Italia, ante el precipicio

El principal problema de Italia es su muy bajo crecimiento, y el bajo crecimiento dificulta el pago de la deuda. Para crecer, hacen falta reformas estructurales y sanear el sistema bancario

Foto: Un paracaidista ondea una bandera italiana en el Día de la República. (Reuters)
Un paracaidista ondea una bandera italiana en el Día de la República. (Reuters)

Acaba Indro Montanelli su monumental 'Historia de Roma' con una reflexión: “Esta es la historia de un gran pueblo que hoy, cuando grita: ¡viva Roma! es para animar a un equipo de fútbol”.

Italia, especialmente el norte, consiguió un desarrollo económico desde los años cincuenta que no tuvo nada que envidiar a Alemania ni a Francia. Muchas veces se ha cuestionado el modelo de participaciones cruzadas que muchas empresas industriales italianas presentan, a lo que a dichas empresas responden: “Es nuestra mejor defensa ante los políticos romanos”. La capacidad de la política de hacer el bien o el mal es profunda. Siempre he afirmado que de estas, la capacidad de hacer el mal es inversamente proporcional al ratio de deuda pública sobre PIB.

Claramente, Italia muestra ser una excepción porque a pesar de su elevado nivel de deuda los políticos están haciendo el mal con consecuencias muy peligrosas:

Italia presenta un volumen de deuda pública de aproximadamente 1,3 veces su PIB. Como este último asciende a 1,7 billones de euros, el mercado de bonos y letras italianos asciende a 2,2 billones, el más importante de la zona euro. Semejante volumen de deudas se traduce en unos pagos por intereses muy relevantes, que por lo tanto consumen una parte del gasto público. Italia se ha beneficiado enormemente de la pertenencia al euro, ya que esta se ha traducido en una fuerte reducción en los tipos de interés que el Gobierno italiano tiene que afrontar por su deuda. Las compras masivas de bonos por parte del BCE han acentuado dicha ventaja, de forma que Italia ha disminuido su factura de tipos de interés, lo que a su vez le ha permitido canalizar gasto público hacia otras actividades.

El populismo, que como he escrito en el pasado busca formular respuestas 'sencillas' ante problemas complejos, intenta convertir Bruselas y Europa en epicentro de todos los males, para de esa forma aunar al votante insatisfecho que busca la histórica 'cabeza de turco' ante el complejo panorama italiano (falta de crecimiento, bancos tocados, rigidez en el sistema laboral, falta de productividad…). Así, se da la paradoja de que si Europa ha supuesto un enorme ahorro para las arcas de Italia, un segmento de los partidos políticos está paradójicamente canalizando la frustración hacia ella. Como en Italia dichos partidos aúnan un 50% del voto, han llegado al Gobierno.

Su principal reivindicación es “poder gastar más dinero” del que permite Europa, o sea, un mayor déficit público, que en un país con mucha deuda puede significar una espiral mortal si los inversores dejan de confiar en dicha deuda. A expensas de que dicho déficit, junto con la monstruosa deuda actual, será pagado por las siguientes generaciones de italianos (que no han votado a estos partidos), el incumplir las normas que marca Europa necesariamente se traduce en mayores tipos de interés, asociados al mayor riesgo, y a una eventual salida del euro por parte de un socio que no quiera cumplir las reglas de juego, algo que conllevaría una subida abrupta de los tipos de interés y posiblemente una quiebra parcial, lo que se traduciría en un empobrecimiento masivo de los italianos.

¿Cuáles son las consecuencias de tanta insensatez? Desde que los actuales partidos en el poder comenzaron a presentar posibilidades reales de alcanzarlo, los tipos de interés que afronta Italia han subido aproximadamente un 1,5% adicional. Esto quiere decir que de mantenerse estos tipos, según Italia va refinanciando la deuda actual, tendrá que pagar la friolera de 30.000 millones de euros anuales adicionales en concepto de mayores intereses como pequeña factura gracias a la retórica populista. De nuevo, esto lo pagarán las siguientes generaciones, que no votan.

A más populismo, más prima de riesgo; a más prima de riesgo, más intereses para los acreedores y menos dinero para pensiones y educación

Recientemente, el Gobierno italiano desafió las reglas de la moneda única, presentando un presupuesto con un déficit de un 2,4%, frente a un nivel inferior al 2%, nivel que se podría asumir por parte del resto de socios, dada la situación del país. Los populistas han vendido como un 'triunfo' pretender gastar 10.000 millones más. Sin embargo, como he expuesto, la factura no son 10.000, sino 30.000 más 10.000, o sea 40.000 millones, y como es imposible que Italia se permita financiar este mayor déficit (teniendo en cuenta el mayor coste financiero), tendrá antes o después que reducir gasto público en partidas sociales. O sea, hacer un pan como unas tortas.

En mi opinión, tamaña estupidez no tiene mucho recorrido, porque hasta los populistas saben hacer estos sencillos cálculos. A más populismo, más prima de riesgo; a más prima de riesgo, más intereses para los acreedores y menos dinero para pensiones y educación.

Así de sencillo.

Por eso Syriza cambió radicalmente su política en Grecia cuando comenzó a utilizar la calculadora. Hoy, Grecia se beneficia de dicho cambio. Creo que ocurrirá algo parecido con Italia. Europa rechazará el presupuesto italiano, los populistas se llevarán las manos a la cabeza (para así ganar munición para las elecciones europeas) y acabarán aceptando un déficit menor, posiblemente por debajo del 2%.

Mientras, han jugado con fuego, porque una economía tan endeudada y con tan poco crecimiento no puede permitirse jugar con fuego. El principal problema de Italia es su muy bajo crecimiento, y el bajo crecimiento dificulta el pago de la deuda. Para crecer, hacen falta reformas estructurales y sanear el sistema bancario (en los bancos italianos quedan 200.000 millones de euros en créditos fallidos), algo que los políticos han venido ignorando. La consecuencia es la Italia que ha provocado la inacción política, no un producto del BCE ni de Bruselas.

Decía un catedrático de economía que “no puede ser que los mercados dicten a un país cuánto dinero gastar”. Ignoro cómo habrá ganado la cátedra dicho señor, pero todos sabemos que cuando incurrimos en deudas, tenemos que cumplir ciertas condiciones, y especialmente si compartimos una moneda común. Lo inmoral (además de estúpido y pernicioso, como expongo más arriba) es no hacerlo, de cara al gasto social actual (que se compromete cuando sube la prima de riesgo), a nuestros hijos, a nuestros socios y a nuestros acreedores. Si se quiere pertenecer a un gimnasio y disfrutarlo, hay que pagar la cuota. Eso es el euro. Pretender disfrutar de sus ventajas (la mayoría de los italianos apoya seguir en el euro) sin cumplir con sus compromisos (una misma mayoría que vota a populistas) es una contradicción que solo se resuelve en uno u otro sentido.

La situación se encaminará, pero se ha jugado con fuego, y antes o después, este puede prender.

El Observatorio del IE

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