Riego, héroe de España

A las diez de la mañana del 7 de Noviembre de 1823 sonó un tambor. Un pelotón de caballería iniciaba el macabro cortejo. Le seguían los

A las diez de la mañana del 7 de Noviembre de 1823 sonó un tambor. Un pelotón de caballería iniciaba el macabro cortejo. Le seguían los empleados de la prisión y los frailes dominicos con una gran cruz. Detrás, un pollino arrastraba un serón de esparto. En su interior paja, y sobre ella, un hombre de treintainueve años, con barba de varios días, el pantalón manchado de sangre reseca, pálido y enfermo, con las manos esposadas sujetando un crucifijo. La multitud silenciosa se agolpaba por la calle de Toledo. Al pasar cerca del carruaje de una marquesa ésta le comentó a la hija pequeña de una amiga suya que observaba la procesión: “Ahí va Riego, escúpele”.

En la plaza de la Cebada esperaba una horca con el doble de altura del tamaño natural, atendiendo al deseo del Rey Católico. Ayudado por dos frailes, el general Rafael del Riego subió al patíbulo. Besó el crucifijo, y dio un pañuelo negro al Padre Vicente para que se lo entregara a su esposa Teresa “lo único que puedo dejarle”. Otro pañuelo de seda negra recubrió sus ojos, el verdugo cargó la soga, y ejecutó...

Fernando VII fue informado antes de comer de la muerte del “villano”. Al enterarse, exclamó frotándose las manos: “Liberales, gritad ahora: ¡Viva Riego!”. Cuenta jocosamente Pérez Reverte que Napoleón, en su exilio de Santa Helena, afirmó que su mayor venganza contra los españoles fue “soltarles a Fernando VII”; “¿no querían al Rey Deseado? Pues toma”.

A dos días del bicentenario de la Constitución de 1812 pocos recuerdan al asturiano de Tuña, Rafael del Riego, cuyo heroico levantamiento contra el infame “rey felón”, Fernando VII, provocó el trienio liberal y la reinstauración de la Constitución de Cádiz entre 1820 y 1823; Fernando VII, tras haber aceptado a “la Pepa” con su conocida frase “marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional”, había procedido a abolirla y a reinstaurar la Inquisición, en uno de sus frecuentes episodios de deshonra humana.

El levantamiento de Riego y de la España liberal en Enero de 1820 nos muestra el lado heroico de militares y civiles que arriesgaron sus vidas por decir y hacer lo que juzgaban justo y bueno para el progreso de la patria-nación. Tras el infructuoso trienio liberal, las fuerzas de la reacción apoyadas por una nueva invasión francesa al mando del Duque de Angulema, acabaron con el experimento constitucional, y la “Pepa” fue abolida definitivamente.

Riego fue aprehendido el quince de Septiembre de 1823 en el cortijo de los Bosquescisnes, traicionado por un buhonero. Encarcelado en Andújar, las masas se agolparon alrededor de su prisión. Aparecieron antorchas, sogas y puñales. Sólo la efectiva intervención de una compañía de húsares franceses evitó su linchamiento. Desde el balcón del ayuntamiento, esperando su traslado a Madrid, y contemplando al pueblo iracundo, comentó al comandante francés: “¿Veis este pueblo hoy tan encarnizado contra mí, este pueblo que sin vos me hubiera degollado? Pues hace un año me llevaba aquí mismo en triunfo, la ciudad me obligó, muy a pesar mío, a aceptar un sable de honor. La noche que aquí pasé las casas se iluminaban, el pueblo bailaba bajo mis balcones y me aturdía con sus gritos”.

Riego, caído enfermo, y con una herida de sable en su rodilla fue trasladado a la capital, siendo encarcelado en la prisión de la Corona, el actual Ministerio de Exteriores en la plaza de Santa Cruz. En la cárcel se le negaron los servicios de un médico. Se fijó juicio para el diez de Octubre. El fiscal pidió “contra el Reo convicto y confeso de alta traición y lesa Majestad la pena de último suplicio, ejecutándose en el de horca, con la cualidad de que el cadáver se desmiembre en cabeza y cuartos, colocándose aquélla en las cabezas de San Juan y el uno de sus cuartos en la ciudad de Sevilla, otro en la isla del León, otro en Málaga y otro en esta Corte” por el crimen de lesa majestad consistente en haber votado el traslado del Rey de Cádiz a Sevilla. Los esfuerzos del defensor, Faustino Juan de Santos, intentando explicar que un diputado de Cortes no podía ser condenado a la horca aplicándose retroactivamente el decreto del Rey del veintitrés de Junio por haber votado la traslación del Rey el día once del mismo mes fueron vanos. El pueblo y su “soberano” pedían sangre.

El alcalde, el alcaide de cárcel y un escribano visitaron a Riego el día cinco de Noviembre, y se le comunicó que había sido condenado a la pena de horca, “a la cual se le conducirá arrastrado por las calles del tránsito.” Riego fue visitado por los Padres Dominicos. Entre llantos, recibió confesión, y declaró que rezaba “las oraciones de su niñez”. Dos días más tarde fue ahorcado entre una silenciosa multitud.

Lamentablemente, las dos Españas han abusado de nuestra historia apropiándose injustamente de símbolos o personas que a todos nos pertenecen. Durante la República, la madrileña plaza de la Cebada, donde fue colgado Riego, tomó el nombre del ahorcado, para volverlo a perder tras la Guerra Civil. Hoy la plaza sigue sin hacerle honor, y sin embargo el degenerado Rey aún es honrado por una macilenta estatua en el barrio de la Latina.

Así trata España a sus héroes. Por eso hoy que adolecemos de una gran crisis moral y nacional muy pocos enarbolan la valentía, decisión y sentido de Estado en momentos de máxima gravedad, virtudes heroicas que abanderó Rafael del Riego en beneficio de todos nosotros.

Virtudes que le llevaron a la horca ante el silencio cómplice de nuestros antepasados.

El Observatorio del IE
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