Cazar al pato Donald
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José Antonio Navas

Capital sin Reservas

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Cazar al pato Donald

Bankia denunció a los tres meses del cese de Rato la operativa de autocartera en un informe a la CNMV que ahora está en poder de la Audiencia Nacional

Foto: (Ilustración: Raúl Arias)
(Ilustración: Raúl Arias)

Mucho antes de que las malditas ‘tarjetas black’ empezaran a causar estragos como testimonio de la corrupción más cutre y sensible, y cuando los peritos nombrados por el juez Fernando Andreu todavía no habían terminado de peinar sus contradictorios dictámenes sobre los estados financieros de Bankia, alguien muy allegado advirtió a Rato: “Van a por ti, Rodrigo, y el disparo viene desde dentro de tu antigua casa”. El que fuera presidente del banco antes de la nacionalización prefirió no hacerse mala sangre a destiempo, pero los acontecimientos han venido a demostrarle que, una vez más, la peor cuña es siempre la que procede de la misma madera.

El prohombre del llamado milagro económico español no entiende los motivos de fondo que una y otra vez le conducen hacia esa sastrería de encargo donde diferentes modistos amparados en sus respectivos patrones vienen cosiéndole, puntada a puntada, un traje de esparto como si fuera un árbol caído del que todos quieren hacer leña. Rato, a la fuerza ahorcan, ha comprendido que los autos de fe en la España resentida de la crisis no son efectivos si no se respira el humo de una buena hoguera, pero sigue tirándose de los cabellos al comprobar la flema con que algunos se han aprestado a encender rápidamente la mecha.

Al secretario general de Bankia, Miguel Crespo, no le tembló precisamente el pulso cuando en octubre de 2012 rubricó de su puño y letra el envío a la CNMV de un informe con intenciones claramente comprometedoras para el que fuera su antiguo e incontestable jefe. Crespo ocupó la subsecretaría del superministerio de Economía con Rodrigo Rato en los años de vino y rosas, pero esta vez le ha tocado firmar, como primer abogado del equipo que encabeza José Ignacio Goirigolzarri, una denuncia en toda regla poniendo en entredicho la operativa de autocartera que fue llevada a cabo en el seno de Bankia durante los meses siguientes a la controvertida salida a bolsa.

La carta del responsable jurídico de Bankia está destinada al director general de Mercados de la Comisión de Valores, Ángel Benito, y en la misma se da notoria y exhaustiva cuenta de una investigación efectuada por los servicios de auditoría interna en la que se señala expresamente a una sicav propiedad de Rato como supuestamente interesada en la compra de títulos de la entidad financiera. Algo que tampoco tendría en sí mismo nada de particular y que vendría en todo caso a certificar la confianza depositada por el anterior presidente en la evolución bursátil de Bankia.

Las sospechas se sustancian, sin embargo, desde el momento en que las supuestas adquisiciones no fueron declaradas a la CNMV por el intermediario que las realizó, la sociedad Mercados y Gestión de Valores (MGV), ya que excedían los límites máximos que el organismo regulador establece para las operaciones de autocartera. Para más inri, y de ahí el origen de todos los problemas, el piñazo de Bankia en bolsa provocó que las compras ocultas se liquidaran con fuertes pérdidas que nadie estaba luego dispuesto a asumir. Dicho de otro modo, si se trataba de inversiones por cuenta del banco debería ser el banco el que finalmente pagara el pato.

Un bróker con muy buenos contactos

Los responsables de cuidar el valor en Bankia quedaron en evidencia y con ellos el consejero delegado y primer ejecutivo de MGV, Rafael Collada, un experto en el manejo de grandes autocarteras y que cuenta con clientes tan exquisitos como pueda ser la misma Telefónica de César Alierta. La situación se complicó tanto para algunos de los destinatarios utilizados por el citado bróker que su entonces interlocutor de Bankia, Juan José Llinares, no tuvo más remedio que pedir árnica a sus mandos, admitiendo que todas esas operaciones formaban parte de la gestión con acciones propias y solicitando autorización para que la entidad sufragara el estropicio.

En su calidad de director de Gestión de Inversiones de Bankia, Llinares pretendía que fuera su entidad la que pagara el pato de las inversiones ocultas efectuadas por su colega Collada. Lo que no está claro es la motivación que inspiró a Miguel Crespo y a los auditores internos del banco a señalar con el dedo a la sociedad familiar de Rato, registrada con el singular nombre de Donald Inversiones, como teórico destinatario de las operaciones de autocartera. El antiguo presidente de Bankia jura y requetejura que no compró más acciones que las declaradas a nombre propio en la salida a bolsa y para demostrar su inocencia recuerda que la CNMV no ha movido un dedo contra las supuestas irregularidades denunciadas por su antiguo colaborador ministerial.

Es cierto que tanto Llinares como Collada han estado bajo la lupa de la Comisión de Valores a lo largo de los últimos meses. Pero Elvira Rodríguez no ha debido encontrar argumentos sólidos para recurrir a instancias jurisdiccionales mayores. La Fiscalía Anticorrupción aparece de un tiempo a esta parte abierta de par en par a cualquier tipo de investigación que se precie, más si cabe en actuaciones vinculadas con bancos y sociedades cotizadas en general. Tratándose además de Rato la ocasión la pintan calva porque el exvicepresidente económico del Gobierno viste mucho en esa tendencia a la moda que consiste en sacudirse el polvo de las sandalias mirando al compañero de al lado.

La decepción y el escarnio que ha supuesto todo lo que rodea a los antiguos gestores de Bankia sirve en estos momentos como hábil maniobra para justificar los 22.000 millones largos de su rescate financiero y, si se apura, los 3.000 adicionales que puede llegar a costar la anulación de la denostada oferta pública de 2011. En la España que trata de salir a empujones de la gran recesión, el cuento ha cambiado de manera diametral. Ya no se trata de ‘salvar al soldado Bankia’, como ocurrió cuando todos los poderes públicos, privados y mediopensionistas se pusieron de acuerdo en vender el boniato de Bankia dentro de una lata de caviar. La montería berlanguiana se ha organizado ahora con un objetivo mucho más simple y prosaico que responde al título de ‘Cazar al pato Donald’. Cuerpo a tierra... que vienen los nuestros.

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