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El modelo económico de Donald Trump
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José Carlos Díez

El economista humanista

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El modelo económico de Donald Trump

Trump puede provocar la mayor crisis financiera que jamás hayamos estudiado los economistas

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump. (EFE/EPA/Al Drago Pool)
El presidente de EEUU, Donald Trump. (EFE/EPA/Al Drago Pool)
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En el prefacio de su Teoría general, el célebre economista John Keynes ya nos advirtió que los intereses creados estaban sobrevalorados y que el verdadero poder lo tienen las ideas. Donald Trump tiene intereses empresariales y ahora ocupa la Casa Blanca, Elon Musk es empresario, su secretario de energía es empresario del petróleo, etcétera, pero, como nos enseñó Keynes, el verdadero peligro de Trump son sus ideas.

Como buen populista, busca soluciones sencillas a problemas complejos. EEUU es uno de los países ganadores de la globalización, pero sus trabajadores industriales han empeorado su salario real y su nivel de vida desde 1980. Estos votantes le dieron la victoria en las elecciones del pasado noviembre en el cinturón industrial del Este y ahora quiere cumplir lo prometido; Hacer América Grande de nuevo. Desde 1979, cuando China abandonó el comunismo, la producción industrial en EEUU se ha doblado, pero había 19 millones de estadounidenses trabajando en la industria y ahora hay 12 millones.

La realidad es que EEUU es líder tecnológico mundial, es uno de los grandes ganadores de la globalización y que la mayoría de votantes les gusta la idea de Trump de apoyar a su industria, pero muy pocos quieren trabajar en ella. La mayoría de los hijos de los trabajadores industriales fueron a la universidad y ahora prefieren trabajar en sectores tecnológicos o de servicios donde las condiciones y los salarios son mejores y por eso necesitan atraer inmigración para cubrir las vacantes de empleo en la industria, en agricultura y en los servicios de bajo valor añadido que necesitan empleos de baja cualificación y salarios precarios como el turismo y la hostelería.

La política económica de Ronald Reagan se podía escribir en una servilleta, la célebre curva de Laffer, para la de Trump sirve un trozo de papel higiénico. Para proteger a los trabajadores industriales que me votan, le pongo aranceles, o sea un impuesto, a sus competidores internacionales, y para favorecer las exportaciones estadounidenses devaluó el dólar para hacer más competitivos sus salarios en el exterior. Fácil de contar en redes o en televisión y un relato idóneo para líderes de goma espuma como actuales. Donald Trump no fue un estudiante brillante, con 13 años su padre le sacó de un colegio en Nueva York para llevarle a internado militar por mal comportamiento, y aunque se graduó en la prestigiosa escuela de negocios de Wharton, es evidente que o no acudió a las clases de macroeconomía o no entendió bien los conceptos básicos.

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El debate sobre proteccionismo o libre comercio lo resolvió David Ricardo en su manual Principio de Economía Política y Tributación en 1817. Ricardo era un economista inglés de origen sefardí que ya explicó a los Donald Trump de su época los efectos del proteccionismo. En un país como EEUU, con pleno empleo y un salario en Texas diez veces superior al de Puebla o Monterrey, si pone aranceles, como acaba de hacer Trump, y necesitas producir esos bienes en EEUU, provocarás una intensa subida de los costes de producción. Eso tiene dos efectos principales; subirá la inflación y se empobrecerán todos los votantes de Donald, todos los votantes demócratas y todos los estadounidenses que no fueron a votar o que no pueden hacerlo por no tener aún la edad legal.

Pero es más grave aún, la mayoría de empresas no podrán trasladar a los precios que le cobran al consumidor toda la subida de costes y disminuirán sus beneficios o entrarán en perdidas, dejarán de invertir, de crear empleo y la economía entrará en recesión. Es la temida estanflación, que es una rara patología económica que ya afectó a EEUU en la crisis del petróleo de 1979 y que llevó al economista Arthur Okun a desarrollar el índice de miseria, que es la suma de la tasa de paro y la inflación. Donald Trump la heredó de Joe Biden muy baja en el 7% y, si cumple su plan económico, provocará un aumento del desempleo, de la inflación y del índice de miseria muy significativo durante su mandato.

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Más peligrosas son sus ideas sobre el dólar. Donald Trump heredó su empresa de su padre, hijo de inmigrantes alemanes, y de su madre, inmigrante escocesa, y en 1962 ya habían comprado un edificio por 6 millones de dólares de la época, el equivalente a 60 millones de dólares actuales. Él hizo crecer el negocio, pero con estrategias financieras muy arriesgadas que le llevaron a declarar a su empresa en suspensión de pagos de su deuda varias veces con el capítulo 11. Su empresa suponía algo marginal en el total de la deuda de EEUU, pero ya sabemos lo que sucedió cuando el gobierno de George Bush permitió que Lehman Brothers se acogiera al capítulo 11 en 2008.

Ahora el plan económico de Trump puede provocar lo mismo en la deuda pública de EEUU, que suma 36 billones de dólares, unas 20 veces el PIB de España. El asesor económico de Trump en la Casa Blanca, Stephen Miran, se doctoró en la Universidad de Harvard y su director de tesis fue Martin Feldstein, asesor de Ronald Reagan y el economista que nos enseñó a identificar la relación entre el déficit público y el déficit exterior. Cuesta creer que Miran no haya estudiado estos conceptos básicos de economía que estoy explicando en este artículo y, de nuevo, la explicación a su disparatada política económica debe ser el poder de las ideas que nos enseñó Keynes.

EEUU asumió el liderazgo mundial en Bretton Woods, comprometiéndose a cambiar dólares por oro en cualquier momento que un país le pidiera cambiar sus reservas. En 1973 Francia se lo pidió, y Nixon decidió acabar con el sistema de tipos de cambio fijo sobre el dólar que había regido la economía mundial desde 1945. Desde entonces vivimos en un no sistema donde el dólar sigue siendo la moneda de reserva y cuyo cimiento es la credibilidad en la Reserva Federal y su control de la inflación principalmente. Gracias a ser moneda de reserva, EEUU tiene dos privilegios; emite dinero sin pagar intereses que la demandan todos los países de mundo y la mayor parte de ese dinero se acaba invertido en deuda pública del gobierno de EEUU, y eso les permite financiar su desproporcionada deuda pública a tipos más bajos.

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Pero Trump y Miran no están de acuerdo con estos principios básicos que enseñamos a todos los alumnos de macroeconomía en la mayoría de facultades de Economía del mundo desde hace décadas. Según ellos, ser la moneda de reserva tiene un coste para los contribuyentes americanos y por esa razón amenazan con cobrar a los bancos centrales por tener reservas en dólares y a los inversores privados extranjeros también. Para devaluar el dólar, primero quiere bajar los tipos de interés de la Reserva Federal y, si eso no fuera suficiente, han dicho que quieren repetir los acuerdos del Plaza que hizo Reagan en 1985 y, si no es suficiente, harían uso de la fuerza militar de EEUU si fuera necesario.

Como ya explicó David Ricardo hace 200 años o Keynes hace 90 años o Martin Feldstein más recientemente, los inversores en los mercados financieros se rigen por expectativas racionales. Si Trump dice estas barbaridades e intenta poner en la Reserva Federal a un nuevo presidente bizcochable que ejecute su disparatado plan y los inversores se lo creen, venden masivamente dólares para proteger su patrimonio de las pérdidas y vuelven a invertir cuando el tipo de cambio llega a un nivel que ellos piensen que es más razonable. Eso es lo mismo que le sucedió al presidente Zapatero y al presidente Rajoy en España en 2010 y 2012, cuando los inversores temían que España se viera forzada a salirse del euro y tuvieron que subir los impuestos y recortar el gasto público a lo bestia, ya que no podían emitir deuda pública para financiar el déficit.

España es un pequeño país, y aunque también estaba muy endeudada en 2012, su deuda era un porcentaje infinitesimal de la deuda mundial. Trump puede provocar la mayor crisis financiera que jamás hayamos estudiado los economistas. El tsunami que provocó en febrero con sus locas medidas de aranceles ha generado mucha volatilidad en el mercado de deuda pública y, como reconoció el propio Trump, fue lo que le forzó a poner en cuarentena la subida de aranceles hace dos semanas. Es lo que le ha llevado ahora a desdecirse y ya no quiere despedir a Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal.

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EEUU tiene 63 premios nobeles y los mejores economistas del mundo y esperemos que Trump empiece a escucharles y a cambiar su disparatada política económica. El problema con el actual inquilino de la Casa Blanca es que es un paseo aleatorio, experimento que hizo la revista Nature en 1904 analizando las trayectorias de salida de un borracho en un sembrado, y son impredecibles, y la incertidumbre es el colesterol malo de la economía. Veremos.

En el prefacio de su Teoría general, el célebre economista John Keynes ya nos advirtió que los intereses creados estaban sobrevalorados y que el verdadero poder lo tienen las ideas. Donald Trump tiene intereses empresariales y ahora ocupa la Casa Blanca, Elon Musk es empresario, su secretario de energía es empresario del petróleo, etcétera, pero, como nos enseñó Keynes, el verdadero peligro de Trump son sus ideas.

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