Google y la competencia

No entro a valorar el importe de la multa, ni siquiera si se trata de la mejor forma de actuar, aunque de alguna forma debe existir siempre un castigo a quien no cumple la ley

Foto: El símbolo de Google. (Reuters)
El símbolo de Google. (Reuters)

“La competencia es buena; te lleva a hacerlo mejor.” Gianni Versace

El martes 27 de junio supimos que la Comisión Europea impuso a Google “una multa de 2,42 mil millones de euros por abuso de posición dominante como motor de búsqueda por dar una ventaja ilegal a su propio servicio de compras comparativas”, según nota de prensa que puede consultarse aquí. La razón fundamental es la colocación de su propio servicio de compra, Google Shopping, en un lugar predominante frente a la competencia, concediéndole un privilegio frente a sus rivales.

Existen múltiples argumentaciones para posicionarse en contra de la habitualmente entrometida y proteccionista Comisión, que ha dado múltiples pruebas de por qué los EEUU progresan y nosotros no avanzamos. Sólo un vistazo rápido al vídeo mudo de “asuntos de competencia de la UE por productos” permite tomar conciencia del afán de control de la Comisión sobre todo lo que nos rodea, simplemente en el ámbito del hogar.

Es la competencia la principal fuente de progreso individual y, por ende, social. Sólo en los sistemas de economía de mercado se garantiza ese progreso, existiendo una batería de pruebas empíricas de cómo la planificación centralizada actúa en sentido contrario, erosionando la capacidad creativa del individuo. Escoja un país socialista al azar y compruebe lo que digo.

Y es precisamente lo que la Comisión ha castigado, en aras de esa competencia. No entro a valorar el importe de la multa, ni siquiera si se trata de la mejor forma de actuar, aunque de alguna forma debe existir siempre un castigo a quien no cumple la ley. Lo que parece probado es que Google efectúa una práctica que es contraria a la libre competencia.

No entro a valorar el importe de la multa, ni si es la mejor forma de actuar, pero de alguna forma debe existir siempre un castigo a quien no cumple la ley

Google es la marca por excelencia de Alphabet, el conglomerado multinacional con intereses en prácticamente todos los sectores relacionados con la tecnología. Desde sistemas operativos hasta medios de pago, pasando por biotecnología, domótica y telecomunicaciones. Google ha desarrollado una tecnología tan brillante, tan deseada, que los consumidores asociamos las búsquedas en internet a ese buscador. “Guglear” es el verbo popular que denota la acción de buscar algo en la red. Y ese algo es… cualquier cosa. Desde información sobre la historia de Aerosmith hasta cuándo caerá la próxima Semana Santa. Y, por supuesto, información sobre productos que queremos comprar.

Su algoritmo de búsqueda es tan potente que ha desplazado al resto de buscadores. Su cuota de mercado se acerca al 80%; sus dos competidores más cercanos, Bing y Baidu, no alcanzan ninguno el 8%. Añadamos la potencia de su navegador, Chrome, con una cuota del 60%, a enorme distancia del otrora omnipotente Explorer de Microsoft, que malvive en su 18%. Tenemos entonces el gigante que todos conocemos y resulta ocioso describir aquí.

Insisto en dos ideas fundamentales: la primera, Google es el principal buscador porque así lo hemos querido los consumidores; nadie nos ha impuesto Google como buscador. La segunda es que, efectivamente, Google tiene una posición dominante en el mercado; es el líder que hemos aupado entre todos, la marca más reconocible del planeta, por encima de Coca Cola.

[La reacción de Google a la multa]

Y, entonces, si entre todos hemos posicionado a Google como número 1, si es una decisión libre del consumidor, que es el único capacitado para tomar decisiones en el mercado, el único que tiene el poder, el derecho y la responsabilidad de elegir y equivocarse, ¿por qué estoy de acuerdo con que, efectivamente, Google puede haber abusado de su posición dominante? La razón hay que buscarla en cómo posiciona Google a su comparador de precios Google Shopping en su página web cada vez que efectuamos una búsqueda de un producto que queremos comprar. El algoritmo de Google indexa las páginas en función de múltiples parámetros, pero digamos que cuantas más veces visitamos una página, más “sube” esa página en el ranking.

Es sencillo, es “democrático” y es razonable; quiero algo y el algoritmo de Google me muestra lo que tantos otros, que lo han buscado antes que yo, ya han visitado. El problema es que nadie usa Google Shopping para comprar. Por ejemplo, yo jamás había entrado en su web hasta ayer; porque utilizo Amazon, eBay, Wallapop o Alibaba. Nunca Google Shopping. Y eso duele en Mountain View, claro. Uso el mejor buscador del mundo para todo… menos para comprar. La terrible paradoja es que uso su buscador para encontrar la web de cualquier otro vendedor.

La terrible paradoja es que uso su buscador para encontrar la web de cualquier otro vendedor

No, la Comisión no castiga a Google Shopping. De hecho, lo premia, indirectamente, al darlo a conocer, a un coste, eso sí, que seguramente Google no hubiese querido nunca. Castiga a Google porque altera la estructura de su web para promocionar su supermercado. Y, ojo, no aparece como “promocionado”, en cuyo caso sería quizá admisible. Aparece por encima y destacado de todos los market places que existen, “como si” realmente fuese una plataforma de venta indexada en las primeras posiciones.

Se argumenta que la Comisión actúa impidiendo el desarrollo tecnológico. No creo que sea el caso. Se dice que es como si en una cafetería se obligase a vender magdalenas de la competencia, como si El Corte Inglés no pudiese destacar sus productos frente a los de sus competidores. Tampoco es el caso. Ni la cafetería ni ECI tienen una posición dominante en el mercado, porque así lo hemo querido los consumidores, y no tienen por tanto posibilidad real de influir en un consumidor que quizá jamás entre en sus locales.

José Manuel BlancoJosé Manuel Blanco

Pero todos, absolutamente todos, entramos en Google; la de California lo ha logrado con esfuerzo y, sobre todo, talento, mucho talento, barriendo al resto. Domina el mercado. Y aprovecha esta situación para posicionar sus productos. “Nadie te obliga a usar Google”, me señalan. Efectivamente, nadie me lo impone. Lo escojo libremente, y feliz. Pero quiero juego limpio, más aún en el mejor.

Si hay algo que nos gusta a quienes defendemos el libre comercio y el libre mercado es la competencia, máxima expresión del genio y del ingenio del individuo. Precisamente por eso, creo que, en esta ocasión, la Comisión merece confianza, cuando no un aplauso.

Big Data

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