Por qué ciertas empresas no quieren que los impuestos bajen

Como dijo el pensador, "nada hay cierto en la vida salvo la muerte y los impuestos". Nuestro impuesto más tradicional es el IVA, anteriormente llamado alcabalas, que

Como dijo el pensador, "nada hay cierto en la vida salvo la muerte y los impuestos". Nuestro impuesto más tradicional es el IVA, anteriormente llamado alcabalas, que data ya del siglo XI. El impuesto sobre el trabajo (valga el oxímoron) es mucho más reciente. Los ingleses lo adoptaron por culpa de Napoleón, ya que no podían financiar las guerras con los ingresos tradicionales. A pesar de esto, el endeudamiento subió hasta llegar casi al 180% del Producto Interior Bruto (PIB) en 1815, deuda que no se terminó de pagar en casi cien años…

Hoy en día, existe un fuerte debate en el Reino Unido sobre si se debería cambiar, o incluso eliminar, el impuesto sobre el trabajo y sustituirlo por otro tipo de imposición. En España, el excelente estudio de la Comisión Lagares plantea una reforma tributaria que, además de proponer una reducción en los tipos del impuesto sobre el trabajo, también postula una rebaja del impuesto sobre sociedades, a cambio de eliminar deducciones. Sin embargo, un nutrido grupo de empresas puede realizar una férrea oposición a que bajen los impuestos de sociedades. El motivo es que dicho descenso podría acarrear la quiebra de más de una compañía. Veamos los motivos.

En España se está planteando una reforma tributaria que, además de proponer una reducción en los tipos del impuesto sobre el trabajo, también propone una reducción del impuesto sobre sociedades, a cambio de eliminar deducciones. Sin embargo, un nutrido grupo de empresas puede realizar una férrea oposición a que bajen los impuestos de sociedades.

Cuando una empresa pierde dinero, por ejemplo cien millones de euros, hay dos formas de contabilizarlo. La primera, que es la forma conservadora, consiste en apuntar “pérdidas antes de impuestos: cien millones; impuesto de sociedades: cero; pérdidas después de impuestos: cien millones”. La segunda, que es la agresiva (contablemente hablando) sería: “pérdidas antes de impuestos: cien millones; impuestos: menos treinta millones (o sea como si hubiera un ingreso de treinta millones), pérdidas después de impuestos: setenta millones”. En la forma agresiva, por arte de magia las pérdidas se han reducido de cien a setenta mediante un apunte contable que no se corresponde con una entrada de caja (Hacienda no envía un cheque por treinta millones a una empresa que pierde cien). Como en contabilidad cualquier partida de la cuenta de pérdidas y ganancias que no lleva asociada una entrada o salida de dinero provoca automáticamente la generación de un activo o pasivo, en este caso, el falso ingreso genera inmediatamente un “activo por compensación de bases fiscales negativas” o en inglés deferred tax asset

El motivo consiste en que una pérdida genera el llamado escudo fiscal, es decir, que las pérdidas pasadas podrán compensar con beneficios futuros y, por lo tanto, no se pagarán impuestos a futuro si se generan beneficios suficientes para compensar dichas pérdidas. Este eventual beneficio o escudo puede no contabilizarse (principio de prudencia) o sí (interpretación agresiva). Para que el auditor acepte esta contabilización agresiva hay que demostrarle que en los próximos años (la tendencia es a diez años desde la generación de la base fiscal) la empresa tendrá buenas posibilidades de conseguir ganar el suficiente dinero para compensar dicho escudo antes de que los escudos fiscales caduquen. 

Así, si una empresa tiene acumulados cien millones de euros en escudos fiscales con diferentes caducidades, tendrá que probar que puede generar unos trescientos millones de beneficios en los próximos años antes de dichos plazos. Tradicionalmente, dicho apunte agresivo se toleraba en empresas con mucha predictibilidad de flujo de caja, como autopistas; sin embargo, durante los últimos años empresas y auditores han relajado sus posturas y han contabilizado miles de millones de euros en escudos fiscales. Tan importantes son, especialmente en el sector bancario, que los estados han procedido a blindarlos de forma que no se dude de su contabilización (hasta el punto de que, aunque se pierdan, el Estado puede bajo ciertas condiciones llegar a garantizar su valor mediante su conversión en créditos directamente exigibles a la Administración tributaria, lo que implica que Hacienda podría devolver con nuestro dinero impuestos que nunca se pagaron), ya que de lo contrario muchos bancos podrían estar técnicamente insolventes.

Cuando España plantea una eventual bajada del tipo de sociedades del 30% al 20%, se puede generar una bomba de relojería: las empresas con escudos fiscales activados (las agresivas) tendrían que proceder a dar de baja una parte relevante de dicho activo, ya que su reconocimiento se basó en la hipótesis de que a futuro pagarían el 30% del beneficio antes de impuestos, y puede que tras la reforma paguen el 20%, luego se podría perder una parte del escudo antes de su caducidad. Dar de baja un activo se realiza mediante el reconocimiento de una pérdida y, por lo tanto, eso reduce el tamaño de los fondos propios, así como la capacidad de pagar dividendos. 

Si el apunte contable de reducción del valor del activo es mayor que el tamaño de los fondos propios, la empresa puede quebrar. Además, aquellas empresas que tengan activos valorados mediante un descuento de flujos pueden verse en la desagradable tesitura de que al reducirse el valor del escudo de la deuda suba el coste de capital (ya que el coste de esta se calcula siempre después de impuestos; así, si se paga un 6% por la deuda antes de impuestos, con estos al 30% el coste después de impuestos sería del 4,2%, luego si bajan al 20% los impuestos, el coste de la deuda sube al 4,8%). Dicha subida del coste de capital, que es la tasa a la que se descuentan los flujos futuros, bajaría el valor presente del activo, generando una pérdida aún mayor y, por lo tanto, un quebranto superior de los fondos propios. 

Como muchas empresas no quieren quebrar (naturalmente), se verán muy perjudicadas por la bajada de impuestos, sorprendente paradoja. ¿Cómo identificar estas situaciones para precaverse?

Primero: analizar si en el balance de una empresa figuran activos fiscales diferidos. Si es así, contrastarlos con el valor de los fondos propios. En general, si representan más de un 25% se trata de una empresa con riesgo.

Segundo: analizar los beneficios después de impuestos para tener claro que estos se generan vía beneficios recurrentes y no vía apuntes contables. El múltiplo PER siempre ha de basarse en un beneficio soportado por flujos de caja, no por apuntes contables.

Tercero: analizar la sensibilidad que tiene un balance en activos valorados mediante descuento de flujos para prevenir el riesgo de pérdidas como consecuencia de una subida del coste de capital.

Al final, como ya expuse en el pasado, esta interesante y compleja paradoja se reduce a aplicar siempre la norma sagrada de un buen análisis: EFDCEMIQTM.

El flujo de caja es más importante que tu madre.

El Observatorio del IE
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