El síndrome del soldado invencible: “Mariano, hemos ganado las elecciones”

Los asesores de campaña del Partido Popular pregonarán hoy por toda España su pírrica victoria electoral con independencia del resultado efectivo que deparen los pactos políticos a partir de mañana

Foto: Mariano Rajoy
Mariano Rajoy

El diablo está en los detalles pero el Partido Popular ha decidido que, por ahora, no hay que hacerle mucho caso. De ahí que hoy mismo, en cuanto se cierren los colegios electorales y nos den las 9, las 10 y las 11 de la noche todos los líderes y portavoces del partido en el Gobierno lanzarán a los cuatro vientos la consigna que Pedro Arriola ha preparado para la ocasión: “El PP ha ganado las elecciones”, es el mantra que sirve de arenga a la tropa popular y que debe ser repetida hasta la saciedad en los próximos días.  Aleccionado por su arúspice de cámara, Mariano Rajoy se ha inyectado en vena el elixir que embriaga a todos los que se dejan atacar por el síndrome del soldado invencible. Una buena coraza para protegerse de los muchos deudos conmilitones que se van a quedar a dos velas a partir de mañana lunes.

En los cuarteles generales de la calle Génova no preocupa tanto la desafección ciudadana, que entienden pasajera, como el poso de resentimiento inconsolable que altera las relaciones cotidianas con los propios altos cargos electos que están a punto de engrosar las multitudinarias listas del paro. El resultado de los comicios tiene múltiples lecturas políticas pero sola una desde el punto de vista económico porque no se trata únicamente de ganar sumando peras con manzanas sino de controlar la cesta que asegura la fruta madura durante otros cuatro años más. Para los profesionales que han hecho del escaño oficial una especie de oposición vitalicia, lo importante llegado el caso no es vencer, sino conservar un puesto de trabajo que evite las privaciones a lo largo de toda una nueva legislatura.

Esta vez se presume harto imposible satisfacer a los más rezagados de las listas pero, sea como fuere, en el día de la pírrica victoria el parte de guerra es innegociable porque a fin de cuentas las elecciones deben ser entendidas como un ERE de naturaleza vegetativa dentro de esa industria pública de la partitocracia que gestiona en régimen de oligopolio el gran negocio de la democracia parlamentaria en España. Unos tienen que dejar el puesto para que otros sigan empujando el carro hasta recuperar el espacio político que permita rescatar a los que se quedaron por el camino. Por eso es necesario saciarse con los mendrugos de un triunfo por la mínima que, a la postre, ofrece un exquisito caldo de cultivo para que el resto de adversarios adquieran el usufructo de su cuota de poder.

Rajoy cree que el ‘nuevo frente antipopular’ de PSOE, IU y Podemos abrirá los ojos a los indecisos de cara a las elecciones generales de finales de año

El análisis previo que hace el Gobierno de las elecciones se sustenta en dos convicciones; una buena y otra que por mala puede llegar a ser mejor. La primera se alía con la aritmética más simple para revalidar la supremacía del PP como primera fuerza política a partir de la obtención del mayor número relativo de votos en el conjunto de la geografía nacional. La segunda anticipa los resultados de una ecuación de segundo grado que se plantea a  partir de la coalición de todos los partidos de izquierda, y otros que aspiren o suspiren por serlo, con la misión de derrocar a la derecha de todos aquellos municipios y comunidades autónomas donde sea posible levantar el pedestal de un nuevo y flamante frente antipopular.

La triple entente cordiale entre el PSOE, Izquierda Unida y Podemos se da por descontada entre los estrategas del PP, resignados a pagar la factura de una bacanal en la que se vuelve a abrir la caja de caudales del extravagante Estado español de las Autonomías. Un tesoro demasiado goloso que obligará a enseñar las cartas a los más celosos guardianes del ideario populista, perfumando con las mieles del poder a todos aquellos que están ansiosos por gobernar aunque sea bajo un techo de cristal. Hasta la desvestida y tres veces negada Susana Díaz podrá sacudir las polillas de sus mejores galas para coronarse por derecho en el Palacio de San Telmo sin necesidad de disparar el arma arrojadiza de otra convocatoria electoral en Andalucía.

¿Quién está detrás de Ciudadanos?

La orgía de pactos de conveniencia se desencadenará con mayor intensidad en un mapa político que necesariamente ha de ofrecer a partir de ahora un dibujo mucho más segmentado. La única duda que asalta a algunos de los colaboradores más cercanos de Rajoy reside en saber si Ciudadanos se sumará también a la tarea de acoso y derribo dejando en evidencia su afán por capitalizar ese salto demoscópico que registra en las encuestas. En el seno del PP se hacen cruces pensando el modo y manera en que la formación de Albert Rivera ha conseguido superar el 20% en intención de voto cuando hace tres meses solamente alcanzaba un escuálido 6%. Todo ello teniendo en cuenta que el partido naranja no ha nacido de la nada al estilo Podemos, sino que fue creado hace ocho años en Barcelona y su líder lleva mucho más tiempo que Pablo Iglesias danzando por los platós televisivos de toda España.

Algunos ministros familiarizados por cargo y condición con el proceloso mundo de los negocios no descartan que poderosas empresas del Ibex 35, resentidas también por su falta de sintonía a la hora de tocar las teclas del poder, hayan caído en la tentación de soltar la mosca a los chicos del C’s con el fin de crear un partido bisagra que les ayude a abrir las puertas herméticamente cerradas de Moncloa y aledaños. Las grandes eléctricas así como ciertas constructoras especialmente favorecidas en la etapa socialista de Zapatero y Miguel Sebastián nutren la mayor parte de los recelos y suspicacias que atormentan al Gobierno, sin olvidar otras corporaciones filiales de entidades bancarias dotadas de probada experiencia a la hora de regar la ruleta electoral.

El Gobierno teme que algunas empresas del Ibex hayan financiado el salto de caballo que Albert Rivera ha registrado en las encuestas estos últimos meses

La tropa de damnificados es demasiado amplia en todo caso como para perder el tiempo  buscando culpables y Rajoy prefiere deleitarse en el convencimiento de que las urnas terminarán por sumar el número suficiente de agradecimientos anónimos que nadie se atreve a profesar de manera explícita en la sufrida España de la recuperación económica. En el peor de los escenarios el PP será desalojado sin remisión de algunos de los territorios que fueron ocupados en 2011 pero la diáspora servirá para desahogar el voto de castigo que lleva tiempo enquistado en el sentimiento de los electores. El Gobierno confía en que una vez extirpado el grano los votantes se vuelvan mucho más pragmáticos cuando llegue el momento de la verdad el próximo otoño.

Los responsables de campaña manejan los tiempos con precisión relojera y no se descarta que las elecciones generales se sitúen en vísperas navideñas, aprovechando sobre todo el cobro de la extra que a mediados de diciembre suele alegrar el bolsillo de los que todavía disfrutan de un puesto de trabajo. Rajoy no dejará de ser previsible por convocar el partido del siglo para el 20-D, penúltimo domingo del año. El jefe del Ejecutivo estará en condiciones para esa fecha de presentar el saldo de un ejercicio que está llamado a ser el mejor de largo de toda la legislatura. El presidente dispondrá además de margen suficiente para pedir permiso a Europa y encargar a su ministro de Hacienda algún dulce que permita rebajar la presión fiscal más allá del recorte del IRPF que está anunciado para 2016.

Son varias y diversas las bazas que la dirección del Partido Popular se guarda en la bocamanga, empezando por esa sonrisa forzada que hoy mismo deberá mitigar el duelo por los caídos. A partir de mañana se oficiarán los funerales pero siempre con un mensaje de esperanza y reuniendo todos los esfuerzos de cara a la próxima competición, que es la que verdaderamente preocupa al jefe de filas. El Gobierno ha decidido cubrirse ante cualquier contingencia con el bálsamo de ese espíritu deportivo que permite también ensalzar la derrota como un camino de aprendizaje. Lo que no se va en lágrimas se va en suspiros y como diría en privado el propio Rajoy  “unas veces se pierde y otras se gana, qué se le va a hacer”.

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