Sushi, el manjar que desaparece

Entre el año 1970 y el año 2010 la población oceánica del bonito, el atún y la caballa se redujo en un 74%. Cayó abruptamente hasta el año 1990. Desde entonces no se ha recuperado

Foto: Gran pesca de atún (Efe)
Gran pesca de atún (Efe)

Aproveche querido lector que, a no mucho tardar, el bonito, el atún y la caballa serán un manjar de lujo al alcance sólo de aquellos que puedan pagarlo.

Los mismos que nos engañan con palabrería barata, economía bastarda, desigualdad a raudales y educación edulcorada a base de novedosas tecnologías obsoletas, que se dicen revolucionarias, cuando nada supera la cruel soledad y la frustración, el esfuerzo ante un papel en blanco, el lápiz, los codos y la necesidad de pensar.

Lo constatan mis viejos alumnos esforzados por necesidad, muchos de ellos en el extranjero trabajando en industrias punteras a cargo de las más modernas tecnologías, rabiando por un país que los rechaza y una clase política demencial que les es hostil. Que están deseando regresar si hubiera industrias decentes que los contrataran en España y aprovecharan su enorme potencial.

Es el nuevo exilio que empobrece la cada vez más escasa intelectualidad de esta piel de toro resquebrajada y pueblerina, supuestamente democrática, a cargo de corruptos, incompetentes e iluminados que se denominan políticos, asesorados por sonámbulos sin ciencia ni amplitud de miras, sin capacidad para discernir con justicia y ecuanimidad más allá de sus agarrotadas narices cada vez más empequeñecidas.

Entre el año 1970 y el año 2010 la población oceánica del bonito, el atún y la caballa se redujo en un 74%. Cayó abruptamente hasta el año 1990. Desde entonces no se ha recuperado. Lo muestra el índice Scrombidae que mide la evolución de 58 caladeros de 17 especies. Durante el último lustro, su inventario natural ha retrocedido todavía más.

Lo acaba de publicar WWF en su Living Blue Planet Report 2015. Auténtica depresión con datos científicos, para aquellos que aman los océanos y desean un futuro para sus hijos, mal que lo impida la economía neoclásica, para nada equiparable a la ciencia de verdad.

Retoños inocentes de la ineducación que les estamos proporcionando. A los que la retrógrada pedagogía triunfante les está arrebatando la capacidad crítica, que jura y perjura que la profesionalidad se construye a base de bytes sin necesidad de esforzarse ni de profundizar en nada.

El nuevo mantra educativo es el trabajo en equipo, la nuevas tecnologías que promueven pulsar la tecla con superficialidad, sin apenas densidad ni contenido. El objetivo es la titulitis. Aprobar a todos aunque nadie se entere de nada, para mantener la falacia de gozar de la generación mejor preparada.

¿Qué no decir del atún rojo? Cuantas más estrellas Michelín se otorgan en Japón, patria del sushi, el sashimi y tantos otros manjares insostenibles, menos materia prima sobrevive para poder mantenerlas. Adicional desolación oceánica se produce a causa de la caza “científica” de las ballenas, por tal país perpetrada y por Noruega.

Los últimos que degustarán delicado sushi o sashimi de atún rojo y otros pescados azules sublimes serán los lacayos de las élites extractivas, que engullen lo que no queda. Los mismos que financian la traición al Método Científico, al negarse a descontar el agotamiento de los caladeros y la hambruna que se está incubando: más de tres mil millones de personas se alimentan fundamentalmente de los productos de la mar. Cuando se agoten, ¿quién los alimentará?

Los pescados azules y no solo ellos están en situación de peligro. Sea a causa del agotamiento de los caladeros, la acidez creciente de los océanos, la mierda depositada, la contaminación a base de plásticos y otras porquerías que ahogan el plancton marino, la licuefacción de los glaciares Antárticos, del Artico o de Groenlandia. Del preocupante aumento del nivel de los mares que, al menos, se llevará por delante tantas aberraciones urbanísticas situadas al nivel del mar actual. Será su inútil venganza.

O cualquier otra gracia presuntamente científica patrocinada por la economía neoclásica, que lo ignora todo mediante externalidades. Que, a falta de ciencia, predica más madera. Por sus aclamados departamentos de economía académica, por el autismo nobelado que destruye este planeta, al predicar religión en vez de ciencia. Lo más difícil es plantear los problemas adecuadamente antes de pretender resolver nada, a pesar de la delirante matemática con la que disfrazan su ignorancia. Y, de eso, estos pollos no quieren saber nada.

Los pescados azules son pescados baratos y abundantes según criterios marginalistas. Sublimes, sanos y sabrosos según criterios gastronómicos. La formación absurda de su precio, con criterios exclusivamente marginalistas que dependen de la oferta y la demanda puntual del momento, ignorando su inventario natural, se debe a la gran cantidad de buques pesqueros que faenan la creciente escasez, con capacidad dos o tres veces mayor que la que los caladeros pueden soportar, compitiendo en entre ellos por ver quien envía a quien antes al paro.

Otra vez la tragedia de los bienes comunes a escala global. ¿Por qué no implantar un Tribunal de las Aguas de Valencia a nivel oceánico y mundial?

El futuro de los océanos, y el de la prepotente especie depredadora supuestamente inteligente que pulula por la cima de la cadena trófica, dependerá de la salud y la exuberancia de los océanos, que pugnan por no recuperarse, como tantas y tantas otras especies terrestres. Es el principal problema planetario: la pérdida de biodiversidad.

¿Quién descuenta la escasez de pescado en ciernes, la hambruna prevista para más de tres mil millones de personas que se alimentan de los productos de la pesca? Y, lo más preocupante para las indolentes élites extractivas, la desaparición segura del delicado sushi de atún rojo atlántico y mediterráneo, el manjar de moda más exquisito y viajero, en peligro de extinción.

Apuntes de Enerconomía
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