Cuando estalló la crisis subprime en 2007, yo era un joven economista que se había especializado en el análisis de los mercados financieros y especialmente en las crisis que hasta ese momento se producían principalmente en países emergentes. Vivir una crisis de ese tipo en tu propio país, ver la tasa de paro alcanzar el 27%, ver aumentar la pobreza… me marcó como economista.
Recuerdo una reunión con Francisco Luzón, ya fallecido, donde me dijo "el principal problema de este tipo de crisis, José Carlos, que yo he vivido en América Latina, es la degradación del debate intelectual". 18 años después, España sigue sumida en una grave crisis institucional, la fragmentación del Parlamento impide gobernar el país, las instituciones se degradan día a día y la sociedad, especialmente los jóvenes, pierde la confianza en el sistema. Los economistas decimos que eso afecta negativamente a la evolución económica, reduce la confianza en la inversión y eso, en medio del mayor cambio tecnológico que ha vivido el ser humano y con la competencia China y asiática, es un grave problema que limita el crecimiento de la productividad y los salarios.
En España ya estamos cansados de la polarización, pero como dice el tango, 20 años no es nada. Los argentinos llevan sufriendo el populismo y la polarización política desde hace muchas décadas y conviene analizar lo que sucede en ese país para intentar evitar cometer los mismos errores aquí. El pasado domingo Milei ha tenido una dura derrota electoral en las elecciones de la provincia de Buenos Aires, el Justicialismo, liderado por Axel Kicillof, ha ganado con el 46% de los votos, 13 puntos más que Milei que en breve tiene unas elecciones nacionales para renovar el Congreso y Senado.
Yo fui a presentar uno de mis libros a Buenos Aires el verano de 2015, en plena campaña electoral, Kicillof era el ministro de Economía y mano derecha de Cristina Fernández de Kirchner y Milei era el economista de David Scioli que era el candidato del partido Justicialista y defendía la política económica de Kirchner y Kicillof. 10 años después, el sistema de partidos tradicionales ha saltado por los aires y es difícil anticipar cuánto va a durar el experimento Milei y qué vendrá después.
Recuerdo hoy también las clases de Antonio Torrero, uno de los profesores que más me ha influido como economista, que nos decía que una economía sana era determinante para tener una democracia sana. Ahora con los años he aprendido que una democracia sana también es determinante para tener una economía sana. Milei llegó al poder con la economía al borde de la hiperinflación y con escaso margen de política económica. Se aprovechó del impuesto inflacionista para hacer el ajuste fiscal y contuvo el gasto público, especialmente en pensiones y sueldos de funcionarios, para conseguir una reducción drástica del déficit público. También tuvo que devaluar el tipo de cambio e intentar poner orden en el balance del Banco Central, que era el mayor tenedor de deuda pública y era la conexión monetaria fiscal que les llevaba a la hiperinflación.
Los españoles no hemos sufrido una hiperinflación, pero los argentinos tuvieron dos en los años ochenta, y conseguir estabilizar la inflación rápidamente le dio a Milei un bono de credibilidad que, por lo que parece tras estas elecciones, ha perdido. España, para salir de una situación similar, tuvo que aplicar un duro plan de ajuste en 1959, con el apoyo del FMI, eliminar todas las regulaciones absurdas del falangismo, ideología muy similar a la Perón en Argentina y ahora de Trump en EEUU, que limitaba el comercio y la inversión empresarial. Suárez tuvo que afrontar una grave crisis económica y aplicar una profunda reforma fiscal y después a Felipe González le tocó la tarea titánica de modernizar una economía y aprovechar nuestra entrada en la Unión Europea, la trasposición de una regulación económica con mayor seguridad jurídica y más favorable al comercio y la inversión y una inversión masiva en infraestructuras financiadas en buena parte por fondos estructurales y la solidaridad del resto de europeos, principalmente de los alemanes.
Argentina es una economía poco competitiva que necesita aumentar su capital humano, físico, tecnológico y empresarial y eso llevará décadas. Milei, como hizo Suárez, debería haber buscado el consenso de los Pactos de la Moncloa para aplicar el ajuste que necesitaba la economía. Lejos de buscar el consenso, Milei intensificó la polarización, insultando a los que deberían haberle apoyado en el Parlamento y se dedicó a recorrer el mundo como líder de la revolución anarcocapitalista mundial. En España tuvo la admiración de Santiago Abascal y de Isabel Díaz Ayuso.
La realidad es que Argentina sigue siendo una economía poco competitiva, con un tipo de cambio sobrevalorado que hace que sea más barato importar que producir en su país y que prima el consumo en lugar de la inversión y el consumo futuro. Los argentinos y los inversores han perdido ya la confianza en Milei y sacan el dinero del país. Desde que levantó parcialmente el control de cambios en primavera han salido del país 10.000 millones de dólares, el peso argentino se aproxima a su banda alta de fluctuación y, seguramente, después de las elecciones del mes que viene, Milei tendrá que devaluar y empobrecer de nuevo a los argentinos.
La realidad es que Buenos Aires es la ciudad donde más caro cuesta comer un Big Mac del mundo, que la inflación ha subido más que los sueldos desde 2023, que buena parte de los argentinos viven peor que antes de que Milei llegara a la Casa Rosada y que cuando les dice que la economía va bien, piensan que alguien se lo está llevando crudo, ya que a ellos no les llega. En esa situación, encima se filtra un audio del abogado del presidente diciendo que han cobrado comisiones de fondos públicos nada menos que para ayudar a discapacitados y que Milei está informado. Y todo esto ayuda a explicar el resultado de las elecciones del domingo.
España está en la Unión Europea, con una regulación favorable a la inversión empresarial, hemos invertido mucho y bien en los últimos 40 años, hemos incrementado significativamente nuestro capital humano, físico y empresarial aunque debemos mejorarlo si queremos seguir progresando, especialmente el capital tecnológico. Tenemos una moneda estable, infravalorada con el dólar, que nos hace muy competitivos para exportar. Hemos mejorado mucho esa competitividad gracias a la inversión en energías renovables que ha abaratado significativamente el coste energético industrial comparado con nuestros socios europeos, principalmente Alemania. Y además, tenemos empresas líderes mundiales en renovables que venden tecnología e ingeniería española en EEUU, Reino Unido, Alemania, Japón, Australia, etc. Tenemos tipos de interés muy bajos para invertir, un sistema bancario estable y competitivo que da hipotecas a 30 años por debajo del 3% y de los tipos de la deuda pública a ese plazo. En Argentina, tras décadas de inestabilidad financiera, hay poco crédito para las empresas, los tipos de las hipotecas están próximos al 10% y referenciados a un índice vinculado al dólar, o sea, tras cada devaluación aumenta significativamente la cuota mensual en pesos.
Pero España lleva desde que comenzó este siglo con los salarios, descontada la inflación, estancados. Los jóvenes sufren esa precariedad y encima ven cómo la vivienda, tanto en alquiler como en compra, no para de subir, tienen que vivir en casa de sus padres como Jesucristo hasta los 30 años y ven cómo sus impuestos se gastan principalmente en pagar pensiones que no confían en cobrar cuando ellos lleguen a la edad de jubilarse. El resultado que anticipan las encuestas es cada vez más fragmentación y más ingobernabilidad. Tenemos demasiada deuda pública y eso nos hace vulnerables y nuestra industria, especialmente del automóvil, es menos competitiva que la china y la asiática, principalmente por el retraso tecnológico en el coche eléctrico, pero también en digitalización e inteligencia artificial. La administración se ha convertido en una maraña burocrática que cada día se aleja más de las necesidades del ciudadano y eso intensifica la crisis institucional.
España está en una situación más favorable que Argentina, pero lejos de los países de éxito que crean los mejores empleos con mejores salarios a los que nos deberíamos parecer. Debemos aprender de esos países para mejorar y aprender también de los errores argentinos para no empeorar aún más.
Cuando estalló la crisis subprime en 2007, yo era un joven economista que se había especializado en el análisis de los mercados financieros y especialmente en las crisis que hasta ese momento se producían principalmente en países emergentes. Vivir una crisis de ese tipo en tu propio país, ver la tasa de paro alcanzar el 27%, ver aumentar la pobreza… me marcó como economista.