El rearme moral de España

Dice Warren Buffett que cuando baja la marea se ve quién nadaba desnudo. Hoy en día, observamos el resultado de corrupción de los que nadaban cuando la marea era alta

Foto: Bandera española. (EFE)
Bandera española. (EFE)

Hace siete años, en la columna “El suicidio de un financiero corrupto”, exponía un caso que me refirió un amigo sobre un financiero alemán que había estado en la cárcel por un sonado caso de sobornos masivos pagados desde su multinacional. Cuando fue liberado, jugó al golf en su club de toda la vida, y al acudir a comer a su restaurante, al verlo, el resto de comensales se levantó dejando solo al financiero. Acto seguido, este fue a su casa y se quitó la vida al contemplar el escarnio social al que estaba expuesto. Reflexionaba en ese artículo cómo dos países podrían ser igual de corruptos, pero si la tolerancia moral de la sociedad de uno de los dos hacia la corrupción era menor, entonces un país acabaría mejor que el otro. Me preguntaba si la sociedad española evolucionaría positivamente en este aspecto para mí crítico: “El problema, decía mi amigo, es que la intolerancia que muestra la sociedad alemana ante la corrupción y el soborno no ha impregnado en España, y por lo tanto nuestra gran debilidad no es la corrupción endémica, sino la tolerancia social hacia esta”.

Es importante diferenciar la corrupción de la percepción de corrupción. Así, según datos de Gallup y las Naciones Unidas, un 81% de los españoles percibe que hay corrupción en el Gobierno y en la empresa, comparado con niveles más cercanos al 40% en países del norte de Europa. Esta mayor percepción de corrupción también ha supuesto una caída preocupante en el porcentaje de españoles que confían en el Gobierno, hasta niveles del 30%, uno de los más bajos del mundo. De igual forma, el informe de transparencia internacional 'Corruption Perception Index', en el que un cero marcaría la corrupción total y un 100 la ausencia de corrupción, España sale con un 58, en el puesto 41º del mundo (de los 176 países analizados), por detrás del nivel que le correspondería por PIB per cápita (32), nivel que ocupaba precisamente España antes de la crisis (mostrando de nuevo cómo la corrupción impera cuando no se la percibe, o cuando no se la quiere percibir).

Con todo, un análisis del número de procesados en 2017 por delitos de corrupción por cada 100.000 habitantes se sitúa en 0,9, niveles muy similares a los de otros países (aunque es cierto que en España hay volatilidad, con Baleares en 3,4, Canarias en 2,2, Andalucía en 1,7 y, por el escalón bajo, País Vasco, Madrid y Cataluña con niveles inferiores a 0,2, tal y como analizó hace poco Joaquín Hernández). Es decir, que en España posiblemente haya más percepción de corrupción que los niveles reales.

Futuro

En cualquier caso, lo que importa es la evolución futura. ¿Estamos mejor o peor que cuando escribí esa columna sobre el suicidio del financiero?

Hace casi 20 años, importantes miembros de los gobiernos central y autonómicos eran capaces de simultanear sus cargos de ministro, vicepresidente o presidente con la obtención de un doctorado, que comprende una serie de cursos (mínimo 2-3 años) más la elaboración de una tesis doctoral (también un mínimo de 2-3 años). Yo me frotaba los ojos pensando sobre la higiene de dicho proceso. Si un alto responsable se doctora, o bien desatiende sus funciones de gobierno o bien la tesis (y quizá los cursos) se la ha realizado otro, proceso brillantemente analizado por Elisa de la Nuez hace unos pocos días. La mayoría de dichas 'tesis' obtuvieron el consabido sobresaliente 'cum laude' por unanimidad, y la prensa jaleaba al ilustre doctorado. “¡Enhorabuena, doctor!”, rezaba un genuflexo titular de un periódico nacional. La verdad es que la catadura moral del país se puede percibir cuando alguien encarga a un tercero (también actor inmoral) escribir una tesis, un tribunal finge que es del primer autor y encima la prensa jalea el mezquino proceso.

Pero esto era hace 20 años.

Hoy en día, debatimos si la presidenta de la comunidad con mayor PIB per cápita de España debe dimitir por irregularidades en la obtención de su maestría. Viéndolo en perspectiva, creo que este debate debería arrojar unas luces muy positivas sobre el dilema que planteaba hace siete años. Si los terribles episodios de corrupción que hemos vivido en el pasado se deben en parte a una tolerancia de la sociedad española de antes de la crisis (bien ejemplificada en los bochornosos doctorados expuestos), de la intensa intolerancia que hoy demostramos ante la corrupción, hasta llegar a los saludables extremos de exigir honestidad en un currículo, se traduce que nuestro futuro será mucho más brillante. Tendremos menos corrupción como consecuencia de nuestros más higiénicos estándares morales. Creo que hace 10 años no se hubiera levantado un escándalo como el que hemos observado estos días en la prensa por un título académico.

Dice Warren Buffett que cuando baja la marea se ve quién nadaba desnudo. Hoy en día observamos el resultado de corrupción de los que nadaban cuando la marea era alta (nuestra tolerancia). Ojalá mantengamos la guardia para asegurarnos de que la marea siga baja. Con todo, la clase política es un reflejo de nuestra sociedad. El centrar nuestra ira contra los políticos sin querer ver nuestra propia corrupción, por ejemplo cuando no damos de alta en la Seguridad Social a una empleada de hogar, es autoengañarse. Si el futuro nos depara un país más confiado en sí mismo e intolerante frente a la corrupción, será solo si hemos sido capaces de trasladar a nuestros hijos una coherencia entre nuestras ideas y nuestro comportamiento.

Como decía Tolstoi, “todos piensan en cambiar el mundo, muy pocos en cambiarse a sí mismos”.

El Observatorio del IE
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