El año que viene hay elecciones en EEUU en noviembre para renovar buena parte de los congresistas y senadores y mucho me temo que Trump y sus estrategas en breve también intentarán tomar medidas populistas
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (EFE)
En el verano de 1998 viví en los Estados Unidos mientras desarrollaba mi tesis doctoral y para mejorar mi inglés. Es cierto que viví en Boston que es una ciudad cosmopolita y parecida a Europa pero desde entonces aprendí que las tendencias que vemos en la economía americana acaban replicándose en España. Por ejemplo, me extrañaba entonces que la mayor parte de los camareros que me atendían en EEUU eran inmigrantes, principalmente hispanos, y es lo que ya vemos en España.
Recuerdo en 2017 que Alan Krueger, asesor económico de Obama en la Casa Blanca y especializado en economía laboral, me anticipó que la economía digital tendría impacto en la productividad y en los salarios en algún momento. Ese momento ya ha llegado e irá a más en los próximos años, principalmente gracias a la inteligencia artificial. Desde que en 2007 Apple inventó el teléfono inteligente nuestra vida cambio y la demanda de datos ha crecido exponencialmente. Eso está siendo posible gracias a que la capacidad de acumular y procesar datos cada vez es mayor y más barato. Esto ha permitido entrenar modelos de inteligencia artificial cada vez en menor tiempo y con menor coste y ya forman parte de nuestra vida cotidiana, aunque no se ven y muchos ciudadanos no son conscientes de que usan o interactúan con inteligencia artificial.
La especie humana lleva cuatro millones de años en el planeta Tierra, ha desarrollado una capacidad cognitiva para inventar infinitamente superior al resto de especies y en los últimos veinte años estamos viviendo seguramente el proceso más intenso de desarrollo tecnológico de la historia. La inteligencia artificial también se puede denominar una tecnología pero es diferente a los cambios tecnológicos anteriores. Es transversal, afecta a todos los sectores de la economía, la velocidad de cambio no tiene precedentes históricos y se está concentrando en muy pocos países, en muy pocas ciudades de esos países y en muy pocos trabajadores de momento que necesitan habilidades en inteligencia artificial para desarrollar su trabajo y mejorar la productividad y la competitividad de su empresa con respecto a la competencia.
Recientemente, Amazon ha anunciado miles de despidos, UPS, empresa de paquetería ha anunciado miles de despidos, empresas tecnológicas llevan meses anunciando miles de despidos y la mayoría están relacionadas con el desarrollo de inteligencia artificial. La creación de empleo en EEUU se ha frenado desde la primavera, buena parte es por el impacto de los aranceles y la incertidumbre que ha generado la política económica de Trump pero también con todos estos despidos, de momento concentrados en grandes empresas que tienen más recursos y más capacidad de incorporar los desarrollos tecnológicos pero habrá cientos de miles de empresas medianas y pequeñas que también lo estarán haciendo.
En 2021 el catedrático de HarvardDani Rodrick publicó un recomendable artículo que relaciona el populismo político a la globalización y el desarrollo tecnológico. Construyó una serie estadística institucional desde hace 150 años y todos los procesos de integración económica global, combinados con desarrollo tecnológico, provocan reacción social y política y periodos proteccionistas. Estamos en uno de esos momentos históricos, nadie sabe cómo va a evolucionar y cuánto va a durar pero lo que nos enseña el artículo de Rodrick es que suelen ser periodos prolongados.
Trump ha centrado su estrategia política en la inmigración y en las importaciones para mandar un mensaje de protección a los votantes del cinturón obrero de la Costa Este principalmente en los estados que fueron claves para ganar sus elecciones, tanto las de 2016 como las de 2023. Además de despidos, esas empresas han reducido su demanda de nuevos empleos. El mercado de trabajo funciona como un aeropuerto, las estadísticas mensuales sólo destacan la gente que hay dentro, pero no para de entrar y salir gente y no son siempre los mismos. Los alumnos de universidades que terminen sus estudios el próximo año irán a buscar trabajo, habrá menos demanda y la tasa de paro subirá. El año que viene hay elecciones en EEUU en noviembre para renovar buena parte de los congresistas y senadores y mucho me temo que Trump y sus estrategas en breve también intentarán tomar medidas populistas para dar la sensación de protección a los trabajadores que se están viendo afectados por los despidos asociados a la inteligencia artificial y a sus compañeros que aumentarán su temor a perder su empleo en el futuro.
Es un problema real y se ha producido siempre en la historia. Cuando se desarrolló la electricidad, la asociación de producción de velas denunció el impacto negativo sobre su sector y sobre el empleo en el Congreso de EEUU y pidió protección. Cuando se desarrolló el ferrocarril, en el siglo XIX, muchos sectores se vieron agraviados como por ejemplo el correo a caballo o en diligencia. Cuando se inventó el tractor y la cosechadora millones de trabajadores del campo perdieron su empleo y tuvieron que migrar a la ciudad. Cuando se inventó la lavadora pasó lo mismo. La realidad es que desde 1980 que China salió de la planificación económica y migró a una economía de mercadoel empleo en los países desarrollados ha seguido creciendo y seguramente seguirá haciéndolo en los próximos años.
El dinero ni se crea ni se destruye, se transforma y los nuevos rendimientos derivados de la inteligencia artificial se acabarán consumiendo e invirtiendo en la economía. Pero habrá cambios en la distribución de esa renta, por países, dentro de los países por ciudades y dentro de las ciudades entre las empresas y los trabajadores. Conviene revisar la historia de lo que sucedió en el siglo XVIII para anticipar qué efectos pueden tener las políticas públicas y la reacción de los países y las sociedades. Hasta 1800 China e India explicaban aproximadamente dos tercios del PIB mundial. Ambos países se asustaron con la revolución tecnológica que comenzó con la máquina de vapor, cerraron sus economías para proteger a sus trabajadores afectados y lo que consiguieron es hacer pobres a todos sus ciudadanos.
El pasado año estuve en Shenzhen visitando las sedes de Huawei y BYD. China está sensorizando y digitalizando toda su economía y esa es la principal explicación de la mayor parte de las ventajas competitivas en sus empresas exportadoras, especialmente en bienes industriales. Recientemente conversaba con el director de desarrollo tecnológico de una empresa de coches europea, con fábricas y muchos proveedores en España, me reconocía que se habían quedado atrás en incorporación de inteligencia artificial y robótica con respecto a China y que necesitaban reaccionar rápido si querían proteger a sus fábricas y sus trabajadores. Conversando con un empresario argentino que vendía software desarrollado en su país ha cerrado su empresa en España porque sus clientes españoles han abaratado más los costes con la inteligencia artificial.
En San Franciscoel 10% de los taxis ya son sin conductor. Las empresas que prestan ese servicio tienen pérdidas millonarias para desarrollar la tecnología y entrenar sus modelos de inteligencia artificial. Para ello han necesitado mucho capital y mucha deuda y eso, como sucedió en la burbuja de las puntocom en los años noventa, estallará ya que no todos pueden ganar y varios de ellos no podrán devolver sus deudas y darán pérdidas a sus socios capitalistas. El desarrollo tecnológico siempre fue así y se vuelve a repetir la historia. Las primeras empresas que desarrollaron el ferrocarril quebraron y no pudieron pagar sus deudas pero gracias a ellas y ese desarrollo tecnológico yo puedo ir desde Madrid, donde vivo, a Palencia, donde nací, en 85 minutos.
En la Grecia clásica hubo un intenso debate entre Parménides, al que Platón llamaba 'el Grande', y Heráclito. Parménides defendía que el ser es y el no ser no es y Heráclito que todo cambia y que lo único permanente es el cambio. La inteligencia artificial va a seguir avanzando y como siempre ha sucedido en la historia hay países, empresas y personas que se adaptarán rápido y les irá bien y otras serán reacias al cambio, como Parménides y los chinos en el siglo XVIII, y les irá mal y muchas empresas y empleos se extinguirán como les sucedió a los dinosaurios.
El debate en España es si queremos estar entre los ganadores o entre los perdedores. Que todo cambio genera desorden, como nos enseña la segunda ley de la termodinámica, es un oxímoron. Que en todo proceso de cambio en los precios relativos y la competitividad hay ganadores y perdedores también. La clave es ser tú el que lidera el cambio, le vende esa tecnología al resto y progresas, o ser pasivo, comprar tú la tecnología y empobrecerte. El taxi sin conductor será una realidad en pocos años y ni Trump ni nadie lo podrá impedir. Empresas de San Francisco y chinas tendrán la tecnología que ninguna empresa europea podrá tener porque los gobiernos europeos les han limitado el procesamiento de datos con sus leyes. El sector del automóvil europeo lleva un retraso tecnológico de una década con sus competidores chinos. Incorporar inteligencia artificial en sus procesos y en su gestión tendrá un impacto negativo sobre el empleo pero negarse al cambio provocará un impacto infinitamente mayor.
Siguiendo los principios de la termodinámica los países, las empresas y las personas tenemos que optimizar una función multicriterio; adaptarnos a la nueva realidad tecnológica y minimizar el desorden que todo cambio genera. Matemáticamente, en un programa multiobjetivo no hay una solución óptima y mágica, hay infinitas opciones. La incertidumbre es consustancial al cambio y el ser humano siempre la ha resuelto mediante prueba y error. La clave es cuando pruebas y aciertas prolongarlo y cuando te equivocas y metes la pata sacarla rápido del agujero. Si haces eso, la probabilidad juega a tu favor y si se repite muchas veces el juego serás uno de los ganadores.
Paradójicamente las probabilidades juegan a favor de España en este proceso. Nuestros salarios siguen siendo más competitivos que los de los alemanes y los franceses, por primera vez desde el siglo XVIII, nuestros costes energéticos industriales también y formamos parte del euro y tenemos también tipos más baratos de crédito bancario, gracias a la intensa reducción de deuda que han registrado las familias españolas desde 2010 que nos permite tener un superávit con el exterior y que los bancos tengan 600.000 millones de depósitos disponibles para financiar los nuevos proyectos de inversión necesarios para mejorar la competitividad de las empresas y mantener la creación de empleo.
La clave sigue siendo la misma que explicó Adam Smith en la Riqueza de las Naciones hace 250 años; crear entornos seguros que reduzcan la incertidumbre y el desorden, minimizar la burocracia para agilizar el cambio, diseñar políticas de protección y adaptación a los trabajadores afectados y, sobre todo, sólo tener miedo al miedo. Si nos asustamos y ponemos palos en las ruedas a las empresas que tienen que liderar el cambio nos irá mal y todos seremos más pobres en el futuro.
En el verano de 1998 viví en los Estados Unidos mientras desarrollaba mi tesis doctoral y para mejorar mi inglés. Es cierto que viví en Boston que es una ciudad cosmopolita y parecida a Europa pero desde entonces aprendí que las tendencias que vemos en la economía americana acaban replicándose en España. Por ejemplo, me extrañaba entonces que la mayor parte de los camareros que me atendían en EEUU eran inmigrantes, principalmente hispanos, y es lo que ya vemos en España.