Disciplina de mercado

El progreso, lejos de consistir en el cambio, depende de la retentiva. Cuando el cambio es absoluto, nada queda por mejorar y ninguna dirección se establece

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    El progreso, lejos de consistir en el cambio, depende de la retentiva. Cuando el cambio es absoluto, nada queda por mejorar y ninguna dirección se establece para una posible mejora; y cuando la experiencia no se conserva, como entre salvajes, la infancia es perpetua. Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. [GS]

     

    En 1865, Francia, Bélgica, Suiza e Italia, suscribieron un Tratado, renovable a los quince años y al que se sumaría posteriormente Grecia, por el que permitían la libre circulación de sus monedas de oro y plata, de idénticas características técnicas, aunque acuñadas de manera independiente, acordándose su aceptación indistinta, incluso para el pago de impuestos. Nace la Unión Latina. Tras el deseo común, especialmente de los satélites, de mejorar flujos comerciales, reducir costes transaccionales, e incrementar la transparencia de precios, residía también la ambición francesa de potenciar su influencia exterior, como centro financiero de referencia. De esta forma, el franco quedaba erigido como unidad de cuenta oficial de un sistema bimetálico, a contracorriente de un proceso de globalización cuya preferencia ya se decantaba por el gold standard. Y, naturalmente, cada cual trató de hacer de su capa un sayo.

     

    El equilibrio implícito de la paridad oro-plata descansaba en el arbitraje sobre sus precios relativos, adaptándose la circulación metálica en función de las variaciones de sus respectivos valores de mercado. Pero diversas vicisitudes, unidas a persistentes déficits fiscales, incentivaron la especulación y el consabido free-riding. La primera desventura tardó poco en aparecer, pues Austria e Italia entraron en guerra y ésta, para financiar el esfuerzo bélico, emitió masivamente papel moneda, suspendiendo su convertibilidad metálica y obteniendo jugosas rentas de señoreaje, mientras exportaba inflación a sus socios. Por su parte, el engaño en la ley y el exceso de oferta de plata hacían rentable acuñarla por un valor facial superior al de mercado, especialmente en moneda fraccionaria, menos probable de ser retirada para ser fundida. Francia y Bélgica, por ejemplo, se negaron en 1873 a aceptar monedas italianas para saldar tributos, y Grecia tuvo que aceptar la cesión del mintage directamente a la Monnaie de Paris, desde donde se reenviaban acuñadas al país heleno, con simpáticos resultados de ida y vuelta.

     

    Las diversas conferencias y convenciones para reconducir el desmadre tuvieron que lidiar con enroques, privilegios asimétricos, y reservas de consentimiento, lo que llevó a considerar su disolución. No obstante, en 1878 se firma un nuevo Tratado de seis años de validez, la plata es desmonetizada, e Italia recibe un calendario de redención de sus monedas y billetes. Tres años después, manifiesta su intención de rechazar piezas argénteas de otros socios una vez expirase aquél. Cercana ya su prórroga, Francia reclama una cláusula de liquidación como condición sine qua non, diseñada para aquellos que planeasen abandonar la nave. Se producen entonces cambios tácticos entre quienes circulaban con exceso de plata, tensionándose las relaciones entre Suiza, Bélgica e Italia, estas dos últimas abogando por la adopción del patrón oro, convencidas de que podrían negociar en mejores condiciones la retirada de sus monedas. Finalmente, la novación de 1885 especificó los términos de la redención e intentó fijar un tipo de cambio estable con marco, libra, y dólar. En 1893, tras múltiples demandas de concesiones, y con escasez de calderilla merced a su actividad exportadora, Italia suspende la convertibilidad. Grecia hace lo propio en 1908, encargándose la Gran Guerra de finiquitar de facto aquella UL a la que España estuvo tentada de pertenecer.

     

    La búsqueda de estabilidad económica, de manera aislada o en comandita, había sido una constante en Europa desde la Revolución Industrial. Y fue, precisamente, la falta de cooperación entre Francia y Alemania la que permitió la generalización del patrón oro, amparada en libre movilidad de factores y moderado proteccionismo, forzándose la desaparición del sistema bimetálico. El cambio aportaba, al menos, dos mecanismos encaminados a impedir seducciones de mala praxis financiera. En primer lugar, el institucional: ante la ausencia de convenios colectivos respecto a deuda, déficits, inflación, tipos de cambio o tipos de interés a largo plazo, el consenso tácito imponía un marco político y reformas coherentes con el nuevo modelo, como el alumbramiento de bancos centrales huérfanos de injerencias gubernamentales. Y en segundo, el mecanismo de mercado, a modo de solícito proveedor de castigos y recompensas, dado que los prestamistas penaban cualquier desvío de ortodoxia & convertibilidad, a través de mayores costes y dificultades de financiación. Unos incentivos de la disciplina que, sin ser privativos del régimen aurífero, habrían de estimular la sana competencia en torno a la reputación fiscal y monetaria, al estilo de aquel Compromiso Austrohúngaro.

     

    Habida cuenta los antecedentes históricos, y tras dos devastadoras guerras mundiales, el deseo de volver a cimentar estabilidad y progreso en el Viejo Continente tuvo su lógica consecuencia en la participación de esfuerzos y recursos para la reconstrucción posbélica, carbón y acero. Pronto, las necesidades de actualizar y perfeccionar las estructuras de colaboración y consenso, abocaron a asumir mayores compromisos de integración. Reciprocidad & Convergencia. Un proceso, continuo e imperfecto, que requiere grandes dosis de renuncia a las aspiraciones particulares, en favor de un bien común superior, lidiando con las habituales divergencias entre sentido de Estado y oportunismo político, la brecha que separa prosperidad de largo plazo e inmediatos réditos electorales. Sin embargo, la existencia de intereses creados pretende servir de excusa para enmascarar errores e incumplimientos propios. Estrategia peligrosa e inútil, pues culpar al empedrado únicamente reduce la credibilidad, al tiempo que aumenta las expectativas de beneficio de arribistas y carpetbaggers, ávidos de aprovechar debilidad e incompetencia ajenas.

     

    Y aquí es donde vuelven a entrar en juego, adaptados a los tiempos que corren, los mecanismos institucionales y de mercado. Cuando los primeros no consiguen revertir puerilidad y desidia, los segundos se encargan de recordar el modelo de palo y zanahoria. Si las dudas sobre Maastricht generaron en su momento una crisis de cooperación, dejando vía libre a los ataques especulativos al SME, la desconfianza e incertidumbre actuales invocan la exigencia de demostrar madurez y disciplina, no un mero lavado de imagen frente al tablero global. Aunque pueda resultar atractivo seguir refugiado en conspiraciones de patio de colegio, pastoreo de ignorancias, y maniobras de distracción, los mensajes de ajuste en materia de responsabilidad y austeridad apremian acuse de recibo & enterado a pie de página. Y ya vamos fuera de plazo.

    El Teatro del Dinero
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