El espejismo de la transición energética

Vuelven a subir las emisiones globales de CO2 y el uso del carbón

Foto: Foto: EFE.
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Durante los años 2015 y 2016 pudimos ver repetidas noticias en que se nos decía que las emisiones de CO2 habían tocado techo y que esto significaba que la ansiada transición hacia una economía verde en que se pudieran hacer compatibles el crecimiento económico y el control del cambio climático estaba a la vuelta de la esquina. Los más optimistas incluso lo tomaban como que este proceso ya se había iniciado. 2017 sin embargo ya trajo la mala noticia de un incremento en las emisiones de este gas de efecto invernadero del 1,6%, y en 2018 las noticias han sido aún peores y el crecimiento ha sido del 2,7%. Este último dato apenas es menor que el 3,1% de crecimiento económico que da el Banco Mundial para 2018, lo que significaría un pésimo dato, aún peor que el promedio de un 1% de diferencia visto en las últimas décadas. Es decir, que en 2018 la economía global no solo no se ha hecho más verde sino menos verde.

A mi modo de ver lo ocurrido en 2015 y 2016 fue ampliamente mal interpretado, ya que esta disminución de las emisiones globales de CO2 se debió exclusivamente a factores coyunturales en el uso del carbón. China, que quema algo menos de la mitad del carbón mundial, vio en 2015 un descenso en su uso del 2%, seguido de un nuevo descenso en 2016 del 7,9%. EEUU, el segundo consumidor mundial, vio en 2015 un descenso en el consumo del 10,4%, seguido en 2016 de una caída del 19%. Indonesia y Australia, también entre los cinco países que más carbón queman, vieron igualmente descensos en ambos años. Solo India, el último de los cinco países que conforman este quinteto, siguió viendo aumentos en el uso del carbón. El descenso global en el consumo de carbón fue del 4% en 2015 y del 6,2% en 2016. Sin embargo, en el total de energía primaria vimos un aumento en 2015 del 1% y otra vez del 1% en 2016.

Estas tendencias se truncaron en 2017, con un aumento en el uso del carbón del 3,2%. La energía primaria aumentó el 2,2%. De 2018 aún no tenemos datos completos pero el aumento de las emisiones sugiere tasas de incremento en el uso del carbón y de la energía primaria en el entorno del 4% y del 3% respectivamente. Hemos asistido, pues, a una enorme confusión respecto a la transición energética. Lo ocurrido con el carbón ha sido solo una combinación de regulaciones oportunistas en EEUU y China que aprovecharon la coyuntura del hundimiento de los precios del gas y del petróleo a partir del verano de 2014 para tratar de 'reverdecer' la economía de sus respectivos países. Pero, como hemos visto, ha bastado que otra vez sea rentable el uso del carbón para que todas esas buenas intenciones se diluyan como un azucarillo.

Ni siquiera el que sea probablemente el país (grande) más rico y con mayor conciencia medioambiental del mundo, Alemania, tras un esfuerzo e inversión monumentales ha sido capaz de reducir más que testimonialmente sus emisiones de CO2. Es probable que en 2018, con unas temperaturas muy benignas en Alemania, se consigan disminuir las emisiones, pero una vez más parece un dato meramente puntual. Todo ello nos hace pensar que la transición energética no va a ser ni mucho menos tan fácil como muchos optimistas parecían y aún parecen pensar. Aunque la energía primaria producida por las renovables sigue bajando de precio, la gestión de las intermitencias y el hecho de que la electricidad es complicada y cara de almacenar para usos como el transporte dificulta sobremanera esta transición. Si a ello el unimos el gigantesco problema de falta de coordinación internacional, podemos comprobar lo lejos que queda en el horizonte.

Para conseguirlo haría falta en primer lugar que el compromiso global en la reducción de las emisiones fuera total, firme y vinculante, cosa que está lejísimos de ocurrir. Esto realmente pasa porque al fin y al cabo la realidad se impone y los políticos saben que esa reducción de emisiones llevaría aparejadas elevaciones muy importantes en los precios de la energía por el coste de la gestión de las intermitencias y el uso en el transporte, y que ello a su vez ocasionaría reducciones en la calidad real de vida de la población. En Alemania los precios de la electricidad han subido desde 2007 un 57%, mientras que en la UE esta subida ha sido del 34%. Actualmente son un 49% más altos que en la media de la UE. Y todo esto para encima no conseguir apenas nada en la reducción de las emisiones. ¿A qué precio se hubiera ido la electricidad si hubiera habido una fuerte caída de emisiones? La verdad es que asusta. Y la otra cuestión es que si esto se está tolerando en un país tan rico, ¿qué pasaría en países con dificultades económicas importantes? Ya hemos visto lo que ha pasado en un país no tan rico como Alemania (Francia), pero aun así muy rico, con la proyectada subida de impuestos al diésel.

Mientras, el cambio climático sigue imparable, las concentraciones de gases de efecto invernadero aumentan sin cesar y, lo que es peor, a tasas crecientes. Parece que solo cuando los efectos de este cambio climático se hagan palpables en toda su gravedad hasta para los más escépticos, unido a cambios tecnológicos que permitan una gestión más barata de las intermitencias de las renovables y una utilización más barata igualmente de la electricidad en el transporte, podremos asistir a la implementación de políticas coordinadas a nivel global para dejar los combustibles fósiles donde deben estar, que es el subsuelo. Ojalá pase pronto, porque sino es posible que ya sea demasiado tarde como para detener los peores efectos del cambio climático.

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