Me lo debéis todo

Todo el conjunto de medidas económicas presentadas por el presidente, sin excepción, responde a una concepción paternalista del Estado y, sobre todo, del dirigente

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en su réplica a la intervención del líder del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en su réplica a la intervención del líder del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)

Si se mueve, póngale un impuesto; si se sigue moviendo, regúlelo; y si se para, subsídielo.

Ronald Reagan

Comenzó el debate sobre el estado de la nación con la intervención de D. Mariano Rajoy Brey, presidente del Gobierno. En el tiempo dedicado glosó los principales problemas, no menores, a los que se enfrentó desde su llegada a Moncloa, y a los logros que su política económica ha alcanzado, especialmente en el último año. Más de 400.000 empleos, un crecimiento económico del 1,4% en 2014, una previsión del 2,4% para 2015… y tantas otras cifras que nos recordó y que nos recordarán hasta la saciedad durante los largos meses de la campaña electoral que ayer se inauguró.

Habló de “descontento” entre los ciudadanos por la corrupción. Quien así hablaba es, además de representante máximo del poder ejecutivo, presidente de un partido que presuntamente remodeló su sede con al menos 1,7 millones de euros en dinero negro, según señala el juez Ruz. Millones que no pueden ocultar la recuperación económica pero que ponen en solfa la lucha contra el fraude de su Gobierno.

Pero el meollo de la cuestión estuvo en el reconocimiento del esfuerzo de la ciudadanía en la recuperación y en la devolución al pueblo de lo que es del pueblo. Así debe ser. “Arrimasteis el hombro, empujasteis como uno solo, fuisteis valientes; y yo os lo reconozco y os premio por ello”. La frase no es literal, sabrán disculparme, pero coincidirán con que refleja correctamente el ánimo, el tono y el fondo.

Los más de 8.000 (ocho mil) ayuntamientos españoles han logrado reducir su deuda en … menos de 300 millones de eurosAnunció el presidente un fondo de 40.000 millones de euros para CCAA y ayuntamientos. De nuestro bolsillo, claro. De acuerdo con los datos del ministerio de Hacienda, los ayuntamientos debían 34.900 a finales de 2013 millones de euros, por 35.290 un año antes. Es decir, los más de 8.000 (ocho mil) ayuntamientos españoles han logrado reducir su deuda en… menos de 300 millones de euros, 6 euros y medio por habitante. Un ejemplo de austericidio a nivel local. Pero es que a 31 de diciembre de 2008, cuando la crisis no era crisis sino ligero estancamiento, la misma deuda ascendía a 26.000 millones de euros. Casi 10.000 millones menos que hoy. Y eso que los ayuntamientos, nos dicen, son quienes han hecho los deberes; menos mal.

En cuanto a las comunidades autónomas, la variación de su deuda pública entre el primer trimestre de 2014 y el tercero (el cierre está aún pendiente) es asimismo altamente preocupante; por citar sólo algunas, en Andalucía la deuda ha aumentado en 2.000 millones; en Castilla-La Mancha, 400 millones; en Cataluña, 3.300 millones; la Comunidad de Madrid se ha endeudado en otros 1.000 millones adicionales; la de Murcia en 600; la valenciana en 2.000 y la de Baleares en 550 millones más. Sólo ellas han aumentado la deuda en 10.350 millones de euros entre el 31 de marzo de 2014 y el 30 de septiembre de ese mismo año. Eso, en seis meses del año anterior a las elecciones. Sobre lo que cada comunidad produce, su PIB, la que menos deuda tiene alcanza niveles superiores al 13%. Olvídense de cumplir el objetivo de déficit sin ingeniería contable.

Orgulloso de no haber solicitado el rescate de España (no tanto el del sistema financiero, que existió y que por supuesto omitió), el presidente arremetió contra quienes se mostraron favorables al mismo. Se refugió en la bandera del nacionalismo y señaló que “el rescate no deja margen para ayudar a los más débiles” para de esta forma evitar las reformas que debía haber llevado a cabo y que jamás ordenó (miren si no las efectuadas en el rescatado sistema financiero, en mucho mejor situación ahora que antes) y atizar así a los Garicanos que en el mundo han sido.

Recordó a las clases medias, a las que “España debe mucho”. Tanto como más de 200.000 millones de euros que la rapiña fiscal de su ministro de Hacienda, siempre bajo sus órdenes, les ha detraído en estos años tras más de 60 subidas de impuestos. Desde el IRPF en el primer consejo de ministros (tras el que debió presentar su dimisión por traicionar la esencia del programa económico con el que se había presentado) hasta el IVA, ese que nunca iban a subir.

Tampoco recordó la nacionalización de Bankia, aquella que nunca llevaría a cabo. Y siempre, eso sí, por el bien común. La arrogancia de quienes nos dirigen, siempre sabiendo más que los gobernados qué necesitamos, cuándo y por qué. En eso no se encuentran diferencias entre los políticos de cualquier signo, desde Syriza en Grecia hasta el Partido Popular en España; ambos han tardado prácticamente lo mismo en traicionar a las bases sociales que los auparon, mucho mayores la del partido español.

No voy a entrar en el “no tuvimos opción”. Todo el mundo sabe ya, a estas alturas, que ese discurso cala entre muchos votantes, y ese es el objetivo. Pero habría sido mucho más honesto decir “no quisimos hacer lo que prometimos, porque no creíamos en ello”.

Todo el conjunto de medidas económicas presentadas por el presidente responde a una concepción paternalista del Estado y, sobre todo, del dirigenteSin ahorro, con un déficit por cuenta corriente creciente y con la deuda pública disparada (le recordó Pedro Sánchez, acertado, que cómo era posible que no se pudiese gobernar con un 67% de deuda sobre PIB y que ahora lo haga con un 100%, en alusión a una de las andanadas del entonces jefe de la oposición Rajoy a un manirroto Zapatero), la situación dista mucho de ser equilibrada y sostenible. El modelo de crecimiento empieza a parecerse, por su composición, al de comienzos de siglo. Quizá deberíamos recordar cómo acaban esas fórmulas.

“Nos negamos a salir de la crisis a costa de la caja de la seguridad social o de las pensiones”, exclamó levantando pasiones entre sus diputados. Los 15.300 millones de euros que se detrajeron del Fondo de Reserva de las pensiones sólo en 2014 no deben contar en ese balance. Este fondo, por otro lado, está prácticamente invertido en deuda pública española, con rating inferior al previsto por su propia normativa; en definitiva, el Estado emite deuda que el Estado compra en parte. Un juego peligroso.

Ante la presentación de credenciales para la Secretaría General de Podemos que Pedro Sánchez llevó a cabo en su intervención (quien, por otro lado, dibujó una situación de España bastante más realista que su interlocutor), el presidente del Gobierno se reivindicó como líder del hasta ahora principal partido de la oposición. “Ya podemos hacer políticas sociales”, exclamó sin recordar de dónde sale el dinero, que no es sino de nuestros impuestos. Dirigiéndose al líder de la oposición declamó orgulloso que “esos ricos que Ud. dice ahora pagan más impuestos que con el PSOE; las empresas del Ibex pagan más impuestos hoy que con el PSOE”; los escaños populares se incendiaron, no de rabia por lo que representa de traición a unos pretendidos ideales liberales (que sólo recuerdan para engañar a incautos votantes que siguen creyendo en la bondad de la palabra), sino de emoción sincera. El hueco que posiblemente Sánchez deja al escorarse a la izquierda pretende llenarlo nuestro presidente del Gobierno. Y músculo intervencionista no le falta, qué duda cabe.

Pero nada de lo anterior es grave comparado con el fondo. Los primeros 500 euros del salario estarán exentos de cotización, complicando la tributación individual; nada de rebajar cotizaciones de forma significativa. Ayudas a las familias. Cheques familiares (no lo confundan con el cheque bebé de Rodríguez Zapatero, por favor, medida aquélla que fue tachada –con razón– de populista). Exención de las tasas judiciales a las personas físicas… Todo el conjunto de medidas económicas presentadas por el presidente, sin excepción, responde a una concepción paternalista del Estado y, sobre todo, del dirigente. Yo soy quien os lo ha detraído, quien ha decidido cuánto dinero necesitáis a fin de mes y cuánto necesitamos entre todos. Y yo, magnánimo, os lo devuelvo cuándo y cómo me apetece. Esa es la esencia del mensaje. Me lo debéis todo. Sabedlo.

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