Cuidado con la curva… También cuando baje

Cuando un problema de implicaciones complejas se resume en una gráfica, un gobierno responsable debe ofrecer una contextualización de los riesgos que continuarán amenazando nuestra seguridad

Foto: Foto: Reuters.
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La tan mencionada curva de contagios y fallecimientos parece haber comenzado un cambio de tendencia hacia su disminución progresiva. Una buena noticia que permite enfrentar el difícil día a día con la esperanza de la reducción de unos niveles de riesgo, los asociados a la pandemia del Covid-19, que la mayoría probablemente no habíamos padecido nunca antes. Pero el optimismo ha de fundamentarse en la totalidad de los factores presentes, y todo parece indicar que hay algunos, muy importantes, que apenas han aparecido en el debate público.

Un análisis más completo de la situación exige prestar especial atención al poder de las narrativas de las que hemos sido espectadores en el curso de esta crisis: todo Gobierno en ejercicio durante un periodo como este experimenta una transformación, pues, por una parte, tiene que enfrentar enormes desafíos que en gran medida no van a ser agradecidos y, por otra, detenta una cantidad de poder jamás imaginada. Entre las atribuciones de dicho poder está el del impacto de la imagen y de los mensajes que se reproducen a través de las terminales mediáticas, elementos de socialización secundaria de una población que en estos momentos está asustada.

El ejemplo palmario de esta forma de dominación icónica y consentida es la construcción de un relato que resume en una curva de contagiados y fallecidos el pronóstico de nuestra evolución futura. Como si de un termómetro se tratara, los ciudadanos comprobamos día a día si la curva comienza a descender para poder actualizar nuestras expectativas: si podremos tener un verano normal, una salida pronta, si las urgencias no van a colapsarse, si, al menos, no viviremos un crecimiento del contagio fuera de todo control…

El problema de esta narrativa es la confusión de la parte con el todo, lo que contribuye a proyectar los riesgos existentes en una serie de variables, ignorando otras circunstancias no menos amenazadoras.

Salvando las infinitas distancias, el ejemplo de las primas de riesgo durante la gran recesión permite analizar otra narrativa que incurre en el mismo ejercicio de confusión más o menos organizada.

Entre los años 2010 y 2013, los gobiernos españoles de PSOE y PP hicieron de las primas de riesgo una suerte de termómetro económico, una síntesis de la situación que atravesaba España —sin afirmar en ningún momento que dicha prima representaba el riesgo de bancarrota de nuestro país, algo que el público intuía pero que prefería no oír—.

La prima española competía, esforzada, por no acabar atrapada en la maraña del rescate financiero que había cobijado ya bajo su estigma social comunitario a otras naciones como Grecia, Portugal o Irlanda. Italia atravesaba una situación similar a la nuestra.

La bajada de la prima de riesgo española a finales del año 2012, que fue capitalizada por un Gobierno que concluyó que con esta victoria se asfaltaba la salida de la crisis, constituyó otro relato propio de un periodo crítico: sin embargo, la deuda pública seguía creciendo, los intereses tenían que pagarse, la sostenibilidad de dicha deuda dependía del apoyo silencioso del Banco Central Europeo, el paro seguía en cotas astronómicas, la emigración a otros países flexibilizaba por detrás el mercado de trabajo… Las razones de la crisis continuaban allí, pero la prima ya no era una amenaza, lo que producía una sensación de alivio.

Cuando un problema de implicaciones complejas se resume en una gráfica como la de la curva de contagios, un Gobierno responsable debe involucrarse, cuando llegue el momento adecuado, para ofrecer una contextualización de los riesgos que continuarán amenazando nuestra seguridad: si los contagios están disminuyendo en un periodo de confinamiento, se debe tener en cuenta también la escasa población inmunizada, la resistente presencia del virus Covid-19, el poco tiempo que ha mediado para reforzar las infraestructuras de la Sanidad contra otro posible 'shock', la posibilidad de un rebrote en el otoño a temperaturas más bajas, etc. Las decisiones cortoplacistas, en este punto, podrían ser letales.

Hay mucho por hacer. Los epidemiólogos ya han sido capaces de diseñar una estrategia de salida óptima para la situación actual, como se puede leer en trabajos como este. Esta estrategia incluye la realización masiva de test a la población de riesgo, lo que requiere un seguimiento estricto y un rastreo de los contactos de todos los positivos que se vayan diagnosticando, el testar a todas las personas en los lugares donde se vayan produciendo brotes de la epidemia y a todas las que deban cambiar su residencia. Del mismo modo, todos los médicos, incluyendo los de atención primaria, deben tener la posibilidad de solicitar el análisis de cualquier paciente que estimen oportuno.

Todas estas medidas son importantes para mantener bajo el conocido como R0 (número reproductivo básico o número de casos secundarios que provoca cada infectado en una población completamente susceptible), ya que, si no, rápidamente la epidemia rebrotará. Por ello, se siguen recomendando medidas como el distanciamiento social, el cierre de colegios y, por supuesto, el de los eventos multitudinarios, así como la vacunación, en el caso de que se consiguiese una vacuna suficientemente eficaz en un futuro.

Cualquier fallo en la detección de los casos asintomáticos, sumamente numerosos, conducirá inevitablemente a una segunda oleada de la epidemia. En este trabajo, por ejemplo, se descubrió que un 41,6% de los casos de infección por Covid-19 cursaba de forma asintomática. En el gráfico, la línea azul muestra una realidad poco debatida, hasta ahora, en los medios mayoritarios: la situación que se producirá si no se siguen las recomendaciones anteriores.

Diferentes escenarios de evolución de la epidemia por COVID-19. Fuente: The Lancet (ver artículo completo)

Por desgracia, no parece que estas medidas estén contempladas con la suficiente rotundidad en el diseño de la estrategia de salida de la que comienza a hablarse. Esperamos que la capital importancia de lo sucedido y del terrible correctivo infligido a nuestra soberbia cultural, al no haber aplicado a su debido tiempo las medidas que funcionaron en otros países como Corea del Sur, permitan a las autoridades competentes realizar las correcciones que sean necesarias.

Las buenas noticias requieren de solidez para serlas, y no solo de datos parciales o nominales para alimentar una esperanza tan precaria como nuestra situación social previa al Covid-19. La sociedad transcurre con dificultad, todavía, la fase de aceptación de la pandemia: el mundo ha cambiado y muchas cosas no van a volver a ser como eran. Los intereses políticos y empresariales, junto con la necesidad de que esta vulnerable y a la vez despiadada economía se relance, no esperan. Un diseño responsable de la vuelta a la nueva normalidad debe tener en cuenta todos estos condicionantes, lógicos e inevitables, pero también la complejidad del presente desafío. Porque gobernando en situaciones de crisis pueden cometerse muchos errores, pero se debe evitar a toda costa que el error sea el camino, y el lenguaje. Aún estamos a tiempo.

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