Nord Stream 2: la importancia del gas y su papel clave como energía de transición

La pasada semana, Dinamarca dio luz verde al paso del gasoducto Nord Stream 2 por su zona económica exclusiva. La obra, gracias a ese permiso, estará finalizada este año

Foto: Un operario trabaja en la construcción del gasoducto Nord Stream 2. (Reuters)
Un operario trabaja en la construcción del gasoducto Nord Stream 2. (Reuters)

La semana pasada, Dinamarca dio luz verde al paso, por su zona económica exclusiva, del gasoducto Nord Stream 2. Ello permitirá finalizar, previsiblemente este año, la construcción de una infraestructura que acumulaba un importante retraso y que permitirá duplicar, en 55.000 millones de metros cúbicos, la cantidad de gas ruso que puede exportarse directamente a Alemania por el mar Báltico.

Este hecho ha vuelto a poner sobre la mesa la importancia estratégica del gas natural, así como su importante papel como energía de transición hacia una economía baja en emisiones y en el camino hacia la neutralidad climática. La construcción de Nord Stream 2, una infraestructura de 1.200 kilómetros de longitud ya terminada en más de un 80%, no ha estado exenta de polémica, lo que pone de relieve, una vez más, el papel central y estratégico que el gas tiene en la política económica, energética y exterior de muchos países.

La controversia en torno a su construcción ha mezclado razones de seguridad de suministro, medioambientales y económicas con tensiones geopolíticas, involucrando a Estados Unidos, Ucrania, Rusia y una Unión Europea dividida en cuanto a su necesidad y oportunidad.

Para Alemania, la construcción del gasoducto resulta esencial: casi el 24% de su consumo primario de energía es gas —que es básico para su industria— debe importarlo prácticamente en su totalidad (casi un 95%) y hacerlo a buen precio. Del gas que importa Alemania, prácticamente la mitad proviene de Rusia, y aproximadamente dos tercios del incremento de las exportaciones de gas ruso a la UE entre 2007 y 2017 han ido a Alemania.

Pero, además, Alemania, como otros países europeos, se encuentra inmersa en un cambio de modelo energético que la llevará, en los próximos años, a dejar de utilizar carbón y energía nuclear por completo. La garantía de la seguridad del suministro de energía en ese contexto le exige contar con el gas como fuente de energía, tanto de reemplazo en la transición hacia una economía neutra climáticamente como de respaldo de las fuentes renovables que, según está previsto, tendrán un peso creciente en el balance energético. Nord Stream 2 se configura, así, como una vía alternativa para Alemania de importar gas ruso que le permitirá, posiblemente, abaratar costes, al evitar los países de tránsito de Europa central y del este y, adicionalmente, asegurarle una posición como 'hub' europeo de gas, ya que, una vez importado, el gas puede circular libremente por el mercado europeo de energía.

Operarios, trabajando en la construcción del Nord Stream 2. (Reuters)
Operarios, trabajando en la construcción del Nord Stream 2. (Reuters)

Frente a la posición de Alemania, está la de los países bálticos y Polonia, quienes se oponen a la construcción del gasoducto bajo el argumento de que supone una amenaza a la seguridad energética de la Unión y de que aumenta su dependencia de Rusia.

Los argumentos de estos países coinciden con los que pone sobre la mesa Ucrania, que se considera la gran perjudicada por el nuevo gaseoducto, ya que una parte muy importante de su presupuesto depende de los ingresos provenientes de las tarifas que cobra al paso del gas ruso por su territorio y que se ven amenazados por el desvío en el tránsito de gas que supondrá Nord Stream 2. En la actualidad, algo menos del 35% del gas que se consume en la UE proviene de Rusia, y aproximadamente la mitad de ese gas se transporta a través de Ucrania, gracias a un contrato entre ambos países que expira el 31 de diciembre de 2019 y que está en fase de renegociación.

Por su parte, la Comisión Europea, preocupada por la diversificación de proveedores y de rutas respecto al suministro de energía a la UE, pero también consciente de que la transición energética requiere que el gas pueda reemplazar, al menos transitoriamente, otras fuentes que emiten más CO2 y que ello, además, exige un suministro suficiente del mismo, ha adoptado una posición intermedia.

Por un lado, la recién aprobada nueva directiva del mercado de gas extiende la aplicación del derecho europeo a nuevas infraestructuras originadas en terceros países y les impone una separación entre el gestor de la infraestructura y el proveedor de la energía; pero llegar a un acuerdo ha exigido permitir que sea el país que recibe la infraestructura (Alemania, en este caso) el que negocie las condiciones de llegada. Por otro lado, la Comisión está intermediando para posibilitar la renovación del acuerdo de tránsito de gas entre Rusia y Ucrania, sin éxito por el momento.

Rusia, por su parte, defiende Nord Stream 2 como un proyecto meramente comercial que no implicará el final del tránsito del gas ruso a la UE a través de Ucrania. Aunque esto sea así, lo cierto es que el nuevo gasoducto refuerza notablemente la posición rusa.

Y, sin embargo, a Rusia también le interesa seguir vendiendo su gas, ahora y en el futuro. Por tanto, aunque una posible mayor dependencia energética de Europa respecto de Rusia puede ser preocupante, como argumentan algunos, tampoco debemos olvidar que un poco fiable suministro de gas a la UE por parte rusa podría contribuir a acelerar el cambio tecnológico en el que la UE está ya inmersa hacia otras fuentes energéticas, perjudicando los intereses rusos, lo que actúa como elemento reequilibrador en la relación.

Gasoducto Nord Stream desde Viborg, en Rusia, hasta Greifswald, en Alemania. (Reuters)
Gasoducto Nord Stream desde Viborg, en Rusia, hasta Greifswald, en Alemania. (Reuters)

Estados Unidos también se ha opuesto reiteradamente a Nord Stream 2 bajo el argumento de que ello aumenta la dependencia europea del gas ruso y ha amenazado con sanciones a individuos y empresas (provenientes de hasta siete países europeos) que participen en su construcción. Hay dos motivos detrás de esta posición. Por un lado, está la cuestión ucraniana y la compleja situación en la que Trump está envuelto con relación al país. Por otro lado, y más importante, el propio deseo de Estados Unidos de incrementar sus exportaciones de gas natural licuado (GNL) a la Unión Europea.

Todo lo anterior demuestra que el gas sigue siendo una materia prima crítica a nivel mundial. Y lo es por su componente geoestratégico. Pero también porque hoy en día el gas es, sin duda, una de las tecnologías de transición en las que globalmente tenemos que apoyarnos para reducir las emisiones de CO2. Después de todo, reducir emisiones consiste, precisamente, en ir sustituyendo tecnologías que emiten más por otras que emiten menos hasta llegar, eventualmente, cuando el estado del conocimiento lo permita, a la neutralidad climática. Y en eso, el gas tiene mucho que aportar.

Así lo han entendido muchos de los países de la UE al diseñar sus estrategias energéticas para 2030, y ninguno de ellos apuesta por que el gas pierda peso significativo en esa fecha, ni en el consumo energético total ni en el gas que se utiliza para generar electricidad. En el caso de Alemania, por ejemplo, la demanda de gas aumenta.

El hecho de que no quepa esperar una reducción de la demanda de gas de la UE en los próximos años, y sí de su producción, hace necesario asegurarse opciones suficientes de suministro, bien a través de gaseoductos, bien a través de barco, en forma de GNL. Contar con nuevas infraestructuras aumenta la capacidad de elegir en un mercado con más alternativas que hace algunos años, dado el importante, y posiblemente creciente, papel del GNL. Y es precisamente esa capacidad de elección de suministro de una materia prima esencial para la transición climática lo que debe importarnos.

Competencia (im)perfecta
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