Los negadores

Narra Max Hastings en su libro "1914 El año de la catástrofe" los acontecimientos iniciales de la I Guerra Mundial desde que estalló en agosto hasta

Narra Max Hastings en su libro 1914. El año de la catástrofe los acontecimientos iniciales de la I Guerra Mundial desde que estalló en agosto hasta final de aquel año fatídico. Su interés radica en ayudar a entender, que no a comprender, la mentalidad de la época. Cómo actitudes, políticas y comportamientos que hoy parecen absurdos eran obvios entonces a causa de una manera de pensar diferente y la inercia de un mundo que se desmoronaba.

Es fácil ser juez de acontecimientos pasados aplicando la mentalidad actual. Escandalizarnos porque no fuesen capaces sus élites de ver más allá de sus privilegiadas narices acerca de las maldades de la guerra y las penurias que produciría. Tales clases dirigentes, los negadores de entonces, cayeron. Con ellas desaparecieron cuatro imperios. Aparecieron otras, supuestamente democráticas, que han devenido en la casta actual con el intermedio de muchos totalitarismos.

Igualmente, nuestros nietos se escandalizarán de la estupidez de los negadores de hoy. Sus abuelos, nosotros, no fuimos capaces de impedirlo. No intentamos parar el acelerado deterioro social y medioambiental provocado por un sistema económico imposible e inestable. Por la codicia de unos pocos y la comodidad de muchos. Lo sufrirán amargamente.

La diferencia entre la I Guerra Mundial y la tercera, que ya ha comenzado, es que en aquel conflicto los propios protagonistas morían anegados en barro y lodo envueltos en alambres de espino. La III Guerra Mundial será de efecto retardado. A pesar de la velocidad a la que se que se mueven los desquiciados habitantes de los países mal llamados desarrollados, su pasividad a la hora de reaccionar les pasará cumplida factura a sus descendientes.

Nuestros nietos se escandalizarán de la estupidez de los negadores de hoy. Sus abuelos, nosotros, no fuimos capaces de impedirlo

Los negadores actuales se obstinan en no querer comprender la realidad social, biológica y natural de este planeta. La falta de ganas de elaborar una estrategia integral de supervivencia será nuestro fin, y el suyo. Su pereza en tomar medidas que protejan la naturaleza, el desinterés en cargarse los privilegios de la casta, acabará con todos.

El consumo desmedido que amansa a los ciudadanos y putrefacta sus cerebros provocará daño mayor. El deterioro cívico está ya siendo letal para la buena marcha de la sociedad. Son picatostes que se unen al caldo de cultivo que una economía acienciada y una corrupción acelerada siguen espoleando: el crecimiento basado en un consumo indiscriminado es inviable.

Influyó en el estallido de la guerra europea la ceguera absoluta de sus dirigentes, tanto civiles como militares. La mediocridad de los generales y políticos de entonces, nada que ver los la profesionalidad de los militares de hoy. No se quisieron enterar de que el mundo cambiaba a velocidad de vértigo. Los avances tecnológicos harían que nada a partir del día siguiente al estallido de la guerra fuese igual que antes.

Las guerras de gabinete se habían acabado. En agosto de 1914 se inauguró el siglo XX con sus luces científicas y culturales y sus macabras sombras ideológicas y totalitarias. Los generales creían, en su ceguera y su ineptitud, que sería una guerra más de salón que acabaría en unas pocas semanas. Las batallas, pensaban, se desarrollarían como había sido habitual hasta entonces. Durarían un día o como mucho dos, como siempre. Duró cuatro largos años. Centroeuropa quedó abonada con cadáveres.

A pesar de que los generales y sus Estados Mayores eran los supuestos expertos, como lo son hoy los economistas y sus académicas teorías, no se dieron cuenta de que los avances tecnológicos en armamento, transportes y telecomunicaciones, por muy en mantillas que estuvieran, impondrían una guerra de una crueldad y una intensidad mortuoria jamás vista hasta entonces.

Los políticos fueron igual de torpes al no querer asimilar el tsunami que estaban provocando. Les encantaba cambiar fronteras a su antojo y jugar a ver quién la tenía más grande.

Su ineptitud actual pugna por hacer revivir tales calamidades. Se niegan a comprender que el mundo ha vuelto a cambiar radicalmente, una vez más, un siglo después. La causa esta vez es la mala utilización de la tecnología existente y el deterioro del medioambiente. La insistencia en perseverar con políticas económicas fracasadas e inviables.

Nada de lo que conocen y aplican sirve para nada, igual que las tácticas militares de entonces se han quedado obsoletas, si acaso alguna vez sirvieron para algo. Hace un siglo se empeñaron en aplicarlas hasta el final. Seguimos igual.

Los negadores actuales se obstinan en no querer comprender la realidad social, biológica y natural de este planeta. La falta de ganas en elaborar una estrategia integral de supervivencia será nuestro fin y el suyo

Pretendieron aplicar entonces estrategias militares obsoletas basadas todas ellas en la batalla de Cannas, donde Aníbal machacó a los romanos en el año 216 a.C. Provocaron millonaria mortandad. Al principio de la guerra, los soldados todavía se lanzaban de frente al toque de corneta o entonando marcha militar contra ametralladoras Maxim, con sus oficiales a menudo empuñando el sable o incluso a caballo. Los muy burros eran los primeros en caer.

Los franceses, con su grandeur, llevaron a la guerra uniformes elegantes y vistosos. Para que los alemanes los apuntaran con mayor facilidad. Para que dieran en el blanco. La mortandad les hizo cambiar de opinión. Impuso uniformes de camuflaje a la moda de Paris.

Las teorías económicas neoclásicas herederas intelectuales de los infaustos planes militares de entonces serán igual de sangrientas, sólo que con decalaje. Los negadores de hoy, sean políticos o economistas, son incapaces de modificar sus absurdos dogmas ni crear otros nuevos: ni este planeta es infinito, ni lo son los recursos, ni el crecimiento económico continuo es posible, ni la tecnología es omnipotente, ni la biodiversidad es inmune a la adicción al carbono de miles de millones de insensatos, ni la biotecnología será ninguna panacea, en todo caso otra arma de destrucción masiva más. Podría producir mortandad mayor si cayera en manos de tarados o de fanáticos.

Los economistas de entonces fueron tan agudos en sus predicciones como lo son los actuales. Se alinearon con los militares en sus augurios. Pronosticaron una guerra de muy corta duración. Ninguna nación tendría dinero para pagar una guerra larga. Se arruinarían antes de un mes, decían. Como siempre, acertaron. Duró cuatro largos años.

El patrón oro estaba vigente al principio de la guerra. Decían que nadie podría endeudarse indefinidamente si no acumulaba reservas en oro suficientes para respaldar los préstamos. No contaron con que lo primero que hicieron todos los gobiernos fue suspender el patrón oro mientras durara el conflicto. Se dedicaron a darle a la manivela de los billetes para permitir pagar la factura mortal.

Eso creó inflación. Los estímulos a la industria militar para poder seguir matando vinieron acompañados de cada vez mayor escasez de productos básicos para la población, con el aumento de precios subsiguiente. La gente necesitaba comer para sobrevivir. Estaba dispuesta a pagar lo que fuera por ello.

Europa se recuperó en parte en los felices años 20. No quedaba más remedio que reconstruirla. Eso estimuló la demanda y, por lo tanto, la economía. Hoy en día, en un mundo con exceso de oferta, esos estímulos teóricos se quedan dentro de la industria financiera.

Su ineptitud actual pugna por hacer revivir tales calamidades. Se niegan a comprender que el mundo ha vuelto a cambiar radicalmente, una vez más, un siglo después

Países como España o Estados Unidos no ofertan ya nada. No hay industria. Demandan casi todo del exterior. El balance se oculta en el letal déficit exterior y en la deuda que se incrementa. El dumping humano y medioambiental promovido por Bruselas ha terminado de envilecer este sistema económico y social resquebrajado.

Estados Unidos se puso las botas con tal guerra. Se convirtió en gran potencia. Otorgó préstamos abundantes sin exigir apenas garantías a condición de que les comprasen a ellos todo lo posible. Fue la única vencedora junto con Japón. Europa quedó hecha unos zorros. Afianzó su decadencia, que ahora termina para siempre. Se está deshaciendo. Pocos lo quieren asimilar.

El círculo vicioso en el que estamos sumidos: consumo disparatado - gasto absurdo - aumento de la deuda - ineducación - degeneración democrática no llegará a buen puerto si no se toman medidas drásticas.

Como el ciclo germano era hasta ahora el opuesto, la inestabilidad endémica del engranaje económico europeo es patente para todos menos para los llamados expertos. Parece que alinean el ciclo al entrar Europa entera en recesión. No se sabe qué es peor. El euro, y Europa con él, acabarán saltando por los aires si no se aplica la economía fundamental y se comienzan a hacer cosas con sensatez.

Europa entera y el mundo con ella se desintegrarán como siga siendo capitaneada en cada país y en Bruselas por fulanos tan mediocres y tan cortos de entendederas como los que precipitaron la I Guerra Mundial.

Dice Max Hastings (p 607).

“Es más adecuado llamarlos “negadores”: prefirieron insistir en políticas y estrategias sumamente perjudiciales antes que aceptar que era poco plausible llevarlas a cabo y, en retrospectiva, que se había fracasado.”

Igualito que ahora, un siglo después.

Apuntes de Enerconomía
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
7 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios