Los nuevos amigos de Latinoamérica

Esta semana se ha celebrado en Lima la III Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América del Sur y Países Árabes (ASPA), un

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    Esta semana se ha celebrado en Lima la III Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América del Sur y Países Árabes (ASPA), un foro que pretende estrechar las relaciones económicas y políticas entre dos regiones “que comparten muchos rasgos culturales trasmitidos a través de la cultura ibérica del siglo XV.” ASPA lo forman los 22 países que forman la Liga de Estados Árabes y los 12 estados sudamericanos integrados en Unasur.

    Aunque desde Europa nos puede parecer un revival regional de aquellas cumbres del Movimiento de los Países No Alineados que, por cierto, aún siguen celebrándose, este tipo de encuentros debe enmarcarse en la intención que viene mostrando Latinoamérica en los últimos años de aumentar su influencia política y económica a nivel mundial. Por circunstancias históricas y geopolíticas, la región puso durante décadas todo su foco en Estados Unidos. A nivel político, como fieles aliados, con las excepciones por todos conocidas y, a nivel económico, convirtiendo en la mayoría de los casos al vecino del norte en su principal socio comercial y financiero.

    Pero algo empezó a cambiar en la década de los noventa del pasado siglo. Por un lado, los regímenes democráticos empezaron a proliferar, dando a la región de una estabilidad política desconocida hasta entonces, aunque algunos países se mantuviesen al margen y algunas asonadas siguieran formando parte del paisaje habitual. Por otro, Latinoamérica empezó a dotarse de una estabilidad macroeconómica de la que había carecido, que sirvió para que el crecimiento de estos pasados años fuese, en la mayoría de los casos, equilibrado, sostenido y con un cierto grado de inclusión social. Y además, la región, tras mucho tiempo cerrada desde el punto de vista comercial, empezó a abrirse al exterior, justo cuando apareció China, que con su apetito de materias primas, no sólo se convirtió en un socio comercial de referencia, desplazando en muchos casos a Estados Unidos, sino que de alguna manera, supo llenar el vacío político que dejó éste cuando sus prioridades estratégicas se volcaron en Oriente Medio.

    Latinoamérica ha cambiado mucho y para bien en estos últimos años. Y aún cambiará más en los próximos. La democracia está firmemente asentada en la mayoría de los países, aunque todavía queden regímenes anclados en el pasado o democracias esperpénticas. La estabilidad macroeconómica empieza a dar frutos cada vez más importantes y la apertura comercial es un hecho. Tanto, que la mayor parte de sus países se ha lanzado a firmar acuerdos de libre comercio, sobre todo con naciones situadas al otro lado del Pacífico. Acuerdos, que en la mayor parte de los casos, han supuesto una notable mejoría de los saldos comerciales y fiscales, al conseguir nuevos mercados y mayores precios para las materias primas sudamericanas, pero que también han supuesto la invasión de manufacturas asiáticas, en detrimento de los productores locales.

    Esta Cumbre ASPA, además de suponer un excelente ejemplo de los nuevos circuitos económicos y políticos Sur-Sur que están proliferando por todo el planeta, supone para Latinoamérica una excelente oportunidad para aumentar su visibilidad política y, sobre todo, para vender su realidad económica y captar a potenciales inversores financien proyectos de infraestructuras y ayuden en la explotación de sus recursos naturales. Aunque dentro de los países árabes hay de todo, desde ricos emiratos en busca de lugares donde colocar sus excedentes petroleros, hasta lo que podría considerarse “amistades peligrosas”. Pero no deja de resultar curioso, que las naciones latinoamericanas busquen cada vez una mayor integración económica y política con países de otros lugares del globo y, en cambio, sean incapaces de avanzar en los procesos de integración regional. Pero de eso, hablaremos otro día.

    El Observatorio del IE