Rajoy se harta de los empresarios: al PP rogando y con el cambio dando

Los jefes del Ibex han pasado de reclamar pactos de Estado a enarbolar la pancarta del cambio, que es precisamente el grito de guerra con que el PSOE y Podemos quieren asaltar el Palacio de la Moncloa

Foto: Rajoy y Rosell, presidente de la CEOE, en el Encuentro empresarial sobre el plan estratégico de internacionalización y mercados prioritarios 2014-2015, junto a empresarios como Esther Koplowitz y Florentino Pérez. (EFE)
Rajoy y Rosell, presidente de la CEOE, en el Encuentro empresarial sobre el plan estratégico de internacionalización y mercados prioritarios 2014-2015, junto a empresarios como Esther Koplowitz y Florentino Pérez. (EFE)

Poco o muy poco, por no decir nada, le ha gustado a Mariano Rajoy el abrazo con que la CEOE y los sindicatos de clase han vuelto a las andadas de un pacto salarial rubricado a la antigua usanza y con total desprecio de las más estrictas directrices de política económica que han posibilitado la salida de la crisis. La cabra de las viejas relaciones laborales tira al monte en un momento de especial tensión electoral y deja en evidencia la soledad de un Gobierno que ha utilizado su mayoría absoluta para sacralizar una labor pastoral sin tener en cuenta la fragmentación social de un país que se niega a ser conducido como un rebaño, aunque sea en busca de una más que certera recuperación económica.

El acuerdo de rentas suscrito esta semana por Juan Rosell y Antonio Garamendi con Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo supone, a la postre, un verdadero corte de mangas contra esa devaluación interna que ha guiado la estrategia económica del Partido Popular desde mucho antes de que Zapatero entregara las llaves de Palacio. El jefe de la oficina económica de Presidencia, Álvaro Nadal, no ha podido morderse la lengua a la hora de criticar un marco de negociación colectiva bianual que incide en los viejos errores del pasado, un convenio que recupera incluso la denostada cláusula de salvaguarda sin reparar en la garantía del poder adquisitivo que se deriva de una inflación negativa sostenida a lo largo de los últimos doce meses.

La devaluación interna propiciada desde Moncloa por Álvaro Nadal ha supuesto un éxito económico que nadie termina de reconocer en su justo término

La ventaja competitiva auspiciada por un diferencial de precios cada vez más reducido con respecto a Alemania tiene los días contados si la cúpula patronal y los grandes empresarios que aspiran a seguir siéndolo rompen filas y abandonan, como parece, la disciplina impuesta por el zar económico de Moncloa. A punto de llegar ese momento crucial del no va más, cuando la mayoría de los partidos combinan sus múltiples apuestas en el gran casino de la política nacional, el mundo de los negocios ha empezado a regar también la ruleta con ese instinto básico de prudencia que mezcla la natural desconfianza hacia un poder desgastado con la esperanza de un cambio que quizá no sea tan fiero como lo pintan.

Los grandes prebostes del Ibex han convenido que, tras los resultados del 24-M, es inútil pedir peras al olmo de un pacto de Estado entre los principales grupos parlamentarios. Visto lo visto no queda otra que poner una vela a Dios y otra al diablo, acuciando al Gobierno del Partido Popular para que evite tentaciones involucionistas que reviertan el programa de reformas, pero abordando al mismo tiempo una maniobra de aproximación a las nuevas formaciones alternativas, no vaya a ser que las urnas consoliden en otoño el ideario de transformación reclamado por la sociedad española. Podemos y Ciudadanos son cartas que es preciso incluir en la baraja de ese conciliábulo neoliberal con que las élites económicas han impuesto tradicionalmente su criterio sobre la casta política en España.

Álvaro Nadal. (EFE)
Álvaro Nadal. (EFE)

El tubo de ensayo de Bankia

Las más valoradas sociedades cotizadas han accionado sus maquinarias institucionales para incorporarse al baile de máscaras convocado por los líderes de la izquierda radical. El camino trazado por Emilio Botín cuando se retrató en mangas de camisa junto a Zapatero ha sido emprendido ahora por José Ignacio Goirigolzarri en su recepción pública y notoria con Manuela Carmena. La naturaleza estatal de Bankia ofrecía esta vez un argumento sin par para que otras empresas privadas de servicio público, herederas de imperios levantados en régimen de oligopolio, puedan marchar por la misma senda a poco que se hagan saber los próximos bandos municipales por orden del señor o señora alcaldesa. La prueba en el tubo de ensayo del banco nacionalizado ha sido superada y nada tendrá de extraño que en las próximas semanas se repitan encuentros al uso en los ayuntamientos constituidos de nuevo cuño.

La comunidad de intereses entre los políticos emergentes y los empresarios de toda la vida adquiere carta de naturaleza ahora que Pablo Iglesias ha decidido enfundarse la piel de cordero que le ofrece su amigo Pedro Sánchez. La simbiosis imperfecta de un PSOE ávido de poder con un Podemos ansioso de revancha es el correlato de una dialéctica del proletariado en versión siglo XXI que ilumina la capacidad camaleónica de unos dirigentes corporativos que todavía no saben muy bien a qué triunfo quedarse. El Partido Popular está perdiendo hasta la moral de victoria indispensable para afrontar con ciertas garantías las próximas elecciones generales y todo el mundo considera que Rajoy necesita dar un golpe de efecto para recuperar su liderazgo ante una plutocracia que siempre se las apaña para salir en socorro del ganador.

Los inversores internacionales creen que España necesitará pactos a tres y cuatro bandas para formar Gobierno a partir de las elecciones generales de otoño

El cheque en blanco que ha disfrutado el Gobierno en sus relaciones con los poderosos caballeros del dinero carece ahora de fondos suficientes para financiar una lealtad que se suponía a prueba de bombas. La aritmética electoral recomienda nuevas dotaciones dentro de una estrategia que impide colocar todos los huevos en una misma cesta. No en vano, los inversores internacionales temen que la gobernabilidad de España será a partir de 2016 lo más parecido a una carambola de fantasía a un mínimo de tres bandas que puede rasgar el tapete político hasta dejarlo hecho un siete. Con esta perspectiva, todo el mundo está tirando de provisiones para financiar un milagro como el del  jorobado de Lourdes, que, antes de despeñarse en su silla de ruedas, invocaba aquello de “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”.

El eclipse del PP será mejor percibido en el transcurso de las próximas semanas cuando los manifestantes de cuello blanco se prodiguen en defensa de un viraje político y gubernamental que todo el mundo reclama pero nadie termina de orientar con ningún sentido. Con todo lo que está cayendo, el enésimo grito de socorro de los empresarios no puede entenderse ahora como un estímulo de aliento sino más bien como la sentencia de un reproche definitivo al Gobierno. No se olvide que el cambio, como reivindicación política, se ha convertido en el grito de guerra preferido de los que tratan de asaltar el poder. A lo peor, algunos empresarios buscan también su oportunidad para girar al cobro facturas pendientes después de una sufrida legislatura en la que han dispuesto de escasas prerrogativas para influir ante el jefe del Ejecutivo. Si hay que cambiar se cambia pero cambiar por cambiar es tontería, que diría José Mota. A partir de hoy veremos hasta dónde alcanza la flema de Mariano Rajoy.

Capital sin Reservas
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