Dos tortugas y una lavadora

Estamos dispuestos a aumentar nuestra participación en programas humanitarios. Pero no estamos dispuestos a compartir nuestros derechos, sabiendo que compartir supone renunciar

Foto: Dos tortugas y una lavadora

Good friends, good books and a sleepy conscience: this is the ideal life

Mark Twain

 

La reciente tragedia de los (ponga aquí el número) inmigrantes tratando de alcanzar las costas de la Unión Europea ha vuelto a aflorar los sinceros sentimientos de nuestra sociedad, de sus representantes políticos y religiosos y de los medios. “No puede volver a ocurrir” decimos todos. “Es terrible”, lloramos mientras encendemos una vela dentro de un tubo rojo que colocamos con mimo en algún lugar para el duelo. “Intolerable”, exclamamos con ira mientras nos hacemos una foto con cara circunspecta y fondo blanco para el hashtag #JeSuis700Lampedusa que colgamos a hora de máxima audiencia en Twitter, sistema que, tras su uso por Michelle, ya se ha mostrado más efectivo y más barato que el consabido cerosiete como lavadora de conciencias.

Lloramos, insisto, con pena sincera. Protestamos por la inacción de nuestras autoridades, siempre responsables de males que observamos, impotentes. “¿Y qué puedo hacer yo?”, nos preguntamos mientras marcamos la celda correspondiente en la declaración de la renta. Agitamos nuestras conciencias contra los culpables, conocidos, presuntos o totemizados, como el capitalismo, ese enemigo “incompatible con la vida” al que un partido acusó, con los cuerpos aún perdidos en el mar, en ese tuit que sigue revolviendo las entrañas por su falsedad mezquina.

Mientras tanto, más allá de lamentos, protestas o hashtags, más allá de reuniones de los líderes europeos y mundiales, más allá de comisiones de expertos que debatirán sin solución hasta la próxima tragedia, ¿qué hacemos? “Debemos impedir que las mafias puedan siquiera botar las lanchas”, proclamaba Matteo Renzi, olvidando que la prohibición es el combustible del hambre y el detonante de la muerte. La ley seca en los años veinte o la actual guerra contra las drogas son ejemplos dramáticos de cómo la prohibición sólo causa muerte y miseria.

“Es fundamental lograr que se den las condiciones de vida en origen que impidan el deseo de emigrar”, como si el dinero dedicado a la tarea no sirviese a algo distinto que al enriquecimiento de la casta local (esa sí, real) y de los intermediarios extranjeros, como presuntamente ha ocurrido en los programas de petróleo por alimentos de Naciones Unidas.

Y nada. Nada es la palabra que mejor define nuestra actuación. Nada hacemos, más allá de lágrimas, velas rojas y lamentos, cuando más de 700 mueren por alcanzar su sueño. Cuando más de 120.000 han alcanzado Italia en 2014 huyendo del hambre y la guerra. Un sueño vetado por los mismos que compramos sus CD piratas en los paseos marítimos de la costa, por los mismos que dejamos hacer trencitas coloridas a nuestras hijas por madres que trabajan con sus bebés a cuestas. Ahí no nos importan los salarios mínimos, las garantías legales, los impuestos que paga el peluquero. No. Ahí lavamos nuestra conciencia, de nuevo, a través, eso sí, del único mecanismo que liberará a África del proteccionismo europeo: el comercio.

Se trata de pensar si estamos dispuestos a reducir nuestro nivel de vida para que el viaje desde la pobreza al progreso no suponga jugarse la vida

Porque eso es precisamente lo que no estamos dispuestos a ceder. La primacía de nuestros sectores productivos, de nuestra gente, de los nuestros, para que unos extranjeros se lleven lo que tanto tiempo nos ha costado construir. Nuestro estado social, ese que mantenemos tanto a costa de los impuestos a los ricos como a costa de la vida de quienes quieren migrar. Porque ¿qué es sino la Política Agraria Común más que un impedimento al desarrollo de quienes producen más barato y cubren igual nuestras necesidades? ¿Qué han sido las infames cuotas a la producción lechera? ¿Las subvenciones al carbón? Podrá señalar el lector avezado “es que en Europa exigimos unos controles fitosanitarios y de protección al medio ambiente y al desarrollo sostenible y a las emisiones de clorofluorocarbonos que ellos no exigen”. Y a los grandes expresos europeos, añadiría mi padre. Ellos. Los más interesados en adaptarse a nuestras normas, a nuestras barreras de entrada (pues no son nada más, revestidas de esa nueva conciencia verde que todo abarca), ellos, no se adaptan. Castigados al ostracismo comercial y con él a la pobreza. “Pero oiga, que yo cumplo todos los requisitos”, alega siempre alguno, tan despistado como bien asesorado por algún bufete occidental. Y entonces le decimos que no, que no ha etiquetado en swahili o que el tamaño de los riesgos bioclimáticos en el envase no alcanza el tamaño exigido por la normativa.

No seamos hipócritas, al menos al reflexionar sin necesidad de convencer a otro más que nosotros mismos. Nuestra sociedad es costosa. Nuestros derechos son caros. Lo sabemos. Y no estamos dispuestos a compartirlos. Desde nuestro deseo de solidaridad estamos dispuestos a enseñarles; a montar escuelas y hospitales in situ. A aumentar nuestra participación en programas humanitarios del cerosiete al unodiez. Pero no estamos dispuestos a compartir, sabiendo que compartir supone renunciar. Más personas con los mismos recursos. Uf. Imposible.

Abrir las fronteras es la única solución al drama actual. Esa ausencia interna de barreras con nuestros socios europeos ha permitido que la mano de obra se desplace allí donde se la requiere, evitando cargas sociales, fracturas y el desmembramiento de la sociedad española. Nadie quiere alejarse de los suyos para lograr un trabajo. Pero para muchos españoles esa y no otra ha sido la única solución. Quizá deberíamos plantearnos en que quienes huyen de la miseria jugándose la vida, explotados por mafias que sólo responden a incentivos, magistralmente señalados por Gary Becker, tienen la misma sensación que nuestros compatriotas que buscan su sustento en Alemania, Reino Unido o Chile. Sin jugarse la vida, eso sí, y menos mal.

Cuando pedimos impuestos a los ricos, eximimos nuestra responsabilidad. Porque, frente a los desesperados, ricos somos todos

Así pues, asumamos el reto y nuestra parte de culpa. No, no se trata de culpar a la sociedad, no. Se trata de hacer examen individual de conciencia, de pensar si cada uno de nosotros estamos dispuestos a reducir nuestro nivel de vida el tiempo que sea necesario para que el viaje desde la pobreza real (no la que aquí definimos como tal) al progreso no suponga jugarse la vida. Si estamos dispuestos a competir por nuestro puesto de trabajo con ellos, para que puedan trabajar, cotizar y enviar remesas a sus familias en origen que permitan el desarrollo local. Porque, desengañémonos, no lo quieren todo. Quieren trabajar.

Bajarán las prestaciones sociales. Los derechos. Y los precios, también bajarán los precios. Y los sueldos, al desaparecer necesariamente el salario mínimo, se verán inicialmente afectados por el exceso de oferta; ese salario mínimo del que carecen los países europeos más prósperos y que para muchos son el modelo, como los nórdicos. Pero también bajarán las muertes. ¿Estamos dispuestos a asumir lo que esto supone, a competir por nuestro trabajo, a permitir que accedan en igualdad de condiciones? Quizá entonces nos demos cuenta de que, cuando pedimos impuestos a los ricos, lo que hacemos es blindar nuestra conciencia y eximir nuestra responsabilidad. Porque, frente a los desesperados, ricos somos todos los habitantes de este país. Sin excepción.

Mientras charlamos y discutimos desde nuestra prepotencia occidental sobre lo que ellos necesitan, podemos estar tranquilos. Las dos tortugas afectadas por el vertido del pesquero ruso en Canarias ya están limpias y nadando en libertad. Una operación rápida e imprescindible y que no habrá llegado a los 50.000 euros. Un buen precio por la lavadora de conciencias.

Big Data
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