Covid-19 e interdependencia global. ¿Será su impacto mayor que el del SARS?

¿Es el Covid-19 más peligroso que el SARS? ¿La mayor transparencia en la gestión de esta crisis está generando una reacción diferente? ¿Ha cambiado algo en la economía global?

Foto: La entrada al Coliseo de Roma, sin turistas por el coronavirus. (Reuters)
La entrada al Coliseo de Roma, sin turistas por el coronavirus. (Reuters)
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En los últimos 10 días, coincidiendo con la expansión sostenida de la infección por coronavirus más allá de China y con la decisión de la Organización Mundial de la Salud de elevar su riesgo de expansión a 'muy alto', hemos asistido a una abrupta reacción de los mercados mundiales.

Por un lado, de las bolsas que, entre el 19 y el 28 de febrero, experimentaron importantes caídas. Así, por ejemplo, el índice S&P 500 cayó casi un 13%, el Eurostoxx 50 un 13,86%, o nuestro Ibex 35, un 13,7%. Por otro lado, de las materias primas, especialmente el petróleo que, en el mismo intervalo de tiempo, ha registrado una caída de sus precios superior al 14%, y ahora cotiza a poco más de 50 dólares el barril, cuando empezó el año cerca de los 70.

Nada de esto, y mucho menos de esta magnitud, ocurrió, sin embargo, durante un episodio similar, el que vivimos en 2003 con otro virus, el llamado síndrome de respiración aguda (SARS), que también se originó en China. Entonces, las bolsas chinas sí reflejaron algunas caídas, pero ni las europeas ni las estadounidenses reaccionaron como estamos viendo ahora.

Cabe preguntarse, por tanto, sobre cuál es la razón que explica las diferentes reacciones. ¿Es el Covid-19 más peligroso que el SARS? ¿La mayor transparencia en la gestión de esta crisis está generando una reacción diferente? ¿Ha cambiado algo en la economía global o en la sociedad que pueda hacernos más vulnerables a una epidemia como esta? ¿Tiene la capacidad un virus como este de provocar una recesión global?

Empecemos por el Covid-19. Hasta este lunes, se habían registrado unos 89.798 casos en todo el mundo, con 3.069 fallecidos. La simple división de ambas cifras nos daría una tasa de mortalidad de un 3,4%, la tercera parte de la del SARS, del 9%. Sin embargo, el cálculo de la tasa de mortalidad de un virus aún activo como este es complejo —y, por ello, la OMS no da cifras— por dos razones. Por un lado, del total de infectados, aún siguen enfermos unos 41.000, de los cuales, la gran mayoría presentan síntomas moderados, pero no todos; y el desenlace de estos casos podría afectar a la tasa de mortalidad, aumentándola. Por otro lado, no todos los infectados están registrados, porque carecen de síntomas o porque los confunden con los de un catarro común; y ello hablaría de una incidencia más benigna del virus. En todo caso, aunque el número de infectados por el Covid-19 es mucho mayor que por el SARS, todo indica que su tasa de mortalidad es sustancialmente menor y, por tanto, aquí no encontramos una razón suficiente para explicar la reacción de los mercados.

Un médico toma la temperatura a una persona en el interior de la Bolsa de Shanghái. (Reuters)
Un médico toma la temperatura a una persona en el interior de la Bolsa de Shanghái. (Reuters)

Un segundo elemento es la gestión de la crisis, en la que hay diferencias importantes. Durante la crisis del SARS, las autoridades chinas reaccionaron de forma lenta y poco transparente. Esto, probablemente, aumentó los contagios y el número de fallecidos. En esta ocasión, con carácter general, China ha informado mucho mejor de la evolución de la enfermedad y, una vez esta ha traspasado sus fronteras, las autoridades de los países afectados están comunicando de forma transparente los datos de su evolución y las medidas adoptadas. Ello, probablemente, limite los contagios. Y, sin embargo, paradójicamente, en un mundo globalizado y fuertemente interrelacionado en lo económico y también en lo social a través de las 'redes sociales', puede estar contribuyendo a transmitir una sensación de pánico irracional y sobrerreacción ante la incertidumbre que, sin embargo, resulte en mayores efectos en lo económico. Y eso es quizá lo que los mercados financieros están reflejando.

Y es que la principal diferencia entre 2002-2003 y el año 2020 es precisamente la mayor interdependencia entre las economías a nivel global, lo que contribuye a aumentar el impacto económico de la epidemia.

En primer lugar, China es hoy una economía con mucho más peso y mucho más integrada en la economía global que hace 18 años: su PIB ha pasado de representar poco más del 4% del PIB mundial en 2002 a casi el 16% en la actualidad. Además, participa activamente en el comercio global y hoy sus exportaciones suponen el 12% de las exportaciones mundiales, frente al 4,5% en 2002.

En segundo lugar, en los últimos 15 años, la expansión del comercio global ha estado plenamente ligada a un protagonismo creciente de las cadenas de valor, globales o regionales. O, lo que es lo mismo, a la fragmentación de la producción de los bienes que, ahora, se organiza a escala internacional, deslocalizando las empresas su producción allí donde la pueden llevar a cabo de forma más eficiente. Y ello supone que las exportaciones de los países tienen, a su vez, un importante contenido importador, aumentando la interrelación global y creando una vinculación indivisible entre la producción industrial y el comercio internacional.

China, gracias a una estrategia consciente de apertura económica y, sobre todo, a una mano de obra barata, es hoy una pieza fundamental en dichas cadenas de valor, algo que era casi irrelevante en 2002, con una China recién entrada en la OMC. Así, el gigante asiático es hoy contraparte comercial esencial de la mayoría de las principales economías y, en particular, fabrica bienes intermedios o componentes esenciales para la industria automovilística, electrónica o química de muchos países del mundo.

En este contexto, la paralización de las fábricas chinas, mayor de lo esperado, en febrero, mes con el peor dato histórico del PMI manufacturero (35,7), puede tener efectos significativos en las próximas semanas en la producción de importantes industrias en Europa y en Estados Unidos. En muchos casos, el freno de la producción en China se está traduciendo en el desabastecimiento de bienes intermedios en sectores que, de momento, trabajan con las existencias disponibles, pero que, ante su agotamiento, pueden terminar necesitando paralizar la producción. Obviamente, ello dependerá de la duración y de la intensidad de la propagación del virus. Y también de la capacidad de estas industrias, hoy fuertemente dependientes de 'inputs' chinos, de encontrar proveedores alternativos —quizás incluso localmente, a través de la robotización—, que pueden llegar a desplazar, en alguna medida, de forma permanente a los actuales, en lo que sería un cambio estructural de la economía global.

Un trabajador, frente a una tienda cerrada en un mercado de Wuhan. (Reuters)
Un trabajador, frente a una tienda cerrada en un mercado de Wuhan. (Reuters)

Pero la interdependencia y, por tanto, los potenciales efectos económicos del coronavirus van mucho más allá de las manufacturas. El miedo al contagio, la rapidez en la transmisión de la información, no siempre veraz, y la incertidumbre a todo ello asociada parecen estar afectando de forma mucho más directa e inmediata al sector servicios, fundamentalmente al turismo, un sector que, al igual que el industrial, está hoy mucho más globalizado que en 2002.

En definitiva, la mayor interdependencia económica y la mayor rapidez en la difusión de la información actual pueden resultar en un impacto económico mayor del Covid-19 que del SARS de 2003. El impacto de este último se centró sobre todo en el sector servicios (turismo y ocio); muy poco en manufacturas; algo en los mercados financieros, que se recuperaron rápidamente, y, geográficamente, en China (que dejó de crecer un 1%) y en el sudeste asiático, con un menor crecimiento, del 0,5%. En todo caso, los efectos fueron de corta duración.

En la intensidad de los efectos de la crisis actual será clave la duración de la infección y nuestra capacidad de contenerla. Si se prolonga en el tiempo, la gestión de su impacto supondrá un reto no solo para las autoridades sanitarias sino también para las económicas, que deberán ser capaces de dar respuesta a un doble 'shock': uno de demanda y otro de oferta.

Competencia (im)perfecta
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