En defensa de la juventud sin voto

Es bien conocida la máxima de Jefferson en el sentido de que la deuda pública es la mayor estafa moral que una generación le puede dejar a la siguiente

Foto: El Monumento Nacional Monte Rushmore. (Reuters)
El Monumento Nacional Monte Rushmore. (Reuters)

Es bien conocida la máxima de Jefferson en el sentido de que la deuda pública es la mayor estafa moral que una generación le puede dejar a la siguiente.

La siguiente generación no vota a los dirigentes actuales, por motivos obvios, pero estos toman decisiones que directamente les afecta. La más evidente es la deuda pública. Esta se puede generar debido a situaciones excepcionales. Por ejemplo el Reino Unido elevó su endeudamiento público a más de una vez y media su PIB durante las guerras napoleónicas, y un nivel algo inferior durante la Segunda Guerra Mundial. Terminó de pagar estas últimas deudas en 2010.

Sin embargo, hay otros motivos más obscenos para elevar el déficit y la deuda pública que pagarán las siguientes generaciones que hoy no votan: la compra de votos presentes.

Hace unos cincuenta años muchos países occidentales presentaban ratios de deuda pública extremadamente bajos (en ocasiones inferiores al 10%). El motivo es que la sociedad era joven (lo que convertía a este segmento en el favorito de la política), como consecuencia, el peso de las pensiones estaba aún controlado, y los fuertes incrementos de productividad permitían disfrutar de crecimientos suficientes para pagar el estado social.

Desde entonces la situación se ha invertido. Las sociedades occidentales han envejecido estrepitosamente. Por ejemplo en España afrontamos ya una situación inédita en su historia no bélica, en la que el número de muertes supera el número de nacimientos, por lo que el número de españoles disminuye cada año. La sociedad se hace mayor, y así por ejemplo hoy en día tenemos menos de 5 millones de jóvenes, y casi 10 millones de jubilados. No es de extrañar que las baterías de interés de los partidos políticos oscilen desde los primeros hacia los segundos, a la hora de granjearse el apoyo electoral con el dinero de todos, especialmente con el de aquellos que ni siquiera pueden votar pero que pagarán dichas decisiones. Por último, la productividad dejó de crecer a buen ritmo a primeros de los setenta, lo que ha disminuido el crecimiento potencial de nuestras economías. A menor crecimiento, menor recaudación. Cualquier familia normal ajustaría su gasto en consecuencia.

La cosa pública es otra cosa: a menor recaudación, mayor deuda, de forma que se pueda seguir pagando el gasto que genera mayor número de votos presente.

El problema por lo tanto no es sólo económico, sino moral, ya que los enormes niveles de deuda que estamos generando (solo comparables a los niveles incurridos en conflagraciones mundiales) habrán de ser satisfechos no solo por los jóvenes con derecho a voto, sino también por los niños que aún no votan, y los 'nasciturus' que algún día habrán de votar. La consecuencia es que si entran a ser jóvenes otros 5 millones de actuales niños, y los actuales jóvenes pasan a la edad madura, el regalo que les habremos dejado es la friolera de 100.000 euros de deuda pública por persona.

Imaginémonos esta situación con una herencia cuyo resultado sea dejar a nuestros hijos una deuda que excede al activo en el equivalente a 100.000 euros por descendiente, herencia que los hijos no tienen capacidad de rechazar.

Es inmoral.

La situación no solo es grave desde el punto de vista de balance, sino también de flujo, ya que las promesas son muy difíciles de eliminar, y por lo tanto el gasto comprometido tiende a acrecentar el déficit y a acentuar el problema. Las recientes medidas tomadas por un gobierno saliente y otro entrante, medidas de diferentes partidos conducentes a ganar votos a corto plazo agrandando el problema para las siguientes generaciones expone en buena medida la tragedia moral y financiera que se avecina.

El déficit o aumento de deuda se puede justificar en épocas de crisis pues la política fiscal debe ser contracíclica (déficits en crisis y superávits en expansión) o cuando se realizan aumentos de gasto que implicarán mayor productividad en el futuro (infraestructuras clave, educación o I+D), ambas cosas no se dan. Es normal que con la crisis vivida subiera el déficit… si en los años de recuperación ahorramos, pero como sabemos el movimiento es siempre en una dirección cortesía de la lógica electoral.

Desigualdad laboral

La calamitosa situación podría al menos paliarse si les dejáramos un mercado laboral más o menos justo, en la que no haya ciudadanos de primera (trabajadores fijos) y de segunda (los que encadenan contratos temporales). Mientras, para pagar esta creciente pirámide, cada español trabaja de media por 21 euros la hora, de los que solo 15 son sueldo, otros 6, Seguridad Social, uno de los motivos por el que se inhiben sueldos más comparables a otros países europeos. Se da la circunstancia de que los jóvenes son precisamente los destinatarios de los contratos temporales (suponiendo que no estén en el paro), lo que genera precariedad y menores sueldos. Esto a su vez provoca el que se retrase la edad de emancipación, factor que a su vez ralentiza la creación de hogares y por supuesto la natalidad. España es uno de los países en los que existe mayor diferencial entre los deseos de tener hijos y los niños que nacen (un calamitoso 1,3 niños por madre). Sin embargo, cuando se presenta una iniciativa para atajar la desigualdad laboral, el contrato único, es rechazado por la mayoría de los partidos, aunque se declaren más o menos “solidarios”. El motivo es que el número de votos con contrato indefinido es mayor que el número de votos con contrato temporal.

Aplastante e inmoral lógica, en muchos casos hipócrita, ya que se vota lo contrario de los ideales que uno afirma defender. El resultado es el suicidio colectivo.

Escribí hace años una columna en la que afirmaba que el escritor griego Heródoto exponía cómo la nobleza persa educaba a sus hijos en dos máximas. La primera era nunca mentir. La segunda era nunca incurrir en deuda, porque el que lo hace acaba mintiendo.

Me parece que hoy en día hemos alcanzado nuestro culmen de deuda, de insolidaridad y de mentiras. Solo engañándonos a nosotros mismos como sociedad seguiremos traicionando aún más a los que vienen detrás: los vulnerables sin derecho a voto y con 100.000 euros de deuda cada uno, deuda cortesía de sus padres y de los políticos por ellos elegidos.

La esperanza, el que las hipocresías antes o después acaban derrumbándose como un castillo de naipes, como hemos visto en otros países.

El Observatorio del IE
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