agotando. Una burda parábola de la multiplicación de los panes y los peces, absurda piedra filosofal que algún día se desvanecerá.

La economía mundial se sobrevive sostenida por la expectativa imposible de un crecimiento económico exponencial permanente basado en el consumo desbocado

La productividad no es, en el fondo, más que la diferencia entre los ingresos y los gastos según acata la oferta del momento y ordena la demanda del instante. Por tal razón, un chino es productivo y un occidental no lo es, aunque tenga mejor oficio y sepa hacer las cosas con mayor eficacia y menor contaminación.

La productividad se ha convertido en un arreo teórico falaz y podrido que espolea inútilmente este sistema económico al no tener en cuenta la finitud de los recursos, los problemas creados en el ínterin a nuestros descendientes, los daños causados a la naturaleza y a otras gentes, las desigualdades ocasionadas o la basura depositada.

Que ignora el coste de oportunidad, los contratiempos que deberán soportar nuestros hijos y nuestros nietos cuando ya no puedan utilizarlos, cuando sigan cargando con las consecuencias del consumismo desenfrenado que disfrutaron sus antepasados, que serán maldecidos sin ninguna piedad.

Productividad que no descuenta la escasez futura de los recursos finitos a escala temporal humana, sean estos animales, vegetales, fósiles o minerales; la persistente contaminación provocada, la pérdida de biodiversidad o la mierda acumulada. Productividad que ignora de manera supuestamente científica la realidad esférica, climática y temporal de este planeta.

La productividad utiliza una definición restringida propia de la economía técnica, también denominada neoclásica. La economía fundamental futura, la que guiará la actividad económica en algún momento, propondrá una definición más ajustada a la realidad terrenal.

Valor añadido

El valor añadido, también denominado valor agregado, es el segundo concepto castrado por la ortodoxia económica. No es más que la diferencia entre el importe de las ventas y el de las compras dejando las sangrantes externalidades fuera de su cómputo: la contaminación, la basura, las emisiones, las guerras, etc. etc.

El valor añadido de una camiseta que se vende a 10 € en la tienda, que cuesta unos céntimos ser fabricada, no incluye el coste asociado al derrumbe de Bangladesh, las muertes provocadas, la esclavitud de sus productores, la parte alícuota del tifón de Haiyan o el derroche energético dedicado a transporte, distribución y venta en fulgurantes e improductivos centros comerciales aislados de toda civilización.

El valor añadido tal como está definido ignora, pues, las pérdidas no sólo económicas provocadas por causa de aquello que se niega a contabilizar la ortodoxia económica.

Cantidad con la cual Hacienda se pone las botas a través del IVA, destinado en parte a ‘desfacer’ los entuertos provocados por las externalidades perpetradas por el tal “valor añadido”: inundaciones, sequías, tifones, huracanes, emisiones, contaminación, Fukushimas, deslocalizaciones industriales, pobreza infligida, guerras, conflictos o menguante biodiversidad. Habrá que redefinirlo de nuevo.

El tercer concepto a incluir en este fregado es el holismo. Según el diccionario de la RAE, se denomina así a “la doctrina que propugna la concepción de cada realidad como un todo distinto de la suma de las partes que lo componen”.

De la misma manera que una cosa es el estado del tiempo y otra bien diferente la evolución del clima, la suma aritmética de fenómenos observados y de actuaciones individuales no tiene por qué describir necesariamente un escenario global variable con el tiempo y las circunstancias. La economía no debería consistir únicamente en la suma de infinitas transacciones comerciales que contabilizan una realidad parcial que computa sólo aquellos gastos directos que interesan.

Debería reflejar no sólo las interacciones entre los seres humanos, su psicología y sus maldades, su persistente irracionalidad sino, sobre todo, la naturaleza y los constreñimientos de este planeta: una suma vectorial no necesariamente lineal trufada de indeterminación cuántica.

El sistema económico del futuro deberá diseñarse mediante métodos holísticos que tengan en consideración algo más que la siguiente transacción marginal y el corto plazo, que permita renegar de la ciencia compartimentada en cualquier ámbito, tan querida, alabada y premiada hoy en día.

Deberá desarrollar un pensamiento global que incluya lo económico como un parámetro más. No le vendría nada mal a la filosofía reinventarse y, de paso, ser enseñada de nuevo en los colegios.

El sistema económico del futuro deberá diseñarse mediante métodos holísticos que tengan en consideración algo más que la siguiente transacción marginal y el corto plazo

La economía teórica del futuro será parte de un proceso por definir que debería permitir engarzar cada investigación parcial, sea en el campo que sea, en un todo global que pudiera ayudar a comprender nuestro papel en este planeta, si acaso lo tuviéremos.

Que permitiera evaluar la capacidad de supervivencia futura de esta especie digamos racional cualesquiera que sean los desafíos que la acechan o los nuevos que aparecerán. Sean estos físicos, biológicos, naturales, sociales, incluso psicológicos o cerebrales. Pero, sobre todo, económicos o financieros, actividades causantes de tantos desgarros humanos y retortijones medioambientales.

Mientras no se haga así o con espuelas de calibre similar, los despistados de Davos seguirán divagando inútilmente entre canapés, cócteles y reverencias. Como a los niños, habrá que mostrarles el rumbo a seguir, exponiendo pocos conceptos de uno en uno de la manera más simple posible, con el fin de que algún día los pobrecillos los consigan entender. Para que los puedan asimilar y les permita tomar las medidas correctoras adecuadas que encarrilen esta humanidad por una senda más virtuosa que incluya una actividad económica más racional, que para eso son los que mandan.

Sugeriría, para empezar, que para el próximo año promovieran un seminario monográfico centrado en dos asuntos concretos: una nueva definición de productividad y de valor añadido que tenga en cuenta la realidad física, biológica, espacial y humana de este planeta.

Adecuando las variables monetarias a ella con el fin de que la actividad marginal, el consumo desbocado con él, deje de ser el único vector económico que impulse de manera ciega y sin rumbo la economía global. Ellos sugieren implantar la denominada economía circular. Es apenas una herramienta menor carente de sustento teórico que sólo remediará una parte ínfima del problema.

Lo de siempre. Tengo que acabar y no he terminado de empezar. Habrá que dedicar más espacio a conmemorar otro año desaguado por un retrete incapaz de avistar un futuro medianamente aseado por falta de escobilla teórica.

Apuntes de Enerconomía
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