La pasión turca

Al recordar la caída de Constantinopla he vuelto a plantear la muy endeble situación de Turquía, tanto política como económica, que desembocará en años muy difíciles

Foto: Campaña electoral en Turquía (EFE)
Campaña electoral en Turquía (EFE)

El 29 de mayo de 1453, el sultán turco Mehmet II lanzó un enorme ejército de entre 50.000 y 80.000 hombres (musulmanes y cristianos) en un asalto final sobre la milenaria ciudad de Constantinopla, defendida por unos 7.000 hombres, una mezcolanza de soldados imperiales, mercenarios, venecianos, genoveses y hasta monjes. El último emperador del Imperio Romano de Oriente, Constantino XI, había rechazado huir con su mítica frase “¿para qué sirve un emperador sin imperio?”. Las enormes murallas erigidas por Constantino el Grande en el siglo III, y reforzadas por sus sucesores, habían sido batidas por piezas de artillería proporcionadas al sultán turco precisamente por un ingeniero occidental. El asalto fue devastador, y los jenízaros, las tropas de élite del sultán, nutridas de cristianos raptados en su infancia y convertidos al islam, pronto arrasaron las últimas líneas de defensa bizantinas.

Una multitud de mujeres y niños buscaron refugio en la catedral de la Santa Sofía, obra insignia del arte bizantino, erigida casi mil años antes por Justiniano. Cuando los soldados alcanzaron el templo, sus puertas de bronce fueron derribadas, y se produjo una enorme matanza en la que apenas hubo supervivientes. Cuentan los cronistas que la sangre encharcó la enorme planta de la catedral. La masacre y el pillaje duraron tres días, en los que se sucedieron los asesinatos y las violaciones; unos 30.000 supervivientes fueron vendidos como esclavos.

La caída de Constantinopla es un suceso bien documentado por muchos historiadores. Su horror no fue muy distinto de la masacre perpetrada por los cruzados cuando tomaron esta misma ciudad en 1204, la que los mismos cruzados llevaron a cabo al conquistar Jerusalén el 14 de Julio de 1099, o cientos de similares carnicerías producidas por la guerra a la hora de asaltar ciudades sometidas previamente a asedio. Sin embargo, hay una pequeña diferencia: el actual presidente turco, Erdogan, realizó una gran celebración de la caída de Constantinopla, hoy Estambul, hace unos días, casualmente antes de las elecciones que tan mal resultado le han otorgado. Con todo, muy pocos mandatarios conmemoran hoy batallas que resultaron en tan cruentos resultados para tantos inocentes.

Turquía era un país competitivo, estratégicamente bien posicionado y con gran capacidad de consumo, factores que han desembocado en un notable éxito

Al recordar este evento he vuelto a plantear la muy endeble situación de la actual Turquía, tanto por su situación política como por la económica, y esa endeblez desembocará, en mi opinión, en años muy difíciles para este país.

Políticamente, el modelo de democracia liberal, que no consiste en ganar una elección cada cuatro años, sino en establecer un marco de garantías para las minorías, promover la separación de poderes, y respetar la libertad de expresión, está cuestionado desde que el partido islamista moderado, AKP, tomó el poder. También el modelo de Estado laico ideado por Attaturk, lo que poco a poco ha polarizado a la sociedad. Las recientes elecciones, en que el AKP ha perdido su mayoría absoluta, marcan un punto de inflexión y, en cualquier caso, generarán una enorme incertidumbre.

Esta vicisitud política ha sido posible gracias a un enorme despegue económico durante la última década. Turquía era un país competitivo, estratégicamente bien posicionado y con gran capacidad de consumo, factores que han desembocado en un notable éxito económico.  

Con todo, durante este periodo se han generado enormes desequilibrios:

Primero, el país acumula un enorme déficit de cuenta corriente, equivalente a un 6% del PIB. Como sabemos muy bien en España, tan enormes déficits se financian si un país está de moda; cuando deja de estarlo, no queda más que realizar un enorme y muy doloroso recorte en demanda interna, que desemboca en elevados niveles de desempleo. Ante un contexto de subida de tipos en EEUU y pérdida de fundamentales turcos, es muy cuestionable si los inversores extranjeros seguirán apostando por Turquía.

Segundo, la falta de reformas ha provocado niveles de inflación (8,1%) muy por encima de los objetivos del banco central. La inflación hiere especialmente a las clases bajas, y suele empeorar la competitividad de un país vía incrementos salariales superiores a los de otros países vecinos, lo que progresivamente debilita las exportaciones y fomenta las importaciones.

La falta de reformas ha provocado niveles de inflación (8,1%) muy por encima de los objetivos del banco central, los cuales afectan más a las clases bajas

Tercero, la independencia del banco central, elemento clave para el buen comportamiento económico de un país y para la atracción de inversiones, está seriamente cuestionada. Un banco central intenta luchar contra la inflación mediante subida de tipos, subida que también es necesaria para atraer capital en un contexto de déficit de cuenta corriente. Es un movimiento parecido al que está ahora realizando el banco central brasileño. Es doloroso, porque ralentiza la inversión y el consumo, pero necesario. Con todo, el presidente turco ha acusado al banco central de “traidor” y “usurero”, amenazando, incluso, con retirar su independencia si lleva a cabo esta política, lo que ha provocado cuestionables decisiones en política monetaria (ha bajado tipos, en vez de subirlos). Erdogan mantiene la curiosa teoría de que la mejor forma de luchar contra la inflación es bajar los tipos (casualmente su curiosa receta de política monetaria coincide con periodo electoral)…

Cuarto, la bonanza económica ha provocado los desequilibrios usuales: una mayor dependencia del crédito para hacer crecer la economía y una evidente burbuja en precios de activos (especialmente el sector inmobiliario en Estambul).

Estos cuatro pilares amenazan Turquía. De crecer casi un 10% hace seis años, en 2015 el país apenas rondará el 2% en 2015... y el mejor reflejo de los enormes riesgos es la ultradeprimida cotización de la lira turca, lo que genera la sombra de cómo repagar las deudas para aquellas empresas que generan sus ingresos en liras y se han endeudado en el pasado en dólares.

El escenario futuro en mi opinión es pasionalmente aterrador.

Tras la caída de Constantinopla, se reconoció también el cadáver del emperador Constantino XI por el distintivo imperial que llevaban sus sandalias. Murió aparentemente en una última y desesperada carga al frente de sus imperiales para intentar contener la brecha abierta por los jenízaros en las murallas. Cabe preguntarse si Erdogan reaccionará a la previsible pasión de su país con un comportamiento tan heroico como el de Constantino.

El Observatorio del IE
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