Asalto al poder

En junio de 2008 el sistema financiero estaba en plena descomposición, la crisis inmobiliaria estallando, la financiación del déficit exterior español en caída libre, el desempleo

En junio de 2008 el sistema financiero estaba en plena descomposición, la crisis inmobiliaria estallando, la financiación del déficit exterior español en caída libre, el desempleo subiendo con fuerza y los bancos adentrándose en la mayor crisis de su historia.  Mientras, el Congreso español legislaba sobre los derechos del gran simio, mostrando una preocupante identidad entre legislador y legislado. 

¿Cuáles son las capitales de las seis comarcas de Madrid? Eso me preguntó mi hija de diez años, que abordaba un examen al respecto.  Ojeé el libro y observé que en ningún lado aparecía una mención a la capital de los EEUU o a la de Alemania.  En pocos segundos concluí que el autor intelectual del contenido era un perfecto imbécil.  Soy consciente de que el poder político, en este caso el autonómico, tiene una enorme influencia en que los niños estudien memeces, aunque soy optimista sobre la inteligencia del niño, que a la postre es capaz de superar las directrices políticas (de lo contrario, Falange hubiera sacado mayoría absoluta en 1977).

Ante estos hechos me pregunté ¿Por qué si éramos conscientes desde verano de 2007 de la enorme crisis financiera que se estaba llevando por delante los fundamentos de la economía el legislador estaba ocupado con el gran simio? ¿Qué ha ocurrido durante todos estos años para que algo esencial como el contenido en la educación de los niños haya acabado dictaminada por mequetrefes?  La caída en picado de los indicadores de calidad educativa en España (informes PISA) es un buen termómetro del mal hacer de tanto iluminado.

Las “elites” que ocupaban el poder decidieron desde la Ilustración no sólo proyectar su acción sobre la política exterior o la de defensa, sino hacia el interior, con un primer ímpetu regulatorio.  La argumentación moral se basaba en que ya que la preparación y la educación de las clases dirigentes era superior a la del pueblo llano, este abismo justificaba el ejercicio del poder, sin contar con el gobernado (“todo para el pueblo, pero sin el pueblo”).  Aunque dicha argumentación fuese errónea, su plasmación se extendió en durante los siglos XIX y XX, en el que el peso regulatorio aumentó, la formación de los políticos empeoró, y la educación del pueblo mejoró. 

Esta reflexión socaba la génesis del poder tal y como se ha entendido.  La supuesta legitimidad de la mayor preparación se viola ante la progresiva degeneración de la clase política. La legitimidad democrática se viola ante partidos cuyo funcionamiento es inconstitucional ya que no son democráticos de hecho, tal y como manda la Carta Magna, violación que el Tribunal Constitucional, controlado por los partidos, ignora.  La legitimidad democrática también viene cuestionada por ejercicios de gobierno que en nada se parece a los programas presentados a los electores, degenerando en la demagogia de una relación con un pueblo al que se le acostumbra a derechos y no a deberes, ignorando menos derechos o más deberes de todo programa político y legislando en sentido contrario.   Todos somos culpables de esta degeneración de la democracia en la demagogia.

Estos factores han aguantado mientras el crecimiento económico que ha experimentado España nos permitía soportar semejante despropósito.  Hoy que todo se tambalea corresponde abrir un debate entre la sociedad civil.  ¿Debemos seguir tolerando esto?  ¿Qué iniciativas se pueden plantear para que asaltemos pacíficamente el poder de forma que nuestros hijos puedan aprender según los criterios de gente más preparada?  Estos son los debates que abrió David Cameron hace unos años, y por los que hoy se contempla un peso muy superior de la sociedad civil a la hora de tomar decisiones que a todos nos conciernen, como el contenido de un libro de texto. Estas decisiones, tomadas por un colectivo amplio y más preparado, serán mejores. 

Hoy me planteo varias reflexiones. Sobre el creciente divorcio de valores entre sociedad civil y clase política.

Nosotros basamos nuestra vida en el mérito como elemento de progreso. Por lo tanto nos basamos en la responsabilidad como elemento rector de nuestras vidas y nuestras decisiones.  Ellos no se atienen al mérito.  Pueden perder elecciones durante veinte años y mantenerse como gerifaltes, porque sus jefes también han hecho lo mismo.  Pueden haber sido vicepresidentes de un pésimo gobierno, derrotados en las urnas y presentarse inmediatamente sin sonrojo como candidatos planteando alternativas ante el erial que han dejado tras su desgobierno.

Nosotros castigamos el fracaso, a veces con el despido, o con el ostracismo social.  No sería asumible que Miguel Blesa siguiera empleado en Bankia cuando fue co-responsable de semejante desastre.  Sin embargo los co-responsables de quiebras técnicas como la de la Comunidad Valenciana, la de Castilla La Mancha o la de la ciudad de Madrid hoy son diputados nacionales o autonómicos, representándonos y cobrando del erario del público aplaudidos por sus adláteres a pesar de sus nefandas gestiones previas.  ¿Qué señal dan a otros políticos?

Nosotros elegimos la formación como elemento crucial en la progresión de nuestras vidas personales y profesionales.  Ellos ignoran la cualificación y la formación como elemento central a la hora de asignar responsables políticos.  Un simple caminar de rodillas es lo que precisa para formar equipo el líder elegido con más del 95% de los votos, para envidia de los ex-dirigentes de la antigua República Democrática Alemana.  El inmovilismo y la mediocridad de la lista cerrada prima sobre el mérito y la permeabilidad, porque éstas pondrían de manifiesto las carencias de los líderes y de sus equipos.

A nosotros nos preocupa el futuro de nuestros hijos y qué nación les dejamos, y tomamos decisiones en consecuencia.

A ellos las próximas elecciones, y toman decisiones en consecuencia.

Nosotros basamos nuestra ética en la responsabilidad, en el mérito, en el esfuerzo y en el trabajo.

Ellos en el genuflexo falderismo canino.

Por eso el mañana nos pertenece.

El Observatorio del IE
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