Por qué quiebran las naciones

Hace unos años en Madrid el Senador Phil Gramm planteó por qué Argentina era más pobre que los EEUU cuando ambos países compartían riquezas naturales y

Hace unos años en Madrid el Senador Phil Gramm planteó por qué Argentina era más pobre que los EEUU cuando ambos países compartían riquezas naturales y una inmigración europea semi-cualificada.  Se le ocurrió mirar el listado de las cincuenta familias más ricas en 1920 y compararlo con el actual. En EEUU quedaban 7 familias. En Argentina, 41.

Muchos investigadores han intentado analizar la génesis del éxito y del fracaso de las naciones. Las teorías de la “ética protestante” de Max Weber han sido refutadas por datos empíricos (las ciudades católicas alemanas son más prósperas que las protestantes a lo largo de la historia). Los recursos naturales han supuesto un arma de doble filo (la llamada “maldición del petróleo” que genera cleptocracias que impiden el desarrollo de un país). También se han formulado hipótesis como la meteorología, la geografía, la cultura... Sin embargo puede que todas estas teorías yerren.

Recientemente, los Profesores Acemoglu (MIT) y Robinson (Harvard), han publicado un sugestivo libro “Why nations fail”, en el que analizan porqué unas naciones son más exitosas que otras. La clave es si las instituciones desarrolladas son “integradoras”, generando beneficios económicos y sociales (libertad y otros) para el conjunto de la sociedad, o bien son “extractivas”, concentrando los resultados en una oligarquía dominante. Entre otros casos, estudian por qué las colonias inglesas en EEUU prosperaron más que las españolas en Hispanoamérica. Los españoles desarrollaron un sistema de explotación de la propiedad basado en mano de obra indígena sedentaria. El producto de la riqueza se repartía entre la oligarquía local y la metrópoli. Los ingleses, carentes de mano de obra (las tribus indias en Nueva Inglaterra eran nómadas, y no sedentarias como muchas de las que fueron sometidas por los españoles), desarrollaron un sistema penal que forzaba a los colonos a trabajar la tierra y a comerciar con la metrópoli a precios tasados, beneficiando así a la oligarquía, estableciendo terribles penas para el que no se atuviera a tan draconianas normas.

Pronto, los resultados fueron tan nefastos que se procedió a cambiar el sistema modificándolo por uno liberal que incentivaba la producción: se premiaba el trabajo, se primaba la libertad de precio y de explotación. Así, mientras los españoles desarrollaron un sistema “extractivo” que no provocaba la integración de la masa india en la causa común, los colonos americanos, sin integrar a los indios en el sistema productivo, desarrollaron un sistema económico integrador basado en la libertad (sólo para colonos, ya que en los estados del sur el desarrollo se basó en la importación masiva de esclavos), lo que provocó que hacia la independencia en 1776 las clases medias de las colonias del norte de los actuales EEUU eran probablemente las que mejor nivel de vida tenían en el mundo.

Este análisis explica por qué países bien gestionados como Botsuana han experimentado altas tasas de crecimiento frente a países caóticos como el Congo o Sierra Leona. También plantea estimulantes preguntas sobre el futuro del crecimiento chino y el de los EEUU, y el poder relativo futuro de ambas potencias (el sistema chino continúa siendo “extractivo” como se puede deducir de la ausencia de libertad y de la inmensa fortuna de la cúpula del Partido Comunista). También explica la caída de naciones como la Unión Soviética. Suscita, asimismo, unas reflexiones sobre las mejores políticas conducentes a erradicar la pobreza. El ejemplo icónico de Corea del Norte y Corea del Sur habla por sí mismo.

La clase política española dedicó las ingentes rentas irregulares producidas por la burbuja inmobiliaria a financiar gasto corriente (más contratados públicos y más instituciones públicas). Tras cinco años de crisis y 400.000 millones de euros de deuda añadida a nuestras espaldas nos han presentado sus recetas para tamaño desmán: trasladar masivamente el esfuerzo a la sociedad civil mediante masivas subidas de impuestos y cuestionables recortes de gastos (no se suprimen instituciones vacías como el Senado, diputaciones, televisiones públicas o empresas públicas, ni se cortan drásticamente las subvenciones, ni se reconfigura el peso de la clase política o del funcionariado).  

Tras unas decenas de años de extraordinario desarrollo económico español, me preocupan las consecuencias que a medio plazo generarán semejantes medidas en nuestra nación. ¿Estamos desarrollando un sistema parecido al que desarrollamos en América hace cientos de años? ¿Trabajaremos los contribuyentes con la menor libertad que supone emplear cinco meses al año para pagar los gastos corrientes decididos por la clase política? La parte que sea más fuerte en este pulso (clase política vs. sociedad civil) decidirá probablemente si la nación española puede o no acabar como un estado fallido.

Comenté hace tiempo cómo Confucio instruía a sus discípulos sobre la política impositiva ideal, comentándoles que los ladrones de Indochina, al asaltar las caravanas, no robaban toda la mercancía, sino que dejaban una tercera parte, con el ánimo de que el comerciante llegara a su destino, se recuperara, y así podía volver a transitar la ruta de forma que el ladrón pudiera volver a robar.

Confucio planteaba que ante abusivas incautaciones de mercancías sólo cabía organizarse para limpiar Indochina de ladrones.

Feliz verano a todos.

El Observatorio del IE