Qué pasará con Argentina tras el regreso de Kirchner

La historia de las políticas económicas del kirchnerismo no llama al optimismo, aunque el equilibrio de fuerzas en el Congreso argentino puede ser un elemento moderador

Foto: El peronista Alberto Fernández (c), virtual presidente electo de Argentina tras ganar en primera vuelta las elecciones. (EFE)
El peronista Alberto Fernández (c), virtual presidente electo de Argentina tras ganar en primera vuelta las elecciones. (EFE)
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Las elecciones presidenciales celebradas el domingo en Argentina se han saldado con una victoria, en primera vuelta, del candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández, al que acompañará, como vicepresidenta, Cristina Fernández. Aparentemente, esta victoria del kirchnerismo confirma el resultado de las PASO, o primarias argentinas, celebradas el pasado 11 de agosto, que suponían un ensayo general de lo que aconteció el domingo.

Qué pasará con Argentina tras el regreso de Kirchner

La apabullante y sorpresiva victoria de Fernández en las primarias de agosto, que superó a Macri en más de 15 puntos y lo colocó como favorito para ganar –como ha sucedido– las elecciones de octubre, no sentó nada bien a los mercados que reaccionaron duramente mostrando su preocupación y desconfianza en la evolución futura de la economía argentina ante un posible cambio de gobierno. Así, el riesgo país aumentó a niveles máximos de la última década, la bolsa argentina registró una caída del 48% en pocos días (la segunda más grave de su historia) y el peso se depreció frente al dólar en más de un 30%. Para contener la situación, el gobierno de Macri se vio obligado a cambiar al ministro de Hacienda, introducir controles de capital y extender los vencimientos de su deuda, en primer lugar, para los plazos más cortos, pero abriendo también la puerta a una renegociación de los vencimientos de la elevada deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Si bien estas medidas, adoptadas a finales de agosto y principio de septiembre, estabilizaron, al menos transitoriamente, la situación en los mercados financieros, para la economía argentina las primarias supusieron un cambio de escenario. A los problemas de fondo, se añadía la incertidumbre política. Y ello deterioró fuertemente la economía argentina en los últimos tres meses hasta llegar a la situación actual: un PIB cayendo al 3,1% en 2019, según el FMI; una inflación galopante de, previsiblemente, más de un 54%, que duplica la que se estimaba para 2015; una tasa de paro que supera el 10%; un déficit del 4% de PIB, apenas dos puntos inferior al de 2015 y un nivel de endeudamiento que terminará 2019 por encima del 90%.

En este contexto, no parecía posible que el Gobierno que había dirigido los destinos económicos de Argentina en los últimos cuatro años pudiera salir reelegido, como ha ocurrido. Y, sin embargo, la derrota de Macri ha sido por una diferencia mucho menor a la esperada.

Es cierto que las primeras tensiones habían aparecido en mayo de 2018, cuando los mercados avisaron de que el periodo de gracia con el que Macri contó cuando llegó al poder había terminado. Tras doce años de kirchnerismo y con una herencia económica próxima a la bancarrota, Macri fue recibido con entusiasmo y esperanza, dentro y fuera del país, por su discurso económico ortodoxo y su objetivo de integrar a Argentina en la economía global. Sus primeras medidas fueron valientes y muy aplaudidas internacionalmente; así, eliminó el cepo cambiario, Argentina volvió a los mercados financieros internacionales o realineó las tarifas de energía y transporte, asumiendo un importante coste político, entre otras.

Sin embargo, su política económica fue mucho menos decidida en dos aspectos clave para recuperar la confianza en las finanzas públicas argentinas y en la capacidad del país de competir y financiarse internacionalmente. Se trata de la reducción del déficit público –del 6% a su llegada, y que aumentó hasta el 6,7% en 2017- y al control de la inflación, tan desbocada en 2015, que no había cifras oficiales. En ambos casos, Macri adoptó un enfoque gradual que resultó erróneo y que está en el origen de su derrota. Un déficit público elevado y sin posibilidad de financiarse totalmente en los mercados, exigía hacerlo emitiendo moneda y, agravando, por tanto, el problema de la inflación. Ello, además, dado el historial de devaluaciones de Argentina, llevaba a la población a refugiarse en el dólar, lo que devaluaba más el peso, aceleraba aún más el crecimiento de los precios y hacía cada vez menos competitiva a la economía argentina que en 2016 y 2017 vio deteriorarse rápidamente su balanza por cuenta corriente y aumentar la desconfianza en su moneda.

La situación exigía un ajuste fiscal decidido desde el principio que, probablemente por lo ingente de la tarea a acometer, Macri decidió no abordar entonces. Tuvo que hacerlo después, ya tarde desde una perspectiva electoral y, además, bajo el paraguas de un programa del FMI. Ello, internamente puso en duda su capacidad para hacer frente a la situación y constituyó una oportunidad –y un argumento potente– para que, la, hasta entonces, muy dispersa oposición en Argentina se uniera en un frente común. No deja de sorprender que, hasta hace unos meses, Alberto Fernández era uno de los mayores críticos de Cristina Fernández.

Pero la difícil tarea que no pudo completar Macri, aún debe hacerse y ser abordada por el nuevo Gobierno cuanto antes: control decidido del déficit y de la inflación. Y, para ello, deberá tomar medidas que no serán fáciles y negociar con el FMI, con el que el programa está aún en vigor y pendiente de desembolsos, y hacer frente a un exigente calendario de vencimientos. ¿Qué podemos esperar?

La respuesta a esa pregunta la iremos viendo en los próximos días. Pero sin duda pasa, por un lado, por la capacidad que tenga Alberto Fernández de llevar a cabo su tarea debiendo mantener el equilibrio de su propio partido, Frente de Todos, que le ha llevado a la victoria. No lo tendrá fácil y será su principal desafío. Y no solo porque la amalgama de tendencias que agrupa es muy dispar –la propia Cristina Fernández llamaba a la unidad tras la victoria electoral– y ello dificultará la toma de decisiones. Sino también porque uno de los responsables de la victoria no ha sido otro que Axel Kicillof, con un resultado inmejorable en la importante provincia de Buenos Aires. Kicillof fue la mano derecha en economía de Cristina Fernández cuando fue presidenta, llegando a ser ministro de Economía y Finanzas, y, además, una figura controvertida que puede ponérselo difícil a Fernández.

Por otro lado, las fuerzas en el Congreso argentino tras las elecciones están muy equilibradas y, de hecho, Cambiemos podrá ejercer una oposición fuerte con la que Fernández, sin mayoría en esa Cámara, deberá negociar para aprobar las medidas económicas más importantes, para empezar los presupuestos de 2020. Ello introduce un elemento de contrapeso, moderación y disciplina que es muy bienvenido.

En definitiva, cuatro años más tarde, la situación económica en Argentina es objetivamente mucho peor y aún sigue pendiente la tarea de ajustar sus desequilibrios más acuciantes. Las recetas por aplicar parecen claras. No así la dirección que tomará el nuevo Gobierno cuyo líder ha sido muy crítico con la gestión de Macri y depende de un partido que aúna sensibilidades muy dispares, especialmente en lo que se refiere a qué hacer en lo económico. La historia de las políticas económicas del kirchnerismo no llama al optimismo, aunque el equilibrio de fuerzas en el Congreso argentino puede ser un elemento moderador. Tendremos que esperar. Los mercados, de momento, han saludado el resultado con escepticismo, cuando no con claro pesimismo.

Competencia (im)perfecta
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