Acuerdo entre Estados Unidos y China: tan solo un alto el fuego

Ambos países ya han firmado lo que han dado en llamar 'la primera fase' de un acuerdo comercial, casi coincidiendo con el segundo aniversario del inicio del conflicto arancelario

Foto: Encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín. (Reuters)
Encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín. (Reuters)
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Casi coincidiendo con el segundo aniversario de la guerra comercial entre China y Estados Unidos, ambos países firmaron la semana pasada lo que han llamado la primera fase de un acuerdo comercial.

El acuerdo, que ha sido recibido con cierta sensación de alivio por los mercados, no es más que un alto el fuego que ambas partes necesitaban. Y ello, porque su alcance es limitado y porque ha dejado fuera asuntos tan esenciales para el fin de las tensiones como espinosos. A fin de cuentas, la guerra comercial que estamos viviendo esconde algo mucho más profundo: la lucha por la hegemonía tecnológica e, incluso, geopolítica.

Lo cierto es que la tregua que se acaba de firmar era ya imprescindible para ambas partes.

Por un lado, los aranceles impuestos por Estados Unidos a las importaciones chinas estaban empezando a dañar la economía norteamericana, encareciendo bienes intermedios necesarios para su industria, reduciendo sus exportaciones, frenando la inversión productiva al espolear la incertidumbre y afectando a los precios de los productos que consumen los americanos. De hecho, cada vez más, los aranceles que Trump ha ido anunciando, e imponiendo, a las importaciones chinas han afectado, de forma creciente, a productos centrales de la cesta de consumo de los ciudadanos. Y por ello, las amenazas de nuevos aranceles que el presidente realizó después del verano solo se habían materializado parcialmente: afectaban demasiado directamente al bolsillo de los votantes. Algo no muy recomendable antes del próximo mes de noviembre. Así, para Trump, la firma de este acuerdo permite, entre otras cosas, frenar parte del daño si se quiere llamar así 'autoinfligido'.

China, por su parte, tenía también todos los incentivos para buscar un alto el fuego. El crecimiento de la economía china se está debilitando, algo que para sus autoridades es motivo de preocupación, más allá de sus efectos directos. Y es que, en China, el crecimiento ha sido el elemento que, hasta ahora, ha 'legitimado' ante los ciudadanos su régimen político. Por tanto, es imprescindible mantener su dinamismo. En este debilitamiento influyen, si bien solo en parte, las crecientes dificultades de acceso que China está teniendo a sus mercados de exportación y a 'inputs' esenciales para sus manufacturas. Un acuerdo como este permite a China poner de manifiesto alguna disposición a aceptar ciertos principios que hasta ahora parece haber cuestionado, así como rebajar la tensión que supone su rápido aumento de peso en la economía global.

El presidente chino, Xi Jinping, en un viaje oficial. (Reuters)
El presidente chino, Xi Jinping, en un viaje oficial. (Reuters)

Sin embargo, la necesidad de firmar una tregua con cierta urgencia ha limitado el alcance del acuerdo, que deja fuera la solución de asuntos tan esenciales como la protección de la propiedad intelectual o las ayudas directas que China sigue concediendo a sus industrias distorsionando el comercio global. Veamos qué es lo que sí se incluye.

Respecto a los aranceles, el acuerdo supone volver a la situación que había justo antes del verano, renunciando Estados Unidos a las últimas amenazas de imponer aranceles del 15% a importaciones chinas por valor de 272.000 millones de dólares que, además, afectaban en casi un 40% a bienes de consumo. El acuerdo mantiene, sin embargo, aranceles del 25% a importaciones chinas por valor de unos 250.000 millones de dólares, en buena parte bienes intermedios y de capital; además, rebaja del 15% al 7,5% los aranceles sobre productos chinos por valor de unos 110.000 millones de dólares, con un fuerte componente estos últimos de bienes de consumo final. Para ponerlo en perspectiva, el nivel medio de aranceles a productos chinos era del 3% antes del inicio de las tensiones. China, por su parte, mantiene los aranceles que ya había impuesto antes del verano. Sin embargo, muchos productos se verán 'de facto' excluidos del arancel al haber aceptado China comprar determinados volúmenes de productos americanos.

Es precisamente esta última una de las principales ventajas del acuerdo para Trump: China se ha comprometido a comprar, durante los próximos dos años, productos americanos por valor de 200.000 millones de dólares en manufacturas, servicios, energía y productos agrícolas. La inclusión de estos últimos es especialmente significativa, ya que, hasta ahora, tenían muy difícil acceso al mercado chino.

Por último, el acuerdo contempla otros ámbitos, como una mayor protección de la propiedad intelectual, la aceptación de que la transferencia tecnológica debe ser voluntaria, basada en mecanismos de mercado y que no se exigirá al realizar inversiones, o un mecanismo bilateral de resolución de disputas, entre otros. Avances todos ellos que, en principio, van en la dirección correcta, pero que están redactados de forma muy vaga o superficial en ocasiones y cuentan con débiles o inexistentes mecanismos que garanticen su cumplimiento. De hecho, y esto afecta a todo el acuerdo, muchos analistas han manifestado dudas sobre su aplicabilidad real, dadas la experiencia previa y las interpretaciones dispares que se están poniendo de manifiesto.

Y es que detrás de su limitado alcance, y más allá de un interés mutuo de conseguir una tregua en este momento, está la lucha por el dominio digital y la hegemonía global que protagonizan China y Estados Unidos. Y es esto lo que determinará el futuro de sus relaciones y la probabilidad de avanzar o no hacia una solución definitiva de las tensiones.

Hasta ahora, aspectos clave como la transferencia tecnológica, el 5G, la defensa de la propiedad intelectual, el apoyo directo de China a sus industrias o estrategias como el 'Made in China 2025' han visto avances muy tímidos o simplemente se han quedado fuera del acuerdo. Y pueden seguir siendo igual de difíciles de acordar en el futuro.

El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)
El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)

De momento, deberemos esperar, al menos, a la celebración de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Después, y según cuál sea la situación en cada uno de los dos países, ningún escenario parece descartable.

Y ello porque desde que el presidente norteamericano comenzó a utilizar con demasiada ligereza la amenaza proteccionista como una forma de 'negociación' para conseguir objetivos políticos o como un mecanismo de presión para que terceros países cambien sus políticas, se ha abierto la caja de Pandora. Y no parece fácil cerrarla.

Este acuerdo es también una muestra de ello. La realidad es que, a pesar del mismo, la situación del comercio global es hoy claramente peor que la que había antes del inicio de las tensiones. Y ello no solo por el nivel en el que sitúa los aranceles entre Estados Unidos y China, sino también porque la forma que ha adoptado el acuerdo, con un aumento 'ad hoc' de las compras chinas de productos americanos, nos aleja 'de facto' de la idea de libre comercio, de la eliminación de barreras y de facilitar el acceso a los mercados que había presidido hasta ahora las relaciones comerciales bilaterales y multilaterales a nivel global.

En definitiva, no parece que las guerras comerciales hayan terminado aún y el deshielo completo parece todavía un escenario muy lejano. O, dicho de otra forma, estamos únicamente ante un más que bienvenido alto el fuego, pero no necesariamente ante el comienzo de la paz.

Competencia (im)perfecta
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