Carta a un joven español

Querido joven español:Quien esto escribe es también joven, como tú. Tenemos menos de 35 años, hijos pequeños, hipoteca, estudios universitarios y luchamos por labrarnos, como tú,

Querido joven español:

Quien esto escribe es también joven, como tú. Tenemos menos de 35 años, hijos pequeños, hipoteca, estudios universitarios y luchamos por labrarnos, como tú, un futuro profesional en España. Sirva esta pequeña 'descarga personal de responsabilidades' para transmitirte que estamos en el mismo barco y que pretendemos hacer una reflexión constructiva sobre nuestra situación presente y futura.

 

Los jóvenes son los grandes olvidados, castigados y perdedores de esta crisis social y económica en la que está inmersa España. Nuestra transición a la edad adulta coincidió con una burbuja que, en primer lugar, emitió señales equivocadas a muchas personas y cuya explosión, en segundo lugar, ha afectado a una generación que apenas había consolidado sus puestos de trabajo.

La resaca ha dejado una enorme factura, tanto en términos de deuda -gran parte de la cual pagaremos mediante impuestos toda nuestra vida sin haberla generado-, como en términos institucionales -la confianza en las instituciones se desploma al comprobarse que la corrupción urbanística no era solo cuestión de unos cuantos concejales de ayuntamientos-. España destina hoy más de 33.000 millones de euros a las prestaciones por desempleo y una cantidad similar a los intereses de la deuda, partidas ambas muy relacionadas con la fuerte caída de los ingresos públicos. En total, un 6% anual de nuestro PIB se va por el desagüe, lo cual ha obligado a subir impuestos y asfixiar aún más la actividad económica que todavía sobrevive.

La consecuencia: 9 de cada 10 empleos destruidos desde 2008 han correspondido a jóvenes como tú. Solo durante 2012, año negro en términos de empleo, 680.000 de los 850.000 de los empleos perdidos se debieron a menores de 35 años. Si logras un empleo, en el 70% de los casos será con un contrato temporal, y lo más probable es que dure menos de 6 meses. Ya has asumido que los primeros despedidos serán siempre los trabajadores temporales, y lógicamente te has adaptado a dicha realidad: ¿quién quiere esforzarse para adquirir actividades específicas de empresa cuando es muy improbable seguir en ella?

No podemos exculparnos de todo lo que ha pasado. Nosotros, los jóvenes, hemos cometido muchos errores para que esta situación llegue hasta aquí. A muchos nos ha seducido el auge del ladrillo y los sueldos altos del sector de la construcción -frente a la alternativa de estudiar-. También hemos encontrado ocupación en sectores subvencionados o en declive sin cuestionarnos la sostenibilidad futura de lo que hacíamos.

Si eres de los que no has estudiado, pensarás que tendrías que haber acudido a la universidad, la cual te estaría proporcionando ahora mejores oportunidades. Pero, aunque es verdad que el mercado laboral español -como todos- trata mucho mejor a los más formados, en el caso de los jóvenes, ni siquiera eso te aseguraría estar libre de la quema. En 2012, un 12% de los jóvenes perdieron su empleo, frente al 1,35% de los mayores de 35 años; entre los que tenían estudios superiores, la destrucción también fue muy elevada, un 10%.

Aunque quizás no conocieses estos datos en detalle, seguramente los intuías: gran parte de tus amigos están más o menos como tú. De hecho, si los jóvenes figurasen como “inactivos” en la búsqueda de empleo, el problema de la crisis laboral de España sería minúsculo: la crisis sólo habría destruido unos 316.000 empleos (un mísero 2,5%, frente al 17%). “La principal causa de divorcio es el matrimonio”, decía Groucho Marx, quien de nuestro mercado laboral diría que el problema está en los jóvenes, que declaran querer trabajar, estropeando las estadísticas. Por kafkiana y ridícula que parezca nuestra situación, la juventud del parado medio explica en parte por qué en un país con 6 millones de parados frente a 17 millones de ocupados no estallan revueltas sociales, algo que muchos analistas internacionales no logran comprender.

Pero el drama del paro juvenil no es solo un problema individual de quien lo sufre -y de la familia que lo sostiene-. ¿Qué consecuencias tiene esta situación para la sociedad en su conjunto? Las consecuencias sobre la productividad en el largo plazo son importantes:

1.- La inversión realizada en educación, inutilizada o regalada a otros países. Tenemos una generación muy bien formada. Somos los jóvenes que hemos ido de Erasmus y recibido la inversión de la mayor cantidad de dinero por alumno en nosotros. Pero, a la hora de entrar en el mercado laboral, el joven es el último en entrar, el primero en salir y el último en escalar dentro de las organizaciones profesionales. Aquellos que mayor distancia perciben entre lo que pueden dar y lo que reciben se van con su inversión a cuestas, a rentabilizarla en otro país.

Toda inversión, especialmente si cae en desuso, se deprecia y es difícil de recuperar. Esto es especialmente cierto con la formación universitaria, que además necesita terriblemente la complementariedad con la vida laboral para alcanzar su máxima productividad. La sociedad nos ha subvencionado masivamente una formación que cuesta entre 20.000 y 40.000 euros para que gran parte de la misma no se utilice. En términos de productividad, habría tenido el mismo efecto regalar un Mercedes a la mitad de los veinteañeros y que estos lo hubieran guardado indefinidamente en un garaje.

2.- Las organizaciones se oxidan. La riqueza la crean las empresas innovadoras con capacidad para competir y exportar, que usen nuevas tecnologías y que sean cada vez más globales. En cambio, muy pocas permiten que los jóvenes aprendan y escalen dentro de la organización. Nuestros convenios y regulaciones son muy poco meritocráticos; en cambio, cumplir años parece un requisito válido para ir escalando en las organizaciones, tapando las ideas nuevas y las ventanas al exterior. Un país donde sus jóvenes más brillantes y con talento no pueden liderar empresas está perdiendo una gran oportunidad para competir en el complejo puzle global, en el que la capacidad de absorber nuevo conocimiento es casi la única moneda del éxito.

3.- La ciencia y la aplicación del conocimiento se resienten. España no es país para científicos. En cambio, tampoco es necesario inventar la rueda en cada centro de investigación. Hay mucho conocimiento por explorar, aplicar, transferir y convertir en bienes, servicios y, en definitiva, progreso. Como decía el exrector de la Universidad del País Vasco en un reciente artículo: “La actividad científica genera un clima de excelencia que perdura en el tiempo y propicia una ciudadanía más crítica, exigente y racional, rasgos estos que están en la base del progreso social. Disponer de un sistema sólido de ciencia es esencial para un país que pretenda estar a la vanguardia, ya que de ese sistema depende, en buena medida, el nivel formativo de sus profesionales cualificados y, en última instancia, del conjunto de su población. Y la formación, aunque no sea el único, es un factor determinante de desarrollo”. Pues bien, para lograr esa excelencia es imprescindible tener una cantera de jóvenes y brillantes investigadores que sean tratados como tales, en lugar de empleados de forma precaria, poco remunerados y con escaso reconocimiento social. Un profesor ayudante doctor, el primer tipo de plaza estable en nuestra universidad, cobra unos 1.300 euros netos.

4.- La natalidad empresarial se frena. El fracaso empresarial aumenta cuando la persona que emprende no tiene experiencia laboral previa o está desempleada. Pretender que las personas ajenas al mundo laboral y productivo triunfen con sus ideas es una quimera en la que los casos de éxito son excepción. Utilizamos la palabra emprendedor como la solución a todos nuestros males, pero antes deberíamos crear las condiciones para que adquieran experiencia laboral, creen su propia red de contactos y puedan probar y descubrir sus talentos e inquietudes.

Una advertencia, por si acaso pretendes labrar tu futuro creando una empresa: si necesitas capital para arrancar, te exigirán garantías y necesitarás a tu familia, amigos y poner todos tus bienes a disposición de una entidad financiera. Si te equivocas, las deudas te perseguirán de por vida. Ahora dicen que te han puesto “una alfombra roja”, pero mucho cuidado porque es muy estrecha, no te creas los eslóganes.

5.- El futuro del Estado del bienestar está en entredicho. España se enfrenta al serio problema de la insostenibilidad de su sistema de pensiones y, en menor medida, del gasto sanitario. La razón, el envejecimiento que crece y todo lo copa. La única esperanza ante ambas amenazas se llama crecimiento económico y productividad. Se pretende que los jóvenes generen dicha productividad en los próximos años y sean el principal motor de nuestro crecimiento económico. Evidentemente, no van a lograr esto descapitalizándose en sus casas y perdiendo los mejores años productivos de sus vidas.

La obsesión por la natalidad, anteriormente patrimonio de las autoridades religiosas, empieza a preocupar incluso a los partidos de izquierda. Si la actual generación no palía el problema, la pirámide española quedará completamente invertida en dos o tres décadas, y una pequeña base deberá sostener el bienestar de su poblada cúspide.

Querido joven, como ves, la sociedad te necesita más que nunca. Es cierto que, por un lado, hemos de asumir nuestros errores pasados y la responsabilidad frente al futuro; estalló nuestra burbuja de comodidad y necesitamos sacar a flote nuestro esfuerzo y capacidad para reinventarnos.

Pero no es menos cierto que los jóvenes estamos infrarrepresentados en la casi totalidad de instituciones de este país. Si estás parado o tienes un contrato temporal, no pretendas que los sindicatos te representen, porque no lo harán. Alucinarás al observar cómo se movilizan cuando se despide a trabajadores de grandes empresas o cuando se tocan las condiciones de funcionarios, donde los sindicatos juegan un gran papel. Usarán todo su poder para defender a los trabajadores de sectores en declive, pero no moverán un dedo si lo tuyo son los algoritmos, el diseño, los sistemas operativos o el marketing... y aún menos en la gran cantidad de empleos sin cualificar que existen en el sector servicios.

Los sindicatos pretenderán que salgas a la calle a defender un sistema de protección laboral que solo protege a quien lleva innumerables años como empleado fijo en una empresa, pero ignora al joven que ha de moverse entre empresas buscando el perfil que mejor se acopla a su productividad. Mientras media plantilla de una empresa esté legalmente blindada, los últimos en entrar serán los primeros en salir. Incluso aunque tu productividad supere la de muchos trabajadores mayores, ¿qué empresa media con problemas puede asumir despidos que implican pagar dos años de salario de varios trabajadores fijos?

Los partidos políticos cederán a la presión de grandes grupos organizados, bien sea la banca, la construcción, los taxis o la industria energética. Pero te ignorarán si eres administrativo en una pequeña empresa, repartidor o publicista. Las últimas partidas de gasto que tocarán serán las destinadas a las personas mayores, mientras las familias recién formadas han de sobrevivir y salir adelante con ínfimas ayudas sociales. Si intentas argumentar esto, serás chantajeado emocionalmente, diciéndote que debemos infinito respeto a nuestros mayores, cuando lo cierto es que el Estado de bienestar español ignora sistemáticamente a los jóvenes, con una importancia menor de los programas de guarderías, becas, ayudas al estudio o prestaciones de desempleo.

Por todos estos motivos, el joven medio español está, según todas las encuestas, altamente desencantado con la política, se siente poco identificado con las instituciones y acude poco a votar. Sin embargo, la apatía política es un tremendo error, puesto que nuestra sociedad solo se puede transformar mediante la acción colectiva y la representatividad. Los cambios se piden y se ejecutan desde dentro de las organizaciones políticas, y derribar los muros internos de dichas organizaciones no es tan complicado. Saquemos a la luz a todos los jóvenes con ideas y formación actualmente tapados por los 'barones' políticos; seamos una amenaza para los sectores tradicionales de los partidos; acudamos a votar, exigiendo una igualdad real de trato institucional.

No desesperemos por hacernos hueco en empresas, centros de investigación, escuelas, instituciones y centros de poder. Salgamos de nuestro 'cascarón' de lamentaciones y empecemos a actuar. Necesitamos nuevos valores y una cultura social y económica con capacidad de adaptación al cambio, en vez de un sistema inmovilista y anclado en los grupos clásicos de presión. Todo esto solo se logra con la savia nueva que tú, como joven, llevas ahí dentro. ¡A qué esperas, el futuro te necesita!

El Análisis de Sintetia
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